Discípulos de Hitler

La elite sionista de Israel quiere arreglar tres grandes problemas políticos en los próximos doce meses: 1) Ganar las elecciones de febrero. 2) Demostrar a los bárbaros del área -y a sus padrinos Europa y Estados Unidos- que la derrota militar ante Hizbollah en 2006 ha quedado atrás, y que ha reconstituido su capacidad destructiva militar y su brutalidad aniquiladora. 3) Terminar el proyecto nuclear de Irán ya sea por presiones o por un ataque nuclear. Lo único que no está en la agenda de esta elite terrorista es la negociación de una paz duradera basada en el derecho internacional. No quiere negociar la paz: quiere dictarla.
El costo para alcanzar los tres objetivos no es alto si se lo calcula con los estándares del colonialismo atlántico: la muerte de algunos cientos de palestinos y, posiblemente, algunas decenas de miles en Irán. Un costo simbólico, pero un gran beneficio real para cualquier burguesía expansionista que ocupa territorios que no son suyos y tiene que usar el terrorismo de Estado para mantener su ocupación.
Las clases dominantes de Europa y EE.UU simpatizan con el duro papel del civilizador blanco, ante los salvajes pueblos del tercer mundo. La “carga civilizatoria del hombre blanco” lo había bautizado Rudyard Kipling para la colonización de Asia. El “destino manifiesto” lo calificaron los puritanos gringos para justificar la limpieza étnica de América del Norte y “evangelización” lo llamaron españoles y portugueses en sus colonias.
Durante medio milenio “los blancos” han sido el terror de los pueblos del mundo. La propuesta del sionismo era parte de esta lógica del colonialismo blanco: ser cabeza de playa entre los bárbaros de Medio Oriente, para garantizar los intereses de la burguesía atlántica. Aunque en su momento histórico las elites atlánticas no entendieron a plenitud el alcance estratégico de esta propuesta, hoy la apoyan incondicionalmente. Por eso, el vergonzoso silencio de los presidentes europeos y de la Casa Blanca, junto con la cobarde inteligencia europea y las dictaduras neocoloniales árabes.
Para lograr sus objetivos la elite colonialista israelí, organizada en los partidos Likud, Laborista y Kadima, ha asimilado lecciones del colonizador Adolf Hitler. Ir por los triunfos fáciles, es decir, atacar a “enemigos” frente a los cuales se tiene una abrumadora superioridad militar. Tener plena conciencia de la superioridad de una vida propia frente a una vida enemiga. Como decía una orden de los nazis: “Por cada soldado alemán muerto hay que colgar a diez rusos.” Tomar a la población civil como rehén, secuestrar a sus miembros y aplicar el concepto fascista de “responsabilidad colectiva” a las familias y las comunidades sin importar la responsabilidad individual. Utilizar acciones de “nacht und nebel” (noche y niebla), es decir, escuadrones de la muerte para asesinar o desaparecer a palestinos, en la noche. Destruir los medios de subsistencia de la población y sus casas, encarcelarla y torturarla, no conceder el debido proceso jurídico, desplazarla forzosamente y bloquear su regreso a sus comunidades de origen.
Muchos de estos métodos de los nazis fueron codificados por los tribunales de Nuremberg y Tokio como crímenes de lesa humanidad o crímenes de guerra. Pero sería ilusorio pensar que los autores intelectuales y materiales de esos crímenes de Estado de Israel pudieran ser juzgados hoy por la justicia internacional.
Por suerte, después de quinientos años, el control mundial del colonizador blanco está llegando a su fin. China e India son contrapesos inamovibles del sistema mundial. En este sentido, la política de la elite sionista no es más que otro anacrónico intento de mantener el proyecto del apartheid de la humanidad, que los europeos globalizaron a partir de 1492, y del cual el sionismo es parte integral desde el siglo XIX. (Heinz Dieterich. Rebelión).