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Derrames y desparrames

No se puede negar que el precandidato a gobernador por el Pro le está poniendo color a la incipiente campaña electoral. Desde el reparto de globos rojos en la vía pública (¿no eran amarillos?) hasta su inquietante afiche de campaña, sin pasar por alto sus declaraciones polémicas, nadie puede negar que el veterano marcador de punta izquierdo se brinda por el espectáculo.

Sol naciente.
El apodo del candidato ha sido acomodado en un diseño que replica la bandera de Japón: un círculo rojo sobre fondo blanco. Desconcertante, porque se suponía que sus ancestros eran irlandeses, no nipones. A menos, claro está, que el postulante se autoadjudique una pertenencia al famoso círculo rojo que supuestamente nuclea a los verdaderos poderosos de la Argentina.
Como se sabe de sobra, el marketing político ha llegado a niveles tales que ninguno de estos detalles puede ser pasado por alto. ¿Por qué ese afiche, y por qué el cambio de color? Los analistas deberán trabajar en el tema. No es el caso de esta columna dominical, que está dedicada al descanso.
Da miedo especular si lo que se propone este proyecto político es poner a los pampeanos a trabajar como japoneses. O peor aún, a depredar los mares sin descanso, hasta acabar con la última ballena, pese a la prohibición internacional.

Cetáceos.
Algo de eso debe haber, si nos atenemos a la teoría freudiana del acto fallido. Hace unos días el candidato declaró con énfasis que se oponía a que las cooperativas hicieran otra cosa que distribuir energía, y en particular, a que se dedicaran a «vender ballenitas».
¿Por qué mentar así a los cetáceos, si no existe el más mínimo antecedente de un proyecto cooperativo pampeano que los involucre? Los cooperativistas son gente con los pies en la tierra, que se proponen cosas concretas como prestar mejores servicios a sus asociados, a costos razonables y sin ánimo de lucro. Precisamente el tipo de ataque por izquierda que nuestro zaguero estaba acostumbrado a desbaratar en sus tiempos de deportista.
No sin maldad, dicen los que saben que aquellas faenas defensivas las ejecutaba con un estilo -digamos- algo rústico. Hay quien hasta especula que si le hubieran calzado zoquetes de diferente color, la hubiera emprendido a patadas contra sí mismo. Jamás verá el lector que aquí nos hagamos eco de semejantes infamias.

Demorragia.
En realidad parece que lo que le preocupaba al candidato era que las cooperativas ingresen al servicio de telefonía celular. Su sinceridad es conmovedora: desde el gobierno nacional que él representa, jamás se ha pretendido marginar a las cooperativas desde el discurso, aunque en los hechos se les pongan trabas.
La sinceridad es una virtud rara en política, así que habrá que reconocerla. El candidato habla de los kilómetros de autopistas construidas por su gobierno, en un distrito donde no han sido capaces ni de mantener la red vial existente, que está al borde del colapso. Habla a favor de Portezuelo del Viento, una obra que toda la militancia hídrica pampeana ha rechazado de plano. Y habla en contra de las cooperativas, una de las pocas cosas que funcionan bien a vista de todo el mundo, y que está arraigada en la idiosincrasia pampeana como el mate y el asado. Siguiendo con la metáfora japonesa, este hombre parece un kamikaze.
Pero hay un punto en que su sinceridad resulta conmovedora, y es cuando justifica la necesidad de que la telefonía celular siga siendo coto de caza exclusivo de las grandes multinacionales, ya que de este modo, éstas «derramarán riqueza».
Independientemente de que las riquezas obtenidas a base de tarifazo limpio son succionadas sin piedad fuera de la provincia -y del país- ¿adónde hay un registro de que estos oligopolios hayan «derramado» nada? De hecho, todos los estudios económicos serios -o sea, no de los payasos económicos que pululan por la TV argentina- indican que la riqueza se concentra cada vez más, y la brecha entre ricos y pobres crece a ojos vista. Como dijo el multimillonario Warren Buffet, «existe la guerra de clases; pero es mi clase, la clase de los ricos, la que la está librando, y la estamos ganando nosotros».
Es mucho pedir que un modesto candidato provinciano lea «El capital en el Siglo XXI» de Thomas Piketty, o los artículos de los premios Nobel, Paul Krugman o Joseph Stiglitz. Pero para eso están los asesores.
Alguien debería avisarle que el único lugar donde tiene vigencia la teoría del derrame, es entre las aves del corral, entre las que rige la ley del gallinero. Y ya sabemos qué es lo que se derrama allí.

PETRONIO