Cuando nuestra ciudad ensaya “ser una fiesta”

Señor Director:
El pasado sábado, cuando repasaba en nuestro diario la serie de actividades que convocaban a la población a vivir una poco frecuente variedad de espectáculos y atracciones, vino a mi memoria repetidamente la frase “París era una fiesta”, que no tardé en reconocer como el título del primer escrito de Ernest Hemingway.
Las situaciones no son comparables, pues Hemingway habla de sus propias experiencias en el París de 1920 apenas después de concluida la primera guerra mundial (l914-18), cuando él mismo era muy joven y vivía el comienzo de su primer matrimonio y cuando estaban allí los jóvenes norteamericanos más promisorios en el mundo de las letras (Ezra Pound, Scott Fitzgerald, Ford Maddox Ford, Gertrude Stein). Y estaba un París que, si bien dejaba ver los efectos de una guerra tan larga como sangrienta (guerra de trincheras y de gas mostaza) al menos no había sido ocupada por el enemigo y conservaba intactos los encantos elaborados por los siglos.
No era una fiesta por la continuidad de acontecimientos felices sino, creo, porque mostraba el reverdecer de la vida y destacaba la juventud y el ímpetu renovador de literatos, músicos y pintores que se fueron convocando en la Ciudad Luz desde el cese de la guerra. Atraídos también por esos destellos, entonces llegaban jóvenes argentinos entre los cuales no predominaban los que más tarde se destacarían en profesiones o artes, pues los de esos años se destacaban por derrochar dinero y ganaron fama por lo que se llamaría “tirar manteca al techo”. Los argentinos promisorios, muchos de ellos pobres de solemnidad y no pocos que buscaban salvación en el exilio, llegarían más tarde, incluso después de la II Guerra.
La frase apareció en mi memoria a medida que repasaba la variedad y generosidad de la oferta en Santa Rosa, coincidente con las primeras manifestaciones amables de la primavera. En la noche del viernes llegaba hasta mí el rumor y por momentos la música del espectáculo La Pampa Baila, en el anfiteatro provincial. Había continuado durante la jornada, en Medasur, la primera feria del libro patagónico, una feliz iniciativa que encontró eco y que reveló que contamos con sectores de población que no se han despedido del libro impreso a pesar de que se da por cierto que decae la lectura. Ese día trascendió que se había acordado la creación de una biblioteca patagónica, que tendrá su lugar en la Legislatura. La voluntad de integrarse de las provincias patagónicas permite esperar que se termine por entender que hay mucho por hacer sin atenerse a la vieja dependencia de una metrópoli que no deja de ser un centro que no ha sabido, desde la independencia, generar una Argentina solidaria que procure promover el desarrollo equitativo de todas las regiones.
En el Sum del Barrio Sur se desarrollaba la Expocytar, de ciencia y tecnología argentina, con asistencia de delegaciones de diecinueve provincias. Y en jurisdicción de Toay todo estaba listo para iniciar la nueva versión de la Expovivero, que se realiza en un admirable escenario natural, donde el caldén ha encontrado el respeto y el aprecio que le ha sido negado en otros ámbitos.
No agotaré la mención de todos estos signos recientes de la voluntad de asumir en propias manos lo que se ha esperado del puerto y de algunas de las viejas provincias. La autonomía debe ser afrontada en la plenitud de sus exigencias a partir de entender -como lo entienden simultáneamente otros pueblos de La Pampa- que es creadora de posibilidades y de responsabilidades, siendo que lo posible aparece y entra en la realidad cuando se asumen las obligaciones.
Las señales que permiten hablar de nuestra fiesta no han aparecido de improviso. Muchas tienen una larga fermentación. Lo nuevo es la concertación de esfuerzos de gobierno, universidad y todos los niveles de la enseñanza. Niños y jóvenes reclaman oportunidades. Y las aprovechan.
Atentamente:
Jotavé