Desprecio de clase

Para quienes tienen la mirada entrenada y bien dispuesta a la observación del espectáculo de la política, el gobierno nacional mostró desde sus comienzos un clara vocación de clase reforzada por su orientación ideológica y su militancia intransigente en favor de la economía ultraliberal. Apenas asumió el poder se advirtió esa inclinación en medidas concretas que generaron una percepción mayoritaria de que se trata de “un gobierno para ricos” según lo muestran las encuestas de opinión.
Pero hay otra faceta muy explícita en muchos de los hombres del gobierno y es una tendencia a expresarse de manera despectiva con relación a los sectores populares. El podio lo alcanzó el ministro de Economía, Alfonso Prat Gay, cuando habló de los trabajadores del Estado nacional en términos de “grasa militante”. Otro economista estrechamente vinculado al gobierno, Javier González Fraga fue también explícito cuando dijo: “le hicieron creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior. Eso era una ilusión, eso no era normal”. Ambas expresiones eximen de mayores comentarios porque hablan por sí mismas de un espíritu supremacista arraigado y naturalizado.
Hace pocos días, en una reunión de empresarios, fue uno de los más cercanos al gobierno quien apeló a uno de esos exabruptos, llegando al nivel del insulto. Enrique Pescarmona calificó a los trabajadores argentinos como “inempleables” y dijo que sus obreros, al cabo de un año de entrenamiento, “trabajaban como si fueran normales”. Además descalificó los planes sociales y la asistencia social tildándolos de “retrógrados”. Pero hubo más y peor; con un lenguaje soez y desprovisto de toda compasión dijo que “chicas de catorce años se hacen preñar para tener unos mangos” en una brutal interpretación que carga sobre espaldas inocentes responsabilidades ajenas.
Pescarmona no es un cándido virginal; ha mamado largamente de la teta del Estado y hoy su empresa está en bancarrota y no porque le falten amigos en esferas de gobierno sino, evidentemente, por una mala conducción. Se ignora cuál será su proceder para hacerse de los mangos que puedan sacarlo de esa dificultad.