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Cuatro años después, «Yo no soy Nisman»

LA SEMANA POLITICA

Cambiemos viene de mal en peor. Pierde base social y votos. También emblemas, como la del «mártir» Alberto Nisman. A cuatro años de su suicidio, si hoy hubiera una marcha no sería con el lema «Yo soy Nisman».
SERGIO ORTIZ
Muchos argentinos no se comieron el amague de Alberto Nisman el 14 de enero de 2015, cuando su falsa denuncia por encubrimiento y traición a la Patria contra CFK, ex funcionarios y otros dirigentes. Tampoco compraron el discurso político, mediático y judicial de los servicios de inteligencia del Mossad en Tel Aviv y la extrema derecha republicana en Washington, en sintonía con las del PRO en Buenos Aires y Comodoro Py, más las de Clarín. Según ellos Nisman había sido «asesinado» el 18 de enero.
Un comando iraní, venezolano y entrenado por Cuba habría entrado invisible en el piso 13 de Le Parc, y asesinado a Nisman en el baño, sin dejar rastros allí ni dejarse ver a la entrada ni a la salida. Y usado una vieja pistola pedida por el suicida a su secretario, Diego Lagomarsino. Éste fue procesado por cómplice necesario del «homicidio» y cuatro policías de la custodia por incumplimiento de deberes y encubrimiento.
Para el juez Julián Ercolini y el fiscal Eduardo Taino, así fueron las cosas. Para que ellos metieran baza medió la presión macrista y de la exSIDE de Stiusso, más la ex pareja del juez, Sandra Arroyo Salgado, jueza ligada a ese servicio de inteligencia, para sacar la causa de la justicia ordinaria. «Fue un magnicidio», mintieron.
La troupe de Comodoro Py, más la familia de Nisman (entre ellos su madre, Sara Garfunkel, vaciadora de los valores en ese piso 13 y en dos cajas de seguridad bancaria sin respetar el duelo, y cotitular de una cuenta no declarada en el Merrill Lynch de Nueva York con 666.000 dólares), encabezó esa marcha del 18-F con el lema «Yo soy Nisman». Ni la oportuna lluvia pudo detenerlos, tan lanzados estaban para recuperar todo el poder sobre la «Justicia» y apoyar a Mauricio Macri a la presidencia .
Esa mentira iba de la mano de la otra, anterior: el atentado contra la AMIA en 1994, que no había sido obra de Irán. Lo investigaba desde 2003 Nisman al frente de la Unidad Fiscal AMIA. Las mejores investigaciones niegan aquella autoría y también refutan la novela escrita otra vez por el Mossad, la CIA y la SIDE, mintiendo sobre una Traffic y un conductor suicida. La fábula fue pagada a Carlos Telleldín con fondos reservados de esa cloaca por el juez Juan J. Galeano y avalado por el banquero Rubén Beraja, titular de la DAIA entre judía e israelita, para acusar falsamente a policías bonaerenses.

Como agente del Mossad.
Del encubrimiento de ese atentado participaron Galeano, Beraja y otros funcionarios de Carlos Menem. También los fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia, con quienes trabajaba Nisman.
Luego del descrédito, destitución de Galeano y proceso penal contra esos encubridores, Nisman quedó a cargo de la Unidad Fiscal especial, con gran poder político y su presupuesto abultado. Que Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández de Kirchner tomaran esa decisión, de poner en esa delicada función a un chanta como el mediocre fiscal, que terminaría mordiéndoles la mano como una víbora, eso demanda un balance autocrítico que el kirchnerismo no hizo.
Más de diez años Nisman mantuvo la falsa pista iraní sobre el atentado, como le ordenaban las embajadas de Israel y EEUU. Consultaba cada paso a dar con esas agencias extranjeras interesadas en demonizar a Teherán para poder descargar misiles sobre sus mezquitas y pozos petroleros. Así quedó escrachado Nisman en los cables secretos de WikiLeaks y en «ArgenLeaks» de Santiago O’Donnell.
Las dirigencias comunitarias de la DAIA y la AMIA eran parte de las comitivas argentinas a las Asambleas Generales de la ONU. Y aplaudían a rabiar cuando Kirchner primero y CFK después le enrostraban a Irán el atentado y exigían que entregara a los sospechosos.
Y allí estaba la mano de Nisman, siguiendo el libreto del Mossad-CIA. Los presidentes argentinos lo hacían suyo desde aquel atril, aunque con un lenguaje algo más diplomático.
Esa amplia convergencia de servicios de inteligencia, cancillerías y gobiernos varios que apañaban al fiscal empezó a romperse en enero de 2013, cuando los cancilleres de Argentina e Irán firmaron el Memorándum de Entendimiento. El objetivo era noble: avanzar en la paralizada causa de la AMIA, donde habían muerto 85 argentinos y fueron heridos más de 300.
Ambas partes conformarían una Comisión de la Verdad con 5 juristas de nivel internacional, que organizaría en Teherán las audiencias. El juez Rodolfo Canicoba Corral y el fiscal Nisman tomarían indagatorias a cinco ciudadanos iraníes y mostrarían las pruebas en su contra. Los acusados darían sus descargos. Los que nunca creyeron en la responsabilidad criminal de Irán estaban seguros que ocurriría igual que con el exembajador de Irán en Argentina, Hadi Soleimanpour, detenido en Londres en 2003 a pedido de Buenos Aires. Se reclamaron las pruebas en su contra y cuando llegaron era todo palabrerío de servicios. Soleimanpour fue liberado tres meses más tarde y cobró una importante indemnización.
Con los otros iraníes, entre ellos el ex agregado cultural Moshen Rabbani, iba a ocurrir lo mismo ante la Comisión de la Verdad. Sería un tremendo papelón, de modo que la no aplicación del Memorándum fue un alivio para Rabbani y sus correligionarios, inocentes, pero sobre todo para Nisman y los acusadores sin pruebas.

