Eclosión de un viejo problema

La preocupación del gobierno entrante por la enorme cantidad de empleados en las comunas pampeanas es, a todas luces legítima. Aunque tal apreciación no debería limitarse exclusivamente a los municipios pues el Estado provincial muestra en la mayoría de sus múltiples organismos una frondosísima planta de personal muy superior a la necesaria.
No es un problema nuevo para La Pampa. De hecho, el actual gobernador prometió cambiar el paradigma del “empleado” por el del “emprendedor” ante el más que evidente agotamiento del Estado como sostenedor del empleo y porque, a la vez, inhibe las fuerzas de la economía real necesarias para el desarrollo de la provincia y el mantenimiento del propio Estado.
Hace 32 años que La Pampa es administrada por un solo partido político, el justicialismo, sin ninguna alternancia. Es claro que la responsabilidad de este cuadro de situación le compete en mucho mayor medida a quien detentó el poder político en tan extenso lapso sin ninguna “ingerencia” extrapartidaria.
Puede recordarse que en 1983, cuando se recuperaron las instituciones democráticas luego de la ominosa dictadura militar, el Estado provincial contaba con siete mil agentes públicos. Hoy esa cifra se ha multiplicado por un factor muy superior al crecimiento demográfico al superar los treinta mil (aunque hay variaciones significativas entre las cifras proporcionadas por diversos ámbitos oficiales). Ese crecimiento desmedido de la burocracia estatal es lo que hoy está haciendo eclosión en el tesoro público que no da abasto para atender semejante demanda de recursos económicos.
El desfile de intendentes por el Centro Cívico para suplicar por remesas extras que permitan cumplir con el pago de sueldos y aguinaldos es la mejor muestra de que el problema es grave. Y que ha llegado a afectar al conjunto de la sociedad pampeana en un punto clave, la cultura del trabajo, que, es bien sabido, la burocracia del Estado está muy lejos de fomentar salvo excepciones.
La política de ingresos masivos que fomentó el justicialismo en las últimas décadas fue parte fundamental de su maquinaria proselitista. La compra de conciencias con puestos de trabajo no es un mal endémico exclusivo de esta provincia, desde luego, pero aquí prosperó a sus anchas a la sombra de un partido que no supo, no quiso o no pudo plantear durante su extensa hegemonía política una alternativa para superar la matriz burocrático-pastoril que hoy limita severamente las posibilidades de crecimiento socioeconómico.
Llegar a este estado de cosas tan abrumador no habla bien de la clase política pampeana, especialmente del eterno oficialismo. Si se quiere introducir un cambio superador hará falta luchar no solamente contra inveteradas costumbres electoralistas que han permeado incluso hasta el campo sindical, sino también fomentar una cultura del trabajo que combata la resignada aspiración de tantos pampeanos: lograr un “puesto en el gobierno” para “zafar”. Esa no puede ser nunca más una meta laboral -y personal- para nadie. Al menos si se quiere una provincia con bienestar, que potencie sus recursos humanos y retenga a la juventud que hoy está condenada a emigrar en busca de mejores horizontes.