Dolor de no ser dueño ni de la propia muerte

Señor Director:
El pasado jueves me detuve en la lectura de una crónica que da cuenta de la final dilucidación de la identidad del “muerto número 85 de la DAIA”.
Se refería a un suceso acontecido hace 22 años, cuando el local de la mutual israelita de Buenos Aires, llamada DAIA, fue objeto de un tremendo hecho terrorista, que dejó el saldo de 85 víctimas fatales. En las dos décadas y pico que han transcurrido de dicho suceso nada sabemos a ciencia cierta sobre culpables. Y en todo ese tiempo el muerto 85 ha permanecido sin que su identidad fuese establecida.
La hipótesis a la que he adherido propone que ese atentado no fue investigado en debida forma y que ha sido así porque a los servicios secretos no interesaba el conocimiento de lo sucedido sino que el hecho servía como un instrumento para el relato que la “inteligencia” elabora para abonar sus estrategias. Quienes hemos leído sobre dichos servicios en tiempo de guerra o de conflicto concluimos -como en mi caso- que la verdad en cuanto a culpables y responsables en grados diversos no se conocerá mientras la guerra o el conflicto subsistan. O nunca, porque es habitual que el relato histórico se halle condicionado por una serie de factores, entre los cuales algunos elementos culturales son determinantes. Por eso, en mis comentarios recientes -a partir de la muerte del fiscal Nisman- llegué a decir aquí que no podía esperarse un desenlace de la investigación porque el caso no estaba en manos argentinas sino en las de algunos de los grandes protagonistas de lo que se llamaba “guerra fría”. Me explico: terminada la II Guerra Mundial con la derrota de Alemania, no entramos en una era de paz porque se habían generado -en el curso de la guerra caliente- numerosas situaciones que fueron consentidas en homenaje a la necesidad de ganar la contienda. La alianza de los británicos y, luego, la de los norteamericanos con los rusos, fue un pacto de conveniencia: lo primero era derrotar a Alemania, porque la victoria de esta potencia cambiaría muchos de los ejes sobre los cuales se había establecido la paz desde la I Guerra.
Entre esos puntos de conflicto, que motivarían una prolongada guerra fría (en cuyo transcurso se produjeron los atentados de Buenos Aires contra la embajada de Israel y la DAIA), se había producido el hecho (preocupante para los occidentales) de la presencia del ejército ruso en Berlín. Entonces Rusia tenía un régimen comunista y por eso se hablaba del “peligro rojo”. Y la Rusia permanente (la que venía de los zares) siempre había tendido a desplazarse hacia occidente. Por otro lado, se había recreado la patria de los israelitas, luego de su prolongado éxodo (que dispersó a ese pueblo en prácticamente todo el mundo, incluyendo la Argentina). Y si los rusos tenían la obsesión de occidente, los israelitas tenían la memoria de su padecimiento bajo Roma y entendían que su retorno a Palestina no sería seguro si no establecían una posición suficientemente fuerte con respecto a otros pueblos del desierto, en especial los árabes mahometanos.
En el momento del atentado Israel había avanzado en su alianza con EE. UU. y recelaba principalmente de los persas islamistas de Irán y de los árabes islámicos de Siria. Por eso, al principio se dijo que el caso DAIA era responsabilidad de Siria, pero Israel tenía mayor recelo del desarrollo de Irán. Pudo conjeturarse que el Mossad, el servicio secreto israelí, prefiriese que la culpa de DAIA recayese sobre Irán.
En este encuadre no hubo voluntad de buscar la verdad en Buenos Aires y uno de los efectos de este planteo mundial fue el largo anonimato del muerto 85. Muerto Nisman, fue posible usar el recurso de la identificación por el ADN, que Nisman desdeñó. Esto hizo la nueva unidad de investigación y por esa vía hemos sabido que el muerto se llamaba Arturo Daniel Jesús, muchacho de 20 años, presente en la DAIA con su madre en el momento del atentado.
Atentamente:
Jotavé

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