AMIA se abre.
El grueso de los familiares de víctimas del atentado criticaban a Nisman por su nula afectación al trabajo y sus viajes de placer a playas de lujo. Vivió una década de fondos del Estado, sin resultados positivos, fuera de sus mentiras y confabulaciones con la derecha nacional e internacional.
Respecto a la primera derecha, es un valor entendido que allí estaban Macri y sus aliados de Cambiemos, como Patricia Bullrich. Es menos sabido que Nisman también tejía alianzas con los diputados opositores Sergio Massa, Graciela Camaño y Felipe Solá, y con Alberto Fernández. Que el giro oportunista de estos políticos no sepulte aquellas verdades…
El Memorándum no quedó en un documento firmado por la cancillería. Fue llevado al debate y aprobado por 39 senadores contra 31 votos negativos en la Cámara Alta, el 22 de febrero de 2013. Y convertido en ley seis días después en Diputados, con el voto de 131 diputados contra 113 adversos.
Los enemigos de la negociación con Irán, perdidosos, judicializaron su derrota. Y allí tuvieron éxito, porque el 15 de mayo de 2014 la Sala I de la Cámara Federal (Eduardo Farah y Jorge Ballestero), declaró inconstitucional lo firmado libremente por dos países soberanos.
EEUU, con Barack Obama, ya no era parte de la campaña anti-Irán pues estaba comenzando una negociación con los persas, junto con otros miembros del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania. En julio de 2015 esa negociación llegó a buen puerto, lamentablemente pisoteada por su sucesor Donald Trump en mayo de 2018.
La demolición institucional emprendida por la derecha y Nisman no se agotó en la oposición al Memorándum. Algunos se calmaron pero otros, como el fiscal, lo tomaron de ariete para asegurar su permanencia en la UFI AMIA y defenderse de las acusaciones por su inactividad, la prostitución VIP, las cuentas bancarias ocultas e inversiones no declaradas.
Así hizo su mentirosa denuncia del 14 de enero de 2015. No le habilitaron la feria para esa jugada y luego tres instancias la desecharon por muy poco seria (juez Daniel Rafecas, Cámara Federal de Eduardo Freiler y Ballestero, y fiscal de Cámara, Javier de Luca).
El disparo en la sien que se autoinflingió el 18 pareció dar en el corazón de la justicia pues, con el armado del fiscal Germán Moldes, el juez Claudio Bonadío y fiscal Carlos Stornelli consiguieron reflotar la causa del Memorándum. Y se acusó de encubrimiento a la ex presidenta y los ex funcionarios y políticos citados. Muchos fueron a la cárcel. Cristina se salvó por un pelo, su fuero. Héctor Timerman se murió, en parte por el cáncer y también apenado por la miserable acusación, avalada por la cúpula de la comunidad judía a la que pertenecía.
Esta semana la nueva conducción de AMIA hizo pública su postura de abandonar la querella que, en cambio, la DAIA insiste en seguir. Semanas atrás Arroyo Salgado renunció a la querella que tenía por sus hijas. Y se conoció el informe de 2018 de la Unidad AMIA del ex senador radical Raúl Cimadevilla, acusando al gobierno de Macri de encubrir a Mullen y Barbaccia. Esa acusación también pegó en Nisman. Cimadevilla fue apartado y la unidad, disuelta.
La verdad tarda, pero con demoras y filtros empieza a llegar; no es casual que avance junto con la decadencia de la presidencia Macri. Timerman ya se murió, pero Esteche espera su libertad, tras los barrotes de Marcos Paz. Lagomarsino debe ser sobreseído, como los custodios.
Al «fiscal de la República» hay que recordarlo como un corrupto operador de la SIDE y el Mossad. Bullrich y Stiusso deben volver como imputados a Comodoro Py. La DAIA tiene que ser expulsada de Pasteur 633, como querría la AMIA: tiene un lugar en la embajada israelita. Y Argentina debe pedir disculpas a Irán por 25 años de tanta maldad. Justicia, justicia perseguirás.