miércoles, 13 noviembre 2019
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De un lado hacen una campaña sucia, del otro una «light»

LA SEMANA POLÍTICA

El macrismo hace una campaña sucia, con mentiras sobre sus adversarios y atacando a sindicalistas. El Frente de Todos no luce con sus propuestas, que debería tenerlas, sino que hace gala de su moderación, onda light.
SERGIO ORTIZ – El gurú Durán Barba parece ser un moderado dentro de los estrategas macristas. O puede ser que arroje las piedras sobre la honra de los adversarios del presidente y esconda su mano. La cuestión es que los mayores propagandistas de una campaña sucia son políticos y periodistas, como Elisa Carrió y Luis Majul, por cuya honestidad nadie apuesta dos pesos.
La primera hizo correr la bola de que Cristina en Cuba estaba organizando con agentes de Vladimir Putin el espionaje para perjudicar a Mauricio Macri. Toda mentira debe tener un diez por ciento no de verdad, pero sí de asidero, aunque esta ni llega a eso. El presidente ruso puede querer joder al mejor operador de Donald Trump en Sudamérica, en competencia con Jair Bolso-nazi. Pero de allí a arriesgar su reputación de ex KGB en operetas con Oscar Parrilli, por ejemplo, obvio que no lo haría. Putin, hombre inteligente, diría que no a Cristina, aún si secretamente estuviera enamorado de ella. «Te regalé una carta de San Martín a O’Higgins, que me salió bastante cara en Nueva York, pero operar en temas delicados con quien vos llamaste «soy yo, pelotudo», ni mamado en vodka», habría declinado un pedido que nunca le formuló CFK.
Majul trabaja full time bien remunerado. Su programa en América no debería llamarse 4D, cuatro Días, sino 7D, porque es una usina televisiva y radial de lunes a lunes.
Lo que al cronista lo desubicó un poco, tampoco una sorpresa total, es que algunos personajes con aires de bondad se subieran a ese tren fantasma que quiere infundir miedo y odio. Se sabía que la monja Martha Pelloni era políticamente una naba, pero una buena persona. Error. Dijo, amplificada por los medios hegemónicos, que La Cámpora era «el brazo del narcotráfico en la política de Cristina Kirchner». Cuando estas especialistas en dogmas y asuntos del más allá se meten en los temas terrenales suelen pifiar feo. La agrupación liderada por Máximo Kirchner debe ser misericordiosa, más allá de sus defectos políticos, que los tiene, porque de lo contrario habría denunciado penalmente a Pelloni por esas barbaridades. Estas maldades o hijaputeces no se arreglan con rezar varios padrenuestros.

Recalculando el enemigo.

Para el macrismo el blanco político es la fórmula del Frente de Todos, con énfasis en quien ocupa el segundo lugar, y el candidato a gobernador de Buenos Aires. A este volvieron a acusarlo de ser marxista y no haberse curado de esa enfermedad, según Jorge Macri; puede alegar que no es un anticomunismo suyo, sino que se plagió de los peronistas Guillermo Moreno y Miguel Pichetto.
La espada de Mauricio Macri estuvo concentrada en cortar a los dirigentes sindicales que más odia.
Por eso le pegó duro a Hugo Moyano. Antes lo había acusado por los altos costos del transporte y ahora de tener curros, por derecha e izquierda, «que dejan a gente sin trabajo». También hirió a Sergio Palazzo, de la Asociación Bancaria, por reclamar la sindicalización de los empleados que hacen tareas afines en finanzas tecnológicas (Fintech) como Mercado Libre. Dijo Macri: «sí, es otro prepotente. Quiere avanzar sobre un sistema que desde la tecnología le mejora la vida a la gente. El Gobierno va a apoyar esos desarrollos contra este tipo de actitudes prepotentes, patoteras». Y completó el triplete contra Pablo Biro, de la Asociación de Pilotos: «¿por qué tienen que pagarle a Biro todos su privilegios e ineficiencias, que cuestan miles de millones de pesos por mes?».
La bronca presidencial tiene motivaciones políticas.
Moyano, más allá que no sea trigo limpio, no es más el aliado que tuvo entre 2013 y 2015, y que con sus cinco paros generales contra CFK, pretextando el impuesto a las ganancias, le sirvió para el balotaje.
Palazzo defiende su convenio, que fija para la categoría inicial de un bancario un salario de 51.000 pesos. El ingeniero y el FMI quieren amputarlo a la mitad. Y entraron en pánico con el reclamo de encuadre sindical para los empleados de Mercado Libre, del amigo presidencial Marcos Galperín.
Y Biro denunció la política de Dietrich en detrimento de Aerolíneas y favorecedora de las «low cost» y de «cielos abiertos» para American Airlines.
Macri tomó de blanco a esos tres sindicalistas, con más furia táctica que la dispensada a los Fernández. Son diferencias políticas y de clase que van más allá de las elecciones.
Esa disputa conecta con la reforma laboral, prohijada por MM y el FMI. De ella quiere ser partero y propietario el gran empresariado local y multinacional.
«Hay que poder despedir sin causa a cualquier empleado», dijo el titular de la Cámara de la Construcción, Julio Crivelli. Martín Cabrales, dueño de esa marca de café, había declarado: «las cargas sociales, el aguinaldo son montos siderales y uno quisiera tener algún incentivo».
Macri tiene claro quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Eso es peligroso para el futuro argentino, porque como dijo Sun Tzu, «conócete a ti mismo y conoce a tu enemigo». Quién consigue eso puede ganar mil batallas. Si Macri ganara la del 27 de octubre, mandaría a Argentina al fondo del mar.

