De aquellos elogios a estas críticas

Hasta hace un tiempo nuestra ciudad era motivo de elogios por parte de los visitantes que llegaban a conocerla. La limpieza, el buen estado del pavimento de sus calles y avenidas, el correcto funcionamiento de sus servicios, el tránsito tranquilo entre otras virtudes eran frecuentemente destacados por quienes llegaban a esta pequeña capital provinciana por primera vez.
Pero esa buena impresión de los viajeros ha comenzado a cambiar en una dirección francamente negativa en los últimos años. Hoy, el visitante encuentra una ciudad con un aspecto de abandono impactante, evidenciado en algunos rasgos grandes y otros pequeños. Lo que acaso más contribuya a esa degradación es la gran cantidad de pérdidas de agua que salpican toda la ciudad y su inexorable consecuencia en el estado del pavimento. Esas aguas, potables en algunos casos y servidas en otros, responden a pérdidas de los ductos subterráneos y al ascenso de la napa freática, un problema de larga data y bien conocido por sucesivas administraciones municipales que, evidentemente, no pudieron o no supieron implementar una solución efectiva. Para peor, los reclamos vecinales frente a esos surgentes en múltiples puntos de la ciudad pasan largo tiempo sin ser atendidos.
Otro rasgo negativo manifiesto en la ciudad es el tránsito de vehículos a velocidades excesivas y que suelen no respetar las señales luminosas. Este problema se agrava en algunas vías como la avenida que circunvala la ciudad donde es común ver que el tránsito pesado circula a velocidades altamente peligrosas ante la falta de controles.
La castigada forestación urbana, con infinidad de cuadras en donde proliferan los canteros vacíos de árboles, o el reemplazo de las especies arbóreas por minúsculos plantines ornamentales, empobrece notablemente el paisaje ciudadano. En las plazas y espacios verdes también es notorio que las tareas de mantenimiento son a todas luces deficientes.
Pero no todos los problemas son atribuibles a las autoridades municipales. Por ejemplo, la abundante presencia de veredas rotas o sin baldosas, tanto en el centro como en los barrios, es una muestra de desidia de muchos propietarios que abusan de la paciencia de los vecinos y exponen al riesgo a los transeúntes. Este inconveniente se potencia con la injustificable actitud de algunas empresas constructoras como la que, en la semana pasada, bloqueó una noche entera, en la oscuridad y sin señalización, toda una vereda céntrica de una de las calles más transitadas donde era posible ver la dificultad de ancianos y niños, obligados a bajar a la calle en la penumbra para poder pasar.
Este triste panorama que hoy advierte el forastero que visita la ciudad indica que los problemas van incrementándose. El contraste con el pasado es muy evidente y deja ver que en aquellos años había una mayor efectividad en el trabajo de la municipalidad respaldado por los equipos de inspectores municipales y en la voluntad (y el presupuesto) para solucionar los problemas que ocurrían. Recuperar esa tradición, esa ejecutividad en la atención a los problemas es lo único que devolverá una mejor calidad de vida a sus habitantes y una mejor impresión a quienes nos visitan.