Daniel Scioli con traje presidenciable ante Consejo de las Américas

EMILIO MARIN
El gobernador de Buenos Aires estuvo en Nueva York. Rindió examen y él dice que aprobó ante los banqueros del
Consejo de las Américas. Esto aumenta el dilema de los kirchneristas de cara al 2015. ¿Con él o sin él?
Daniel Scioli tiene una definida aspiración presidencial, que data desde que Carlos Menem lo apadrinó para que ingresara a la política, viniendo del empresariado, el deporte y la farándula. Tenía esos planes en 2011, que postergó cuando Cristina Fernández decidió ir por la reelección. Ahora, cuando la presidenta ya no tiene margen para un tercer mandato, el gobernador ya dijo que está listo para probar suerte. Lo proclamó alto y claro; antes lo decía entre dientes.
Su plan es público, pues lo planteó en una reunión con diez gobernadores justicialistas a fines de agosto pasado, luego de la derrota en las PASO que desde Balcarce 50 quisieron presentar como victoria. Con colegas que están al frente de varias provincias, se llegó hasta Corrientes a dar apoyo al candidato del PJ a la gobernación, Espíndola, a la postre derrotado por Colombi. Esos caciques del PJ dijeron que trabajarían junto al gobierno nacional y luego, en 2015, competirían en internas abiertas para ver quién va por el PJ.
Esa solución tiene de democrática un aspecto. Si Sergio Urribarri, Jorge Capitanich y Florencio Randazzo quieren ponerse ese traje de candidato, podrán competir en la interna con Scioli. Y también un cierto cepo: los que pierdan no podrán ir por fuera del PJ sino encolumnarse detrás del ganador. ¿Quién será ese ganador? A un año y medio de la compulsa es imposible saberlo, pero en función del electorado y sistema de alianzas que puede enhebrar quien gobierna el “primer estado argentino”, se puede entrever quién tiene las mejores chances. Además puede contar que está en la Casa de Gobierno de La Plata desde 2007, cuando luego de un primer tramo como vicepresidente de Néstor Kirchner, éste lo puso allí para aprovechar su tracción en ese terreno -los mal pensados dirán que también para sacárselo de encima en el juego nacional-.
Ocho años en la vidriera bonaerense son un tiempo más que interesante para que se lo conozca en el país y sea un candidato que no necesita presentaciones. Sus posibles competidores en la interna del PJ corren con desventaja. Por caso, Urribarri les informó a los intendentes entrerrianos que será candidato, pero tendrá que lidiar con mucho desconocimiento del padrón nacional, incluso del que venera a Perón y Evita.

Varias contras.
Siendo el más conocido de sus pares y teniendo un armado más extendido, Scioli trata de hacer virtud una necesidad. Su contra fue que le salió una filosa astilla que provenía del mismo palo: el intendente Sergio Massa. La parte buena para el ex motonauta es que si hay que oponerle un jugador de peso a aquél en la provincia, donde habita el 39 por ciento del padrón nacional, el indicado -en principio- sería él. Urribarri o Capitanich, por caso, no reunirían esa condición básica. Randazzo y Julián Domínguez, otros nombres en danza, la aquilatarían pero en menor medida. De todas maneras no es que Scioli las tenga todas consigo.
En primer lugar es un político del centro-derecha, con más puntos de afinidad con Massa, por paradojal que ello resulte, que con La Cámpora y progresistas del kirchnerismo.
Un sólo dato, que puede pasar desapercibido. Una comisión redactora encabezada por Raúl Zaffaroni e integrada por legisladores del oficialismo y la oposición, le entregó a la jefa de Estado un proyecto de reforma integral del Código Penal. Es una necesidad acicateada entre otras razones por las torpezas y aprietes de las reformas introducidas a golpes mediáticos por Juan Carlos Blumberg en 2004. Scioli fue soporte político del seudo ingeniero, su “mano dura” y el Manhattan Institute cuando moraba en la vicepresidencia. Él le permitió estar en los palcos para marcar a los legisladores que resistían el engendro y le prestó las escalinatas del Senado para su acto multitudinario y el lobby para una catarata de mayores penas que anarquizó el CP.
En segundo término, derivado de ese alineamiento con el centro-derecha, Scioli ha tenido cortocircuitos con el kirchnerismo. En 2012 y 2013 no atendieron su reclamo de mayores fondos para la Provincia, quedando limitado para responder las demandas de docentes, estatales, judiciales, etc.
En ese tiempo lo cruzaron duro la presidenta y Amado Boudou, quien tildó sus pedidos de mayor coparticipación federal como un acto de “cobardía política”. Son conocidos los conflictos con el vicegobernador Mariotto, colocado en función de “tapón” en 2011 para hacerle “marca en zona” en la provincia.

