Desprecio por la ciencia y la educación

El gobierno nacional elevó al Congreso el presupuesto para el año venidero y dejó en claro que hace honor a aquella sentencia bíblica: “por sus frutos los conoceréis”, ya que su ideología conservadora y monetarista quedó en evidencia en la futura asignación de gastos, muy especialmente en lo que se refiere a educación y ciencia.
Estos dos temas esenciales al desarrollo del país aparecen en el presupuesto poco menos que despreciados, a tal punto que han provocado la indignación y el reclamo público de la comunidad científica local y hasta del extranjero. El presupuesto establece un recorte de casi el 33 por ciento con relación al anterior en las partidas destinadas a ciencia y tecnología. Una más de las incumplidas promesas electorales del presidente, quien en su campaña electoral antes de las elecciones hablaba de llevar la inversión en estas actividades al 1,5 por ciento del Producto Bruto Interno y ahora la reduce a apenas el 0,59 por ciento.
Por si fuera poco el ministro del área, cuando expuso los números ante la Cámara de Diputados, habló de un “exceso de científicos en el país” y del “problema” que crea el hecho de que no se vayan. A semejante exabrupto lo coronó diciendo que hay que “fomentar que la gente se vaya”, provocando un fuerte rechazo de la comunidad científica. Una institución tan respetada como es el Conicet lapidó las expresiones ministeriales al señalar que en lo dicho “hay un nivel de hipocresía importante; a nuestros estudiantes y a los que se graduaron los incentivamos a que vayan a estudiar afuera, pero siempre desde la perspectiva de reinsertarse en el país”
Tamaño dislate ejemplifica claramente que para el gobierno educación y ciencia no constituyen una inversión sino un gasto. Décadas atrás la tragedia de la dictadura militar privó al país de buena parte de sus más destacados científicos, reprimiendo, desapareciendo o enviando al exilio a miles de ellos, incluso a varios que trabajaban en tecnologías vinculadas a la defensa, tales como energía atómica y misiles. Costó mucho repatriar y devolverles la fe en su actividad y objetivos.
La educación científica, al contrario de lo que evidentemente piensa el gobierno y expresa el ministro, es una buena inversión porque si está debidamente apoyada se trasforma en resultados tecnológicamente positivos y económicamente redituables. De allí que las naciones más desarrolladas favorezcan el ingreso de científicos formados ya que les ahorra la etapa más onerosa, que es la de su preparación.
A esta ofensiva contra la ciencia y la educación nacional se sumó recientemente una infame campaña contra la universidad argentina con acusaciones de que es “aprovechada” por un gran número de extranjeros. La idea -falaz y de mezquina raíz política y xenofóbica- fue desmentida por el rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires quien con precisas palabras demostró que el porcentaje de alumnos extranjeros no alcanza al cinco por ciento. Evidenció además que no los atrae la mera conveniencia sino, y muy principalmente, el prestigio de la universidad pública argentina. ¿Será esto lo que molesta a un gobierno que promueve tamaño castigo presupuestario?

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