EE.UU. y su cóctel de muerte y violencia

Días atrás se conoció la noticia de que un condenado a muerte, tras recibir la inyección letal, agonizó durante casi dos horas, resollando y buscando aire, hasta morir. El hecho ocurrió en el estado norteamericano de Arizona.
No fue la primera vez que se produjo un hecho tan horrendo. La mezcla que se inyecta a los condenados fue empleada originalmente en una ejecución en el estado de Ohio, y el reo agonizó 25 minutos. Según el Centro de Información sobre Pena de Muerte, desde 1976 hubo al menos 44 ejecuciones con serios problemas.
Semejantes muestras obligan a meditar sobre la vigencia de ese castigo, que todavía se mantiene en el país del norte. EE.UU. no es la única nación que conserva tan polémico castigo pero sí la única donde, con formas pretendidamente más humanitarias, se incrementa el sufrimiento del condenado, ya que a la inyección letal se pueden agregar la silla eléctrica y la cámara de gas.
La primera de esas máquinas tiene vigencia desde fines del siglo XIX, y se adoptó como alternativa “más humanitaria” que la horca. Consiste en el pasaje de una fortísima corriente eléctrica sobre el cuerpo con un efecto que se supone instantáneo. Según las constancias “la inconsciencia debe producirse en una fracción de segundo”, sin embargo, abundan informes de víctimas cuyas cabezas ardieron. En otros casos el transformador se quemó quedando el reo gritando de dolor en el suelo mientras se arreglaba la silla. En 1946, la silla eléctrica no mató a Willie Francis, quien gritaba desaforado mientras era ejecutado. El motivo fue que la silla había sido mal instalada por un ayudante ebrio. El caso fue llevado a la Corte Suprema donde los abogados del condenado argumentaron que Francis ya había sido ejecutado tal como lo ordenaba la sentencia judicial aunque no hubiera fallecido. Pero tal argumento fue rechazado y Francis volvió a la silla eléctrica. Esa espeluznante experiencia se repitió varias veces y en distintos lugares de EE.UU. Algunos de los ejecutados mediante electrocución fueron los famosos dirigentes Sacco y Vanzetti y el matrimonio formado por Julius y Ethel Rosenberg, acusados de espionaje.
No pocos sociólogos aseguran que la violencia que impera en la sociedad estadounidense es el resultado de la historia de un país que se edificó sobre las guerras y el despojo, y que todavía mantiene un culto a las armas, que es como decir a la muerte. La afirmación es discutible, especialmente si se piensa que prácticamente todos los países reconocen un pasado de violencia, más o menos disfrazada de heroísmo. Pero es cierto que en EE.UU. existe una trivialización de la muerte, evidente sobre todo en los productos culturales que exporta o promueve.
Un dato ilustrativo: hace dos décadas, como una forma de “humanizar” la pena de muerte, en Texas se decidió apelar al fusilamiento. Este acto conlleva múltiples características, de las que no es la menor el hecho de que la persona que dispara sabe que está dando muerte por mano propia. Al solicitarse interesados en oficiar de verdugos la sorpresa fue mayúscula: más de cuatrocientas personas se postularon, considerándose aptas para matar sin remordimientos a un semejante que otros habían juzgado.