Del famoso “por ahora” de Chávez pasaron 21 años y la realidad es otra

El 4 de febrero de 1992 un joven militar condujo un putsch en Venezuela y fue derrotado. Dijo ante la TV que no había conseguido sus objetivos “por ahora”. Pero hace 14 años que gobierna, implementando muchos de los cambios sociales soñados hace 21.
EMILIO MARIN
Hace veintiún años, Hugo Chávez era ya un bolivariano convencido. Y harto de la corrupción de la IV República nacida del fin de la dictadura de Pérez Jiménez, lideró un levantamiento militar. Gobernaba Carlos Andrés Pérez, de Acción Democrática, quien venía agotando cierto crédito popular con casos de corrupción y con la represión de 1989 en Caracas, luego de pactar un ajuste con el Fondo Monetario Internacional.
Dicho plan incrementaba los precios, el transporte y la pobreza, en un rico país petrolero miembro fundador de la OPEP. Los barrios populares de la capital salieron a manifestar su repudio, siendo reprimidos por policía y Ejército. Oficialmente se admitieron “sólo” 300 muertos pero se calcula entre 1.500 y 3.000.
En ese marco debe analizarse el putsch de Chávez, teniente coronel de paracaidistas, profesión donde la vida lo fue llevando desde su infancia y adolescencia pobre en Sabaneta, Barinas. Soñaba entonces con ser dibujante y pintor, y sobre todo “pelotero profesional” de béisbol.
Diez años antes del levantamiento, Chávez y otros tres camaradas juraron por Bolívar bajo un árbol, el Samán de Guere, donde habría acampado el Libertador. Del cuarteto, sólo Chávez siguió hasta el final; uno murió hace años, Felipe Acosta, su gran amigo; otro traicionó pronto, Jesús Urdaneta Hernández, y el último alternó buenas y malas, Raúl I. Baduel (en el golpe fascista de abril de 2002 encabezó la resistencia que rescató al presidente secuestrado en Orchila, pero en 2008, luego de ocupar la comandancia del Ejército, fue preso por corrupción).
Ese juramento, en 1982, cuando era capitán, demuestra que sus ideales bolivarianos venían de por lo menos diez años antes del frustrado alzamiento. Ese 4 de febrero de 1992, los del Movimiento Bolivariano 200 sumaban unos 300 oficiales y en el mejor de los casos 2.000 soldados. Un fuerte dispositivo militar les impidió capturar el Palacio de Miraflores y otros objetivos en Maracaibo, Maracay y Valencia. Luego de algunos tiroteos, donde murió una veintena de militares, el rebelde ordenó rendirse.
Como algunos de sus oficiales habían jurado morir en el intento, el jefe pidió a las autoridades que le dieran cámaras para ordenar la rendición. Se las dieron confiados, optimistas por la victoria. Con uniforme de paracaidista y boina roja, el teniente coronel dijo a los suyos que entregaran las armas porque no se habían logrado los objetivos, “por ahora”. No lució derrotado. Entre líneas decía que más adelante el resultado podía ser otro. Tras eso, fue preso durante dos años y dado de baja.
En la cárcel de Yare se confirmó la tesis de los dictadores de Argentina de 1976 que no querían tomar prisioneros porque de la cárcel salían más formados y convencidos; la solución era asesinarlos, desaparecerlos. Y con el teniente coronel sucedió eso. En la prisión leyó más que nunca sobre Bolívar, Antonio Sucre, Ezequiel Zamora y demás libertadores; se aproximó a las ideas de José Martí y a la revolución cubana.
A fines de marzo de 1994 salió de prisión, convencido de que su MBR 200, rebautizado como Movimiento V República, debía ser el instrumento político y electoral para intervenir en la lucha por el poder que había terminado mal en una de las facetas. Debía ser reemprendida con esta nueva herramienta, sin disparador ni paracaídas; casi como predicador ante el pueblo llano, ese que conocía bien porque venía de su mismo seno.

