Doble vara de Arabia y EE.UU. en Derechos Humanos

PERIODISTA JAMAL KHASHOGGI ASESINADO EN CONSULADO SAUDITA

El 2 de octubre el periodista Jamal Khashoggi entró al consulado de Arabia Saudita en Estambul. Allí fue asesinado y desaparecido. La monarquía saudita, gran responsable.
SERGIO ORTIZ
El crimen fue planificado políticamente y se llevó a cabo con métodos alevosos, de golpear a la víctima hasta matarlo, seccionar su cadáver y desaparecerlo. Todavía se buscan los restos de Khashoggi en un bosque de Estambul y la residencia del cónsul árabe en esa ciudad turca.
La planificación fue posible porque el periodista había hecho trámites consulares unos días antes y fue citado para el 2 de octubre para retirar documentación que le permitiría casarse con Hatice Cengiz, su novia turca. Al concurrir lo estaban esperando los agentes secretos de la monarquía saudita y empezó su martirio.
Que Khashoggi ingresó allí está probado por el testimonio de su pareja, que lo acompañó hasta la puerta y se quedó esperándolo afuera, y por las filmaciones de cámaras de seguridad.
La captura por parte de los agentes sauditas, los golpes y la muerte también están documentadas porque Khashoggi, previsor, había sintonizado su reloj inteligente con su celular, que dejó en poder de Hatice.
El gobierno de Recep Tayyip Erdogan tenía bajo investigación previa al consulado árabe, y accedió a videos y audios sobre lo ocurrido en su interior. Turquía no dudó en señalar que los responsables del crimen eran los servicios de inteligencia de Riad.
Más aún, Ankara reveló que 15 agentes secretos de la monarquía de Salmán bin Abdulaziz habían llegado a Estambul en dos vuelos privados el 2 de octubre, día del asesinato, y regresado a Riad esa noche. Hubo fotografías de esos agentes ingresando y saliendo de Turquía, entre ellos un responsable de Medicina Forense, Salah al Tubaigy, quien habría portado una sierra para seccionar el cadáver.
El intento de negar lo ocurrido incluyó el montaje donde uno de los criminales, vestido con las ropas del muerto, salió por la puerta trasera de la sede diplomática, para simular que Khashoggi había culminado su trámite y se retiró.
En desarmar esas coartadas estuvo bien el gobierno turco, pese a que el reaccionario monarca saudita es su aliado en varias jugadas en Medio Oriente, por ejemplo en la guerra y terrorismo que vienen promoviendo y perdiendo contra el presidente sirio Al Assad.

Mentira y doble rasero.
Cuando Turquía hizo las primeras denuncias a nivel internacional, el sospechado régimen saudita lo negó todo durante varios días. Su situación era insostenible vista la cantidad de pruebas que confirmaban la captura y muerte de Khashoggi.
Arabia Saudita demoró dos semanas en admitir parcialmente el suceso, dando una versión mentirosa: había habido “una pelea a golpes de puño” en el consulado y Khashoggi había muerto. La farsa tenía otro punto capital que la hacía desmoronar: no explicaba dónde estaba el cadáver.
El escándalo internacional dejó en ridículo también a Donald Trump, que en esas dos semanas quiso asegurar la impunidad de sus aliados sauditas. Decía que eran inocentes hasta que se demostrara lo contrario. Dialogó telefónicamente con el monarca y también con el príncipe heredero Mohammed Bin Salman (MBS), el principal sospechoso de haber ordenado el crimen.
Para Trump los reyes petroleros eran inocentes. A medida que esa versión se caía por su propio peso, envió al secretario de Estado a reunirse en Riad con el monarca y el heredero. Mike Pompeo los convenció de admitir parte de lo ocurrido, pero salvando la figura del sospechoso principal, el citado MBS.
Poco después el ministro de Exteriores, Adel al Yubeir, informó que se había abierto una investigación y 18 personas habían sido detenidas. Algunos funcionarios habían sido apartados, entre ellos el cónsul en Estambul, Mohamed Otaibi, y el asesor del príncipe heredero, Saud al Qahtani.
El régimen saudita busca capear el temporal, pero difícilmente lo logre porque mucha gente en el mundo está enterada de los hechos y reclama justicia. Intuye que van a echarle la culpa a funcionarios de segunda categoría, cuando ese tipo de hechos no suceden en una sede diplomática oficial sin órdenes y luz verde del máximo nivel.
¿Por qué las sospechas apuntan al príncipe heredero? Khashoggi era un periodista con bastante experiencia y mimado por la monarquía, pero ligado estrechamente a un príncipe, Khaled al Faisal, que perdió la pulseada con MBS por la sucesión. El heredero y ministro de Defensa comenzó en 2017 a depurar el poder para asegurarse el trono, y no aceptaba críticos. Y se dice que el periodista tenía simpatías por el otro príncipe frustrado y también por los Hermanos Musulmanes, que influencian en Qatar, al que Arabia Saudita bloqueó en 2017 como si fuera enemigo suyo en el Golfo.
Khashoggi continuó haciendo propaganda de las bondades de la “Primavera Arabe”, propiciando mayor libertad de prensa y capacidad crítica de los medios. Eso debe haber puesto su vida en peligro, al punto de abandonar Riad en 2017 y radicarse en Washington, donde comenzó a escribir para el Washington Post. Justamente, su columna póstuma criticaba al férreo control de prensa en Arabia y la mayoría del mundo árabe, al que contraponía el modelo occidental-estadounidense que, como se sabe, es ante todo una libertad de empresa.
Las sospechas sobre MBS no se quedan en cálculos políticos. Hay al menos dos guardaespaldas de su custodia personal, que integraban el grupo de 15 agentes que actuaron el 2 de octubre en Estambul.
Si un periodista hubiera sido asesinado en Cuba, Venezuela, Teherán, Moscú o Beijing, Trump habría armado un escándalo mundial, con sanciones y algo más. Como el crimen fue cometido por la dinastía Al Saud, aliada suya que le adquiere armas por 110.000 millones de dólares, hubo encubrimiento y un leve tirón de túnica.