Campaña «light».

El Frente de Todos no dice nada. Lo plasma fielmente el spot de Alberto Fernández, quien se define como conciliador, un tipo común, profesor de Derecho, fana del bicho y que le gusta pasear a su perro Dylan.
Hasta ahora no ha puesto sobre la mesa ninguna propuesta concreta ni profunda: ordenará el país del caos. Sin embargo, para decirlo provocadoramente, un poquito de desorden bajo los cielos de los banqueros, energéticos y exportadores no vendría mal. Estos vienen ganando fortunas, con altas tasas de interés, devaluaciones, tarifas dolarizadas y cosechas de 145 millones de toneladas sin obligación de liquidar dólares. Eso no es desorden, es el orden de los cementerios y hay que alterarlo con medidas, severas multas, gritos de muchedumbres y algunas leyes y decretos.
La exigencia de Palazzo de sindicalizar a los de Mercado Libre, siendo una cuestión menor vista la política nacional, ha levantado más polvareda macrista que los discursos de AF y sus reuniones con gobernadores.
Fernández privilegió a Córdoba, donde lo recibió Juan Schiaretti, pero sin moverse un milímetro: «voten a quien quieran para presidente (da lo mismo Macri que Fernández) pero a diputados voten la lista corta de Juan». Así reza la propaganda del cordobesismo, empeñado en quitar el convenio de Luz y Fuerza legado por las luchas de Agustín Tosco y sus compañeros de los ´70.
Palazzo y Gabriel Suárez, de Luz y Fuerza de Córdoba, defienden sus convenios; Macri y Schiaretti quieren destruirlos. ¿Y Alberto Fernández, que quiere en esta materia? Es de esperar que, en sus rondas de café, como las tenidas con Schiaretti, otros gobernadores y antes con Sergio Massa, haya excluido la marca Cabrales.
El macrismo tiene la iniciativa respecto al acuerdo del Mercosur con la Unión Europea. Lo presentó como la solución para colocar nuestra producción agropecuaria (de la industrial mejor no hablar) y mejorar la balanza comercial. Y comenzó a hacer propaganda de su intención de firmar acuerdos similares con EEUU, Canadá y China.
Los economistas pusieron en tela de juicio un tratado de ese tipo con Yanquilandia, cuya economía no es complementaria con la nuestra sino competitiva. Hubo críticas a aquellos anuncios, incorporando el hecho que míster Trump tuvo políticas restrictivas incluso para sus aliados como México.
Quienes salieron a polemizar con esas ventas de humo fueron algunos exfuncionarios. No así los candidatos a presidente y vice. No se les conocen propuestas para solucionar la catástrofe que está dejando Macri. ¿Tampoco van a desmontar las mentiras que el oficialismo pone en circulación semanal?
Un ejemplo de la campaña light es que el mayor golpe a la mandíbula macrista lo dio el presidente de la Suprema Corte Bonaerense, Eduardo De Lázzari. Denunció «causas armadas artificialmente, abuso de testigos de identidad reservada, de arrepentidos, de factores de presión que inducen, fomentados y fogoneados por ciertos medios de prensa, a dictar condenas mediáticas, y que llevan a un panorama sinceramente deplorable, en donde influyentes de todo tipo, espías, traficantes de escuchas telefónicas, con ciertas complicidades de algunos magistrados y miembros del Ministerio Público, terminan por generar un panorama que es absolutamente preocupante».
Lo paradójico es que Cristina puso en sus redes ese testimonio, pero la que debería dar esa batalla es su fuerza política, en vez de limitarse a justas denuncias contra los manejos informáticos sospechosos de Smartmatic. Hay que ganar las calles, la batalla política-cultural, las elecciones y desmontar posibles fraudes. Se dirá que es una tarea muy dura. Sí. Pero los Fernández quisieron estar en la cancha y ahora tienen que jugar fuerte, no sucio como los otros. Para los condenados por el ajuste, es una final más importante que una Copa del Mundo. La gente alienta, pero quiere que los Fernández dejen la vida en la cancha y no sean pechos fríos.