De manual: infiltrar y después reprimir

La represión que se desató el viernes en Plaza de Mayo con el fin de boicotear el multitudinario acto que se organizó para reclamar por la desaparición de Santiago Maldonado cumplió su objetivo. Al día siguiente los grandes medios porteños titularon y hablaron de “violencia” y “caos” y no de la enorme movilización que exigió al gobierno una respuesta.
La manipulación quedó al descubierto de inmediato. Los grupos de encapuchados que empezaron a actuar a poco de terminar el acto no tenían identificación, solo unas banderas negras sin leyendas. La violencia de la policía no se descargó sobre ellos sino sobre manifestantes inermes, transeúntes, periodistas y hasta empleados que salían de sus trabajos. Se vieron policías de civil actuando con los rostros cubiertos, apresando y maniatando personas. Los hechos más espectaculares se registraron en cercanías de móviles de la televisión oficialista cuyas cámaras tuvieron ángulos privilegiados para captar la “violencia”. Al ser liberados, los detenidos revelaron las irregularidades del procedimiento y las amenazas de “hacerlos desaparecer” que recibieron de sus captores si no se callaban ante el atropello.
En El Bolsón pasó algo parecido. Allí un pequeño grupo de encapuchados arrojó piedras y bombas molotov a las tropas de Gendarmería mientras el grueso de los manifestantes, indignados, los acusaba de “infiltrados”. Luego los violentos provocadores subieron a una camioneta doble cabina y desaparecieron del lugar. En Córdoba, el día anterior a la marcha, tuvo lugar una seguidilla de allanamientos a locales de organizaciones sociales de donde secuestraron instrumentos de música, banderas y -en el colmo del disparate- hasta comida. Quedó fuera de toda duda que se trató de una operación de amedrentamiento.
La masiva demanda de la población quedó oscurecida por una coreografía violenta que trajo recuerdos de un pasado que se creía desterrado para siempre. Y para peor el gallinero del periodismo oficialista se sumó con su retórica también violenta. Los más enardecidos llegaron a hablar de “guerra” y apuntaron contra la “izquierda” y el “kirchnerismo” con la misma furia que vomitaban sus antecesores de décadas atrás contra la “subversión”. De tal modo un segundo objetivo de la maniobra también quedó al desnudo: inocular miedo en la sociedad y advertir que el gobierno no dudará en apelar a la violencia policial ante movilizaciones masivas que intenten ganar el espacio público para manifestar cualquier descontento.
Este preocupante escenario no hace más que darle la razón a quienes vienen señalando que las políticas del gobierno “no cierran sin represión”. Apenas comenzó su gestión, el macrismo cambió drásticamente el manual de intervención de las fuerzas de seguridad. Se vio de entrada con los primeros cierres de fábricas y la furia de palos y gases que se descargó contra los trabajadores que salieron a manifestarse en defensa de sus fuentes laborales.
Ese “cambio” motivó el rechazo de un amplio sector de la oposición junto a la advertencia de que el gobierno se deslizaba por una peligrosa pendiente que podía llegar a consecuencias dramáticas. Lamentablemente no pasó mucho tiempo para que aquella alarma se materializara con la desaparición de un joven durante un violento operativo de la Gendarmería contra un grupo reducido de mapuches, en Chubut. El año pasado, en el mismo lugar, una embestida similar había dejado varios heridos de gravedad y destrozos en las modestísimas viviendas de los aborígenes.
Se ignora qué busca el gobierno con negar, pese a las evidencias, la desaparición forzada de Maldonado, mantener a la Gendarmería en la investigación y reprimir la protesta social. Sí, en cambio, y por experiencia, se sabe bien que ese empecinamiento no puede conducir a buen puerto.