Domingo negro I

La bala policial que este domingo mató a un cazador en Lonquimay vuelve a colocar en el centro del debate la política de seguridad del gobierno. Las primeras declaraciones de funcionarios judiciales dan a entender que antes que un operativo se trató de una emboscada: una patrulla habría perseguido a los furtivos mientras otra permanecía en un cruce de caminos con las luces apagadas y los agentes en posición de tiro. Aun restan las investigaciones y peritajes para determinar con precisión lo sucedido pero, en principio, una de las autoridades anticipó que en el lugar solo se habrían encontrado vainas servidas de las armas policiales y ninguna de las que poseían los cazadores. El presunto abandono del lugar luego de los disparos por parte de los uniformados es otra grave falta que deberá ser corroborada por los investigadores.
La inmediata concentración de vecinos de Lonquimay frente al hospital habla de una situación de tensión ante lo que, prima facie, entienden como un nuevo caso de abuso policial. Sin desconocer el peligro que entrañan las incursiones de caza furtiva, los antecedentes habilitan esa sospecha. Han sido muchos los episodios protagonizados por policías con despliegue de violencia desmedida y atropellos a las personas que no pueden ser atribuidos exclusivamente a reacciones individuales -aunque los pueda haber- sino a una política orgánica que baja desde la cúpula de la cadena de mandos. En las últimas horas circuló un recordado instructivo del propio ministro que ahora, al parecer, se habría cumplido al pie de la letra en Lonquimay.
El cepo informativo que ha impuesto el funcionario en torno de la actividad policial, que es de indudable interés público y por lo tanto periodístico, es otro de los costados oscuros de esta gestión.
Mientras se aguarda la evolución de las investigaciones es de esperar que en los tres poderes del Estado provincial se advierta la necesidad de un cambio que vuelva a poner el accionar policial en sintonía con las exigencias de la institucionalidad democrática. Seguir mirando para otro lado implica consentir los abusos y, como este caso lo estaría demostrando, resignarse a que la vida humana sea tratada con tanto desprecio.