Desamparo de los jornaleros

PUNTO DE VISTA

FELIX VERDUN
Una reciente nota periodística realizada por un canal capitalino en el ambiente de los yerbatales del noreste argentino fue ilustrativa -una vez más, lamentablemente- del desamparo y el horror en que viven los jornaleros de la yerba mate. Malísimamente pagados, trabajando en pésimas condiciones sanitarias (que incluyen el manipuleo de superficies envenenadas carentes de la mínima protección), sin respetar edades ni condiciones como el embarazo, esas obreras y obreros son la síntesis de la explotación.
La situación recuerda palmariamente a hechos habituales más de medio siglo atrás, cantados y contados por la literatura y el folklore, que exponían la condición feudal de aquellas explotaciones. La elocuencia de la imagen y el testimonio evidencian que en los últimos años, lejos de mejorar, la situación se ha agravado. Con escaso margen de error puede afirmarse que una gran parte de esa negatividad corre por cuenta de algunos pseudodirigentes gremiales de niveles superiores; ellos avalan con su pasividad las más extremas situaciones de infamia en la explotación del ser humano. Sus cómodos despachos cerca del poder capitalino están lejos del sufrimiento real de la gente.
Lo dicho no es novedad; ese país oculto se repite en varios lugares de la Argentina, muy especialmente desde la asunción del gobierno liberal, que irónicamente prometiera “hambre y pobreza cero”. También el país que los medios capitalinos -salvo excepciones- prefieren desconocer contribuyendo a difundir una falsa realidad que ayuda a la alienación.
Volviendo al programa que denunciara este vergonzoso estado de cosas que los gobiernos pretenden ignorar, hubo una secuencia particularmente impresionante: una mujer anciana (acaso no tanto como lo parecía) pobremente vestida, desdentada y con andar dificultoso, enfrentó a la cámara con dolorida sencillez; “yo en la vida no tuve ningún beneficio -dijo- aunque sí muchos problemas debido a que nunca pude obtener documentos. Yo no existo”, fue la conclusión final.
Alguien que transita ya el final de su vida y que -como ella misma dice- no tiene existencia legal ni derechos y beneficios consecuentes, es una vergüenza para la república.