Deporte favorito de Trump no es golf sino amenazar a Corea

PUSO OTRA VEZ A LA PENÍNSULA COREANA AL ROJO VIVO

Emilio Marín – Trump volvió a la escalada de amenazas militares contra Corea del Norte. China y Rusia piden moderación a ambas partes porque saben que ese conflicto implicará graves riesgos para paz mundial. El más peligroso es Trump, no Kim.
El conflicto entre la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte) y los Estados Unidos y su controlada República de Corea (Corea del Sur), viene de larga data. En esa península se libró una guerra entre 1950 y 1953 donde los marines no pudieron vencer a los norcoreanos, apoyados por un millón de voluntarios chinos. De resultas de ese “empate” se dividió el territorio por el paralelo 38, con dos naciones de diferente naturaleza: socialista la del norte y capitalista dependiente la del sur.
Desde entonces ha habido una relación de tirantez, con breves períodos de diálogo de partes y algunos acuerdos comerciales y de inversión en zonas mixtas. Pero lo que se dice paz no hubo nunca más en Corea y eso no tiene dos culpables sino uno.
La obstaculización norteamericana de una solución pacífica en Corea puede tener que ver con ese resentimiento histórico de no haber podido imponerse en esa guerra, donde el general MacArthur pidió al presidente Truman utilizar la bomba atómica estrenada en 1945 contra Hiroshima y Nagasaki, pero no le dieron el okey.
Esa referencia histórica indica de dónde viene el peligro nuclear en Corea: si de Pyongyang o si de Washington. Y esto tiene una gran actualidad por el conflicto de estos días.
El otro motivo de fondo para esta agresividad política y militar norteamericana es que al confrontar con la RPDC también lo están haciendo con Beijing, al que consideran el gran enemigo estratégico a batir para recuperar su rol de superpotencia.
Las bases militares de EE UU en Corea del Sur, sus 30.000 soldados allí estacionados, los ejercicios aéreos y navales cada año, la acumulación de armas de todo tipo en ese país, incluso también atómicas, baterías de misiles y anti misiles, etc., dan cuenta de esos planes belicistas.
Y hay que ser francos. Por más que la escalada agresiva tiene con Donald Trump un tono más brutal, no es propio de esta administración republicana. Desde 1997 los documentos estratégicos estadounidenses vienen planteando que el centro de gravedad de la disputa para asegurarse un “siglo americano” está en la región Asia-Pacífico, y que el 80 por ciento de su aparato militar debe ubicarse allí. Y eso apunta contra Corea del Norte pero sobre todo contra China, como blanco principal, y secundariamente contra Rusia, bien que en un plano menor al que detentaba cuando era la Unión Soviética y su gran contrincante.

Las mentiras.
En lo propagandístico y a nivel mundial, Washington hace aparecer como que su campaña es contra Corea del Norte y la proliferación nuclear.
Lo primero es sólo parcialmente cierto, porque por elevación apunta y tira contra China. Lo segundo es totalmente falso. La potencia atómica que usó esas armas en agosto de 1945 y tiene el mayor arsenal no puede presumir de intenciones pacíficas…
Hay números que clarifican quién es quién. Agencias de noticias que sintonizan la onda del Departamento de Estado afirmaron que Corea del Norte tiene 60 bombas nucleares, pero se considera que eso está exagerado a propósito. El gobierno de Kim Jon un puede disponer de 20 municiones atómicas, habiendo comenzado en 2006 a experimentar con misiles portadores de aquéllas.
¿Qué es ese arsenal en comparación con las 5.000 ojivas nucleares que dispone el Pentágono en su país y en sus 800 bases militares alrededor del mundo?
Esas sí que son armas de destrucción masiva, no como las que se imputaba falsamente al iraquí Saddam Hussein y al sirio Basher Al Assad. Ese armamento está en depósitos en tierra, en naves y aeronaves, para ser portadas por cohetes de corta, media o larga distancia, intercontinentales (ICBM).
Para que el chantaje nuclear sea completo, la parte agresora necesita que su víctima no tenga chances de responder el primer golpe. A eso apunta el sistema norteamericano de Defensa de Alta Altitud (Thaad), cuyas primeras dos baterías fueron instaladas en Corea del Sur en abril pasado, con sus respectivos radares, cargas, etc.
Ese sistema fue autorizado en julio del año pasado, cuando gobernaban Barack Obama y la surcoreana Park Geun-hye, que luego perdió el cargo por corrupción. Ahora el Thaad es reforzado por Trump y el mandatario surcoreano, Moon Jae-in, supuestamente de centroizquierda, quien pidió al Pentágono la instalación de otras dos baterías más. Los colores políticos mucho no importan en estos temas centrales; ambos parecen de un sistema monopartidista aunque también cuestionan a Norcorea por su sistema de partido único.
La intrusión del Thaad vuelve a demostrar que en el fondo el objetivo norteamericano es China. El sistema volvería técnicamente invulnerable los misiles “made in USA” en caso que ataquen a blancos en Corea y en la cercana China, que siglos atrás fueron parte del tronco. Y también afecta al sistema defensivo ruso, razón por la cual el presidente chino, Xi Jinping, y el ruso, Vladimir Putin, vienen protestando contra esa instalación en Corea del Sur desde que fue anunciada, en julio de 2016.
El canciller chino, Wang Yi, se reunió el 6 de agosto con el secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, y volvió a plantearle las objeciones al sistema antimisiles. Beijing y Moscú demandan que la solución pacífica en la península se atenga a dos principios básicos: que el gobierno de Kim Jon un no realice más pruebas misilísticas, y que EE UU y Corea del Sur no hagan más ejercicios militares.
El problema es que Tillerson, que posa como “una paloma” y declara que quiere negociaciones pacíficas con Pyongyang, no define la política coreana en Washington. Hay un cuarteto muy belicista y al tono con Trump, dando cuenta que está preparado para atacar; allí no cuenta el ex CEO de Exxon.