¿Pasado o presente?
Esas fricciones entre el PEN y la administración platense tenían un trasfondo político pero también había números que no cerraban. La ministra de Economía Silvina Bataquis sostenía que la provincia recaudaba el 39 por ciento de la coparticipación y le devolvían el 19. Según sus cálculos, con otro sistema el distrito debió contar en 2012 con 12.000 millones de pesos adicionales, con el alivio consiguiente.
Desde el sciolismo intentaron dos vías legales para superar esa limitación. O la modificación a la ley de coparticipación, algo complejo porque requería del acuerdo de los otros 23 distritos. O una reforma a la ley que puso un tope de 650 millones de pesos al Fondo de Reparación Histórica al Conurbano, algo más factible que aún no prosperó.
Resta develar si los problemas que el gobernador tuvo para pagar medio aguinaldos en el pasado y negociar salarios con gremios estatales fueron algo del pasado o si, por el contrario, siguen vigentes. Cuando el ministro de Trabajo, Oscar Cuartango, dijo que puede empezar a discutir paritarias con los docentes bonaerenses pero no la parte salarial, al aguardo que el ministerio de Educación fije el piso nacional de esos ingresos, se puede pensar que aquellas limitaciones tienen rigurosa actualidad.
Por eso el gobernador estuvo en los últimos días en Nueva York, templo donde los presidenciables de orientación neoliberal o conservadora suelen acudir para ser bendecidos políticamente, tal como otros lo hacen en el Vaticano en lo religioso y también político.
Scioli buscaba la “luz verde” del Consejo de las Américas para obtener créditos internacionales tan necesarios en esta coyuntura crítica y no sólo de Buenos Aires. Cree que ese lobby orgánico del capital financiero internacional puede ser su garantía y fiador.

El candidato.
El gobernador también fue a Nueva York para ofrecerse como el candidato presidencial que dará continuidad a un gobierno donde los representados en el Consejo de las Américas se “han hecho la América”. Fundado por el grupo Rockefeller y hace años regenteado por la banquera Susan Segal, ese ámbito defiende los intereses de las multinacionales con casas matrices estadounidenses e inversiones en Latinoamérica.
En su exposición ante esos empresarios, el visitante explicó: “estoy aquí para que confíen e inviertan”, estimando que durante la próxima década se necesitarán en la Argentina inversiones “por unos 225 mil millones de dólares”, lo que daría un gran margen de negocios y utilidades a ambas partes -se sabe cuál se lleva la parte del león-.
El expositor recalcó la importancia de “promover las oportunidades que presentan la Argentina y, particularmente, la provincia de Buenos Aires”, blanqueando lo afirmado en el capítulo anterior. A tal fin dio por finiquitadas las negociaciones que el gobierno nacional tiene para el pago de la deuda con el Club de París y la indemnización a la Repsol. De los juicios por demandas de los “fondos buitres” no dijo nada porque era como mentar la soga en casa del ahorcado. A ver si algún pariente del juez Thomas Griesa o de la Corte de Apelaciones de Nueva York lo contradecían.
Ayer lunes el gobernador aterrizó de regreso en Buenos Aires, con declaraciones políticas de alto voltaje. Pidió “dejar atrás los extremos: ni populismo ni liberalismo”. Y dijo que se imagina una Argentina “reinsertada en la economía mundial”.
Con esas expresiones, está claro que está disputando la chapa presidencial con un discurso muy propio del PJ, tratando de arrebatar banderas a Massa.

Gran dilema.
El dilema lo tienen los kirchneristas. Un sector, incluso quienes no lo veían con simpatía, como Diana Conti, ya dijo que reconocía la gran labor de Scioli en la provincia y que allí los representaba. Otros, más marginales en lo orgánico pero no menos influyentes, como el periodista Horacio Verbitsky, cerró su columna el domingo 9 de febrero, planteando que las opciones para el kirchnerismo son dos.
“El kirchnerismo consigue hacer pie en ese núcleo duro inconmovible, llega con un candidato propio a la disputa electoral y se consolida como una nueva identidad política con la que sea imprescindible contar de ahí en más, bajo la conducción de Cristina (ya sea que ese candidato se imponga, por dentro o por fuera del PJ, o que retenga un porcentaje apreciable de los votos, no inferior al 20 por ciento); o bien se diluye sin pena ni gloria y estos años se recordarán con nostalgia como una encarnación efímera del justicialismo, igual que antes el menemismo”.
Ir detrás de Scioli será, en efecto, diluirse sin pena ni gloria. ¿Los diluidos serán la mayoría? Sería una pena…