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De kiwis y hakas

DOMINICALES

La noticia es vieja y repetida. Un hombre blanco armado con fusiles semiautomáticos irrumpió en dos mezquitas de Nueva Zelanda, y asesinó a balazos a cincuenta personas que estaban orando. Personas de entre tres y setenta y un años. Lo «nuevo» del episodio -además de que ocurriera en aquel pacífico y hermoso país oceánico- es que el perpetrador, previo publicar un delirante manifiesto «político», filmó y transmitió en vivo por Youtube y Facebook la matanza. Un crimen por y para internet.

Sin cara.
Está claro que la masacre tenía -además de su resultado de muertes- una finalidad ulterior, la de transmitir mundialmente el episodio, y su inherente mensaje de odio. En este sentido, es claramente un crimen diseñado «para» internet. La propia gente de Facebook confesó que, antes de las veinticuatro horas, un millón y medio de usuarios habían replicado el video de alta definición subido por el asesino. Se ufanaron de que sus sistemas lograran detectar y eliminar automáticamente un millón doscientos mil de esos posteos. Como si los otros trescientos mil que siguen circulando no fueran bastante problema.
Pero no se trata sólo de que este acto abominable haya sido diseñado como espectáculo para ser transmitido por la red. O de que muchos usuarios, lejos de sentirse «aterrorizados» por las imágenes, las hayan visto con fruición.
El problema es que éste es también un crimen «por» internet. Porque estas redes sociales, con su impresionante velocidad y capacidad de replicar contenidos shockeantes, son el mejor caldo de cultivo para el crecimiento de estas redes criminales de la extrema derecha racista. Sus mensajes de odio son recompensados con numerosos «me gusta», cuando no con dinero de publicidad.
Cuando compareció ante el Congreso, y ya era evidente que la plataforma Facebook había permitido la manipulación del electorado norteamericano en la última elección presidencial, Mark Zuckerberg se excusó diciendo que lo que ellos diseñaron fue meramente un «modelo de negocios». Como se ve, es ilusorio esperar que el «mercado» provea al bienestar general: en este caso, el «modelo de negocios» de estos irresponsables perforó un tremendo agujero en la democracia estadounidense.

Otra cara.
Sin embargo la desgracia arrojó un inesperado resultado positivo. La mayoría de nosotros ni escuchamos hablar de Nueva Zelanda, salvo por la mención general de que se trata de un país desarrollado, con gente amable, muy buen rugby y unos paisajes naturales de película. Los neozelandeses -que suelen ser llamados «kiwis» como el ave y la fruta- gustan de caminar descalzos por la calle, y disfrutan de una excelente sistema de salud pública, extraordinarias bibliotecas públicas, y extensos espacios públicos de recreación.
Ahora que el mundo posó sus ojos en aquel remoto país, apareció la figura de su primera ministra, Jacinda Ardern, una laborista de 38 años que hace pocos meses subió al poder. Qué respiro enorme ver esta figura emergente, después del desfile de flamantes déspotas asumidos los últimos años, desde Trump a Bolsonaro y desde Duterte a Modi.
Jacinda, que en todo momento exuda compasión y sinceridad, tomó inmediatas medidas para garantizar un más estricto control de la venta de armas en su país: algo que en EEUU resulta impensable, aunque estas masacres sean cosa de todos los días. En un gesto inteligente, en todo momento se niega a pronunciar el nombre del terrorista, privándolo así a éste la notoriedad buscada. Y cuando la llamó Donald Trump para expresarle sus condolencias y ofrecer ayuda, Ardern le pidió que expresara su amor y solidaridad para con los musulmanes.
Habrá que ver qué suerte tiene con ese pedido. Trump tiene mucha dificultad para expresar amor a cualquier cosa que no sea él mismo.

Haka.
En uno de los actos públicos de la primera ministra kiwi se la ve visitando una escuela secundaria a la que solían acudir, como alumnos, algunas de las víctimas. Los estudiantes la reciben cantando y bailando la danza ceremonial conocida como «haka», que proviene del pueblo originario maorí, y que se hizo mundialmente conocida por el equipo de rugby nacional, los All Blacks.
Éstos ejecutan un haka guerrero, destinado a intimidar a los oponentes con gestos y posturas agresivas. Pero también existen hakas de bienvenida, y hakas para funerales. La danza ha sido adoptada por todo el país, y hasta se enseña en las escuelas, donde se forman grupos no muy distintos de los que aquí tocan los tambores de carnaval.
Esa es la respuesta de los kiwis. Al odio racial, un canto indígena de unidad.

PETRONIO