Del “que se vayan todos” a este nuevo “Siganmé”

LA SEMANA PAMPEANA

I – Hace años, un candidato opositor se impuso en las elecciones presidenciales al compás del lema “Siganmé, no los voy a defraudar”. Con esta simple y voluntarista apelación a la fe captó a un electorado que intentaba salvarse del naufragio del gobierno de Raúl Alfonsín, ahogado por la hiperinflación causada por un golpe de mercado con complicidad mediática, y una vergonzosa oposición cuya angurria por hacerse del poder la liberó de su compromiso democrático al punto que obligaron al presidente a renunciar seis meses antes. Ese candidato del lema voluntarista ganó la elección y defraudó a millones que esperaban de él una “revolución productiva” y un “salariazo” y se encontraron con que hizo lo contrario de lo que prometía: hundió la producción nacional y sumergió a los trabajadores en la más pavorosa desocupación. Luego, sin ruborizarse, confesaría ante uno de sus padrinos mediáticos, que aquél lema era un señuelo electoral porque si decía en campaña lo que iba a hacer nadie lo hubiera votado.
Aquel período dramático de la historia argentina duró doce años, incluyendo el gobierno de la Alianza que derrotó al del “siganmé” en 1999 prometiendo un cambio engañoso que, en realidad, conservó los lineamientos económicos de su predecesor entre ellos, el famoso “uno a uno”, un cepo legal al dólar que arruinó la economía argentina, creó la mayor desocupación de la historia y endeudó sideralmente al país.

II – En 2001, aquélla política atada al dólar, a los mercados financieros internacionales, a la destrucción del Estado, la entrega de sus empresas y la destrucción del sistema productivo y de empleo, estalló. Millones de argentinos empobrecidos y desorientados por la traición de sus dirigentes salieron a las calles a pedir “que se vayan todos” en una frase que era una desesperada síntesis de su impotencia ante tan colosal calamidad. De aquélla crisis terminal emergió la Argentina que hoy, doce años después, exhibe índices que la colocan en los topes históricos en empleo, ingreso, producción, exportaciones, salud, educación y con derechos impensados en otros años como las paritarias que defienden como nunca antes el salario o la jubilación universal que le da a todo argentino un retiro por el simple hecho de haber trabajado aquí.

III – En este contexto, millones de argentinos irán hoy a las urnas con una tarea histórica. Participar de una elección que, por primera vez en muchos años, deberá decidir entre dos únicos candidatos. El balotage es eso. Un cara o ceca de la política donde, el voto así acotado, en buena parte del electorado, no encaja necesariamente en sus preferencias políticas y necesita una tarea de reflexión previa que evalúe cuál de las dos opciones se acerca más a su idea de lo que quiere que sea su país.

IV – Alejandro Dolina dijo no hace mucho que el de hoy es un voto fácil pues se trata de dos opciones muy distintas. Por un lado la continuidad de un modelo que apostó claramente a la recuperación del papel del Estado como motor del desarrollo de las fuerzas productivas nacionales con una fuerte apuesta a la inclusión y la distribución de la riqueza. Por el otro lado, un “cambio” que se plantea como la vuelta al mercado y su supuesto poder de autoregulación de la macroeconomía, con un Estado mínimo que se desentienda de las consecuencias que esa política causará en el empleo, el ingreso y su redistribución.
Así planteado es fácil advertir que Dolina tiene razón y es sencillo elegir a quién votar si se sabe hacia dónde se quiere que vaya el país en los próximos años.

V – Poco más de dos tercios de los argentinos, ya eligió a alguno de los dos candidatos el pasado 25 de octubre y es altamente probable que repita su voto. Es la porción restante, aproximadamente un cuarto del electorado, la que definirá la elección. Por primera vez en la historia reciente, esa porción que no se identificó en la elección general ni con el oficialismo ni con la principal oposición, será decisiva para el futuro del país. Una cosa es segura de esos votos: pertenecen a ciudadanos que no votaron a ganador. Que no se dejaron seducir. Apostaron a votar a candidatos que, de antemano, sabían que no ganarían. ¿Son herederos políticos de una tradición que capitalizó el fraude del “siganmé” y se expresó en las jornadas del “que se vayan todos”? El balotage los ha puesto hoy en el centro de la escena. Hacia donde inclinen la balanza hoy en las urnas, dirá mucho de cómo ha evolucionado este voto esquivo a las mayorías. (LVS)