Giros de la historia.
Chávez no salió en libertad quebrado ni arrepentido sino con nuevas ideas para retomar la lucha por la Segunda Independencia y terminar con el antro de corrupción forjado por adecos y copeyanos manipulados por la oligarquía.
Manifestó su intención de conocer Cuba y Fidel Castro lo aguardó en el aeropuerto José Martí, el 14 de diciembre de 1994. Allí comenzó una amistad y una admiración mutua que llevó al venezolano a decir que el cubano era su padre. Sus hijas María Gabriela y Rosa Inés, conformes con ese sentimiento, han dicho que Fidel es su abuelo. Y el histórico comandante en jefe, poco afecto a esos parentescos políticos, nunca los desmintió. Habrá que creerles, pues.
Los voceros del imperio, para “explicar” esa relación, siempre han caído en los lugares comunes de la CIA. El venezolano, dicen, quería copiarse del “dictador” y eternizarse en el poder. Y el cubano tenía como interés el petróleo de PDVSA, que la isla no dispone.
Esa explicación es falsa pero además carece de base elemental de credibilidad porque la refuta el almanaque. Cuando esos dos dirigentes se conocieron faltaban cuatro años para que el visitante ganara las presidenciales. ¿Fidel era adivino y ya sabía que su flamante amigo sería el mandatario venezolano que asumiría el 2 de febrero de 1999?
Habrá que creer que el comandante es adivino nomás…
Los dos personajes habían tenido su desencuentro, a raíz del golpe de 1992. El 4 de febrero de ese año, en la tapa de Granma edición de papel, un recuadro informaba del putsch en Caracas y reproducía el telegrama que el presidente cubano había enviado a CAP. Le manifestaba su solidaridad frente al golpe, le contaba que habían estado muy preocupados por su situación personal y de la democracia venezolana, y se congratulaba de que todo hubiera terminado bien.
Giros de la vida. El golpista de 1992 no era uno típico surgido de la Escuela de las Américas. CAP no era ese año el socialdemócrata con puntos de enfrentamiento con el imperio, que los había tenido antes.
La democracia venezolana no era la promesa de 1958 tras la caída de Pérez Jiménez, pues acribillaba a tiros al pobrerío que bajaba de los cerros de Caracas.
Y la historia se enderezó. Chávez terminó como hijo político de Fidel; éste siguió estando en el lugar casi siempre correcto; y Pérez fue procesado por corrupto y se fugó a Miami y el Caribe, muriendo sin gloria y con mucho dinero en cuentas secretas, apostrofando a Cuba y a Chávez.
En noviembre de 1998 el MVR salió segundo en las legislativas, con el 21 por ciento de los votos, en un debut más que aceptable: de los 189 escaños de Diputados, 49 serían suyos.
Y en medio de la debacle de los partidos de la IV República, Chávez ganó por paliza los comicios presidenciales de ese mismo 1998, con el 56 por ciento. Había sido buen pelotero y dibujante, mejor paracaidista, pero se revelaba como un excelente político.

Enfermo pero entero.
Alguna gente odia a Chávez por estos catorce años de buen gobierno, y todavía pone el acento en su condición de “golpista” de 1992. Esas críticas no tienen asidero porque -por aquella rebelión- su autor pagó con la cárcel y la baja del servicio. En la balanza, ese supuesto demérito pesa mucho menos que las virtudes de dieciséis victorias electorales en catorce años.
Su cuarto mandato presidencial fue ganado por once puntos de ventaja sobre Henrique Capriles, el 7 de octubre de 2012, y -ya desde su lecho de enfermo- sus partidarios triunfaron en las elecciones de gobernadores en 20 de los 23 estados, el 16 de diciembre pasado. El 14 de julio de este año serán las municipales, informó la presidenta del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena.
Además de los pergaminos democráticos, que el bolivariano los tiene, en última instancia lo que más importa es la gestión. ¿Para qué sectores se gobernó, bien o mal? Eso interesa tanto o más que la procedencia virtuosa. Es al revés de lo que “teoriza” el Departamento de Estado, plagiado en Buenos Aires por “La Nación” y Mariano Grondona: Chávez tendría procedencia democrática pero esfumada en el transcurso de un gobierno que se hizo “dictatorial”.
La verdad es diferente. Las urnas plebiscitaron un plan de gobierno y una Constitución Bolivariana (cambio constitucional que en Argentina es una necesidad) y luego Chávez los fue cumpliendo, con los tropiezos del caso. En los últimos años invirtió 500.000 millones de dólares en programas sociales para reducir la pobreza y mejorar los índices de educación, salud y bienestar de su población. La pobreza extrema bajó al 6,5 por ciento y la idea es llevarla pronto a la mitad. Con las “Misiones” o programas sociales, en varios casos con ayuda de médicos cubanos, se han logrado avances impensados, que a su vez explican la devoción que sienten por el presidente las mayorías populares.
Chávez fue operado por cuarta vez del cáncer y ahora está en etapa de recuperación, habiendo superado la infección pulmonar que lo tenía a maltraer, según la información proporcionada en la cumbre de Chile por el ministro de Informaciones, Ernesto Villegas.
Cómo estará de bien que hasta gana batallas mediáticas desde la habanera clínica Cimeq. El papelón del madrileño “El País” debe verse como una victoria de Chávez. Estaban tan obsesionados con matarlo de una u otra manera que publicaron la foto falsa y así les fue.
El 4 de febrero de 1992, al rendirse, Chávez dijo por televisión: “lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital”. Cuando pueda regresar de La Habana, un poco mejor de salud, su parte será de victoria, visualizando a Venezuela, ALBA y Celac.