Cuando una imagen parece valer más que un discurso

Señor Director:
Luego de escrita la nota que apareció el viernes pasado, en la que volví sobre el tema de los migrantes (una de las presencias más regulares en las columnas a mi cargo desde hace tres o más años), se produjo un hecho estremecedor: la foto de un niño de tres años que las aguas del Mediterráneo arrojaron, muerto ya, en una playa turca.
El niño, que aparece con toda su ropa y sus zapatos, fue una de las tantas víctimas de las embarcaciones que se dedican al transporte de quienes huyen de las guerras y de otras calamidades que no cesan en África y Asia Menor.
Está dicho desde hace mucho que una imagen puede tener un poder de comunicación superior a cualquier relato, escrito u oral. El niño se llamó Aylan Kurdi y formaba parte de una familia (padre, madre y dos hermanitos) cuya lancha naufragó cerca de la costa turca. Era una familia siria y sólo sobrevivió el padre.
Hemos tenido otras imágenes con ese poder de impacto. Al término de la guerra que llevaron los norteamericanos a Vietnam un fotógrafo de esta nacionalidad había escapado de un bombardeo con bombas incendiarias: la de napalm. Un grupo de niños también escapó hacia la carretera en medio del fuego y una pequeña de poco más de diez años fue despojándose de sus ropas incendiadas, hasta quedar desnuda. Y seguía escapando del horror. El fotógrafo la tomó de frente y la conciencia periodística de la agencia para la cual trabajaba resolvió que debía publicarse. Impactó en el pueblo de Estados Unidos y ayudó al gobierno de este país a dar por perdida esa guerra, en la que llegó a intervenir por motivos de oportunismo político y económico, como siempre. Hubo otra foto lacerante, tomada también por un fotógrafo norteamericano en el desierto de Sudán; muestra a un niño negro que agoniza en el desierto y a un buitre que lo observa a distancia, notoriamente esperando el desenlace. Este fotógrafo ganó un premio Pulitzer, a pesar de que hubo denuncias de que había armado la escena. Si lo hizo, no modificó la realidad: se aseguró de mostrarla en su dolorosa apariencia. En el caso del pequeño Aylan la imagen corresponde a una periodista turca, que filmó la escena. El lugar es una playa de moda.
Como pasó con la niña de My Lay en 1968, el pequeño Aylan parecer haber sido elegido por el destino para representar la triste suerte de millones de niños en todas las guerras, las hambrunas y las pestes. Se dice que los niños migrantes muertos en el intento por llegar a Europa son un tercio del total de desaparecidos, cuya cifra de estima en más de 2600, o sea que habrían muerto unos 870 pequeños. Esta cifra es mezquina, porque se basa en los datos confirmados de hechos ocurridos en el mar, pero los niños vienen muriendo desde que comienza la larga travesía de sus familias desde Siria, Irak, Afganistán y regiones de África. Y no se cuentan los que mueren en la costa, mientras los padres procuran embarcarse. Ni los que mueren en la odisea que viven los que llegaron a la costa europea y no alcanzan nunca su destino incierto.
La imagen dice más que las palabras, rompe las barreras de la distancia detrás de la cual nos refugiamos para no hacernos cargo del horror que genera y repite nuestra especie. Sucede que la diferencia la hace la inmediatez de los cuerpos muertos, mientras que las palabras y los números con que se da cuenta de la tragedia cumplen el papel de filtros. No es lo mismo leer que hubo cien o mil muertos, que ver un campo sembrado de cadáveres.
Como sucede casi siempre, se discutió si la imagen de Aylan debía ser difundida o no. Lo mismo sucedió con las otras dos fotos que he mencionado. Si publicarlas atentaría contra los derechos del niño. Vaya cosa: la muerte no se anda con tapujos y se presenta con esa realidad que no nos gusta tener presente. Simplemente nos dice la verdad de su presencia. Los señores de la guerra no vedan las imágenes por respeto sino por miedo al retrato del hombre que se hace patente.
Atentamente:
JOTAVE