Inicio Opinion Cuba es socialista y el mal vecino no puede destruirla

Cuba es socialista y el mal vecino no puede destruirla

LA REVOLUCION CUBANA CUMPLIO 60 AÑOS

El sistema socialista basado en la solidaridad tiene base sólida. A diferencias de otros modelos que se vinieron abajo, el cubano tiene cimientos martianos y fidelistas. Y el 1 de enero cumplió 60 años.
SERGIO ORTIZ
La revolución triunfante el 1 de enero de 1959 no vivió entre algodones. Nada le fue fácil. A la caterva de oligarcas, criminales y mafiosos que vivían a la sombra de la dictadura batistiana se sumaba, como el factor más desestabilizador, el imperio norteamericano. Este se consideraba dueño. Allí usurpaba su base de Guantánamo y era el amo de la isla, desde que a fines del siglo XIX interviniera y abortara el triunfo de los independentistas contra España.
Apenas el gobierno revolucionario adoptó su primera ley de reforma agraria, afectando al latifundio e ingenios azucareros, en cumplimiento del programa liberador enunciado por un joven Fidel Castro en el juicio por la toma del Cuartel Moncada, el mal vecino comenzó su beligerancia. Esa campaña se agravó cuando se fueron nacionalizando bancos, telefónicas y empresas eléctricas, muchas de propiedad yanqui.
Ahí nació el bloqueo, aunque en forma total llegaría en febrero de 1962, con la firma de quien aún muchos en la región consideran una paloma: John F. Kennedy. En todo caso era una mezcla de paloma y halcón; comenzó esa agresión y aceptó la pesada herencia de Dwight Eisenhower al lanzar la invasión de Bahía Cochinos en abril de 1961.
Esas jornadas son claves para entender la salud política de seis décadas de revolución. Un pueblo movilizado, sus nacientes Fuerzas Armadas Revolucionarias (todavía Ejército Rebelde guerrillero) y sus líderes, con Fidel Castro a la cabeza, fueron en Playa Girón a defender la independencia y la Cuba que había dejado de ser un garito neocolonial.
La brigada organizada, entrenada, financiada y transportada por la CIA fue derrotada en menos de tres días. Y lo que fue peor para el agresor: al calor de esos días de gloria y combates, el comandante en jefe proclamó el carácter socialista de la revolución. José Martí, el líder del segundo intento de independencia, caído en la lucha en Dos Ríos en 1895, volvía victorioso en los tanques que su discípulo empleaba en Girón. La gesta patriótica se fundía con el socialismo caribeño en una sola y misma cosa. Ese compuesto nutre desde entonces a la revolución cubana y debe ser una de las razones de su longevidad, juventud y hasta ahora invencibilidad.

Continuidad y cambios.
De ninguna persona que cumple 60 años puede decirse que está igual a cuando nació o fue adolescente. Lo mismo, o más aún, es válido con una revolución social, socialista como la cubana o de otra índole. Es la misma y es distinta, va cambiando y adoptando nuevos planes y políticas, según los tiempos y desafíos que tiene que resolver.
Lo básico de Cuba es el socialismo con sus elementos fundamentales. A saber, los resortes económicos básicos en manos del Estado, o sea de los 11,5 millones de cubanos (tierra, bancos, industrias, puertos). Un gobierno barato, que elabora leyes y las aplica en beneficio de las grandes mayorías, consultando los asuntos principales, como hoy lo hace con su Constitución. Hubo una comisión de la Asamblea Nacional del Poder Popular que elaboró un proyecto, el mismo bajó a las bases que hicieron muchísimas reuniones y aportes. El proyecto volvió al parlamento que incorporó el grueso de las sugerencias y votó una versión de Constitución. Entre agosto y noviembre de 2018 la misma bajó nuevamente al pueblo, que enriqueció otra vez el proyecto. Hade días la Asamblea Nacional le dio forma definitiva pero no será ley hasta que el soberano no se pronuncie en un referendo, el 24 de febrero próximo.
Las garantías de ese socialismo martiano siguen siendo las que había en tiempos de Playa Girón: la herramienta política del Partido Comunista de Cuba (con ese nombre desde 1975) y la militar de las FAR. Dos puños de hierro que llegado el caso pegan más duro que Teófilo Stevenson, su famoso campeón de box peso pesado.
También allí se nota la influencia martiana, algo que los detractores anticomunistas se empeñan en no ver. Critican de «mala lecha» a quienes gobiernan la isla porque hace centro en el sistema de partido único, sin admitir que esa no fue una imposición de Fidel Castro sino un legado de Martí. Éste fundó en abril de 1892 el partido revolucionario cubano y abogó siempre por la unidad. En la lucha desigual contra el imperio les ha dado un gran resultado, por lo que no piensan cambiar.
¿Acaso en Argentina van mejor las cosas en un sistema capitalista dependiente con 39 partidos en el orden nacional? No es cuestión de número sino de calidad…
Hablando de cambios, en los ´60 y ´70 hubo cubanos que marcharon a luchar y varios murieron peleando por cambios sociales en otros países, como con Ernesto Che Guevara en Bolivia. También en la guerrilla de Salta, de Jorge R. Massetti (EGP). Muchos dirán que todo fue un fracaso, atendiendo al resultado inmediato, pero quizás algo del gobierno de Evo Morales, de los más exitosos en la región, tenga que ver con el sedimento y sacrificios del Che y sus compañeros en Ñancahuazú.
Cuando la expedición fue cubana, y a pedido del gobierno de Angola, el resultado fue victorioso allí y también para Sudáfrica, como lo agradeció Nelson Mandela en Cuba el 26 de julio de 1991.
De todos modos, es obvio que hoy la isla no interviene en asuntos internos de otros países, como Washington sí lo hace en su contra, sino que envía médicos y alfabetizadores. Como dijo Raúl Castro en su discurso del lunes en Santiago de Cuba, 347.700 médicos y trabajadores de la salud cubanos fueron a ayudar a numerosos países, y se formaron gratuitamente en la isla 27.200 jóvenes extranjeros profesionales. ¿Qué otro país puede exhibir semejante solidaridad?
Digno de reconocimiento mundial fue que, en 2018, Cuba tuvo la tasa de mortalidad infantil más baja de su historia, con 4,0 por cada mil nacidos vivos. Hacía once años que la tasa estaba por debajo de 5.
Los medios de incomunicación monopólicos de Argentina omiten esas verdades. Clarín se burla de «la última revolución comunista» e Infobae calumnia con las cosas que la isla habría perdido en 60 años de comunismo. Esa es basura tóxica, pentagonista, que ni siquiera se puede reciclar.
Obvio que aquel socialismo no es perfecto. Los cubanos se plantean como prioridad el crecimiento de la economía, admitiendo bajas performances. También cuestionan malas administraciones, burocratizadas y respuestas lentas ante necesidades urgentes. Admiten que hay indisciplina laboral e incluso casos de corrupción, que combaten con energía.
Hay un mundo de diferencias con Argentina. Una más: el presidente Miguel Díaz Canel, ingeniero, a diferencia del ingeniero Mauricio Macri, no tiene empresas, ni curreos ni cuentas en Panamá Papers.