El cuarteto.
Ese grupo “halcón” está integrado por el jefe del Consejo de Seguridad, HR McMaster; el jefe de la CIA, Mike Pompeo; el jefe de Gabinete, John Kelly y el secretario de Defensa, James Mattis. Con el presidente Trump son un quinteto de temer para la paz mundial.
El 9 de agosto el magnate amenazó a Corea del Norte con una reacción de fuego y furia, y al día siguiente reforzó esa amenaza en una conferencia de prensa donde dijo que su primera reacción no había sido lo suficientemente dura. Ayer 11 de agosto completó su tercer día de amenazas: “la solución militar está lista y cargada”.
Lo gracioso, si se permite el término, es que el presidente yanqui hizo estas declaraciones desde su resort de descanso, el Bedminster National Golf Club en New Jersey, en un alto de su juego de golf. Esa es también una diferencia con su odiado Kim, que está siempre al pie del cañón. Aún sus críticos deberían reconocer que se implica personalmente en la defensa de su país, según los criterios que considera correctos. Que lo sean al 100 por ciento o no, esa es otra discusión.
Para sus aliados esa no es la proporción exacta. China y Rusia votaron en el Consejo de Seguridad de la ONU a favor de las sanciones a Pyongyang por continuar con sus pruebas misilísticas. De todas maneras, esa diferencia con Corea del Norte no significa ningún acuerdo con el plan de represalias de la administración Trump.
La mezcla de miedo y paranoia se ha disparado en Washington, Seúl y Tokio, aliadas en este punto contra el socialismo norcoreano. ¿Cuándo fue el ataque de locura de esos países? Se venía incubando desde julio pasado. La RPDK realizó una prueba con un misil de largo alcance, Hwasong-14, justo el día de la independencia de EE UU. Y el 29 de julio hizo una segunda prueba con otro misil similar, ICBM, de los que técnicamente podrían pegar en territorio norteamericano.
Eso no fue todo. El 8 de agosto los analistas del Pentágono llegaron a la conclusión que Corea del Norte había solucionado el problema técnico de insertar una bomba atómica de tamaño reducido en misiles de clase Hwasong-14, que suponían podía demorarse varios años.
Después que Trump amenazó con fuego y furia, el gobierno norcoreano dijo que -si era atacado- golpearía con misiles a la isla de Guam, que está a su alcance, viven 160.000 personas, con radicación de la Base Aérea de Andersen con 6.000 soldados yanquis.
El gobierno norteamericano tergiversa las cosas. No es que Corea del Norte quiera agredir a Guam. Sólo dice que si la agreden, atacará Guam, que es muy diferente, como lo explicó el general Kim Rak-gyon, jefe de la unidad balística norcoreana.
Por más sanciones que sufra, Norcorea no va a renunciar a armas nucleares disuasivas, teniendo el país dividido en el paralelo 38 y acantonados del otro lado 30.000 marines y armamento de todo tipo, con un magnate que declara estar dispuesto a usarlas en cualquier momento.
Presionar a Corea del Norte que no tenga una modesta dotación nuclear para disuadir ataques norteamericanos es tan ridículo como pedirle a EEUU que no use más el dólar. Aquello hace a la soberanía norcoreana; esto a la economía norteamericana. Trump hace como que juega al golf en su resort privado de Nueva Yersey, pero fomenta la guerra en la lejana Corea. Él se ufanó: “mi primera orden como presidente fue renovar y modernizar nuestro arsenal nuclear”. ¿Quién es entonces el responsable del drama nuclear en la península y el mundo?