Ejercicio comprometido

El ejercicio de la libertad de expresión está crecientemente comprometido en Argentina, aunque los motivos por los cuales ello ocurre son novedosos, y responden a paradigmas diferentes. Si bien la actividad de buscar y transmitir información aparece adecuadamente protegida de responsabilidades civiles y penales, otros obstáculos se han venido creando por parte del poder en todas sus variantes.
Un ejemplo claro es el decreto de necesidad y urgencia dictado recientemente por el gobierno nacional -sin justificativo alguno- por el cual se trunca seriamente la vigencia de la ley de acceso a la información pública, al privar de todo presupuesto y autarquía al órgano administrativo que la ley creaba para centralizar este tipo de demandas ciudadanas. Con un sólo corte de tijera, entonces, se volvió estéril un interesante intento legislativo por promover la transparencia estatal.
Igualmente preocupante resulta la abrumadora tendencia del Ejecutivo nacional a favorecer con su pauta publicitaria a determinados periodistas y medios de comunicación afines, con lo cual se atenta contra la pluralidad informativa, además de contradecir lo que es ya jurisprudencia claramente establecida por la Corte Suprema.
Sin embargo, el principal desafío que afronta hoy la libre expresión, y el debate sobre los asuntos de interés pública, proviene de una nueva amenaza, no necesariamente estatal, que vino enquistada, como un virus, en las nuevas tecnologías. Y cuyo combate, por el momento, parece virtualmente imposible.
Se trata de los mecanismos habituales, sobre todo en las redes sociales de internet, conocidos como “bots” y “trolls”. Un “bot” (abreviatura de “robot”) es una cuenta de internet automatizada que se dedica a reproducir automáticamente mensajes creados por otros usuarios. Un “troll”, en tanto, es una persona que, sea por motivos políticos o monetarios (o ambos), se dedica a diseminar mensajes, a veces falsos, siempre tendenciosos, destinados a crear tendencias de opinión.
Estos mecanismos son hoy habituales en las campañas políticas, con el serio inconveniente de que su control es virtualmente imposible, al punto que ni siquiera puede evitarse que por esta vía los procesos políticos internos de cada país sean interferidos por potencias extranjeras, como ha ocurrido en Estados Unidos y Francia.
El problema es que estos mensajes multiplicados por “bots” y “trolls”, aún cuando se presenten como ejercicio legítimo de la libre expresión, terminan por socavar a ésta, y al ámbito del debate público. Los mensajes así multiplicados casi siempre sirven para propagar noticias falsas, cuyo efecto pernicioso es casi imposible de remediar. Contaminan, así, el debate, ya que vuelve ilusorio cualquier intento por demostrar su falsedad. Y, lo que acaso sea más grave aún, como están diseñados para apelar a factores emocionales de los usuarios, terminan generando un malestar social profundo, que muchas veces desemboca en el odio y la intolerancia. No ha de extrañar, entonces, que en muchos casos, incluso, han servido para promover actos terroristas.
Las empresas que administran redes sociales en internet, pese a ser conscientes del problema, se han mostrado impotentes para combatirlo.
El problema es de tal gravedad, que un reciente artículo publicado por uno de los periódicos más influyentes del mundo (el New York Times) se titula “Cómo fue que Tweeter mató a la primera enmienda”, esto es, acusa a una de las principales redes sociales de haber virtualmente eliminado la protección constitucional a la libre expresión, ya que no sólo ha corrompido el debate público, sino que además, considera que la profusión descontrolada de información falsa e inflamatoria, termina funcionando como un sistema de censura a la expresión legítima.
La gravedad del caso es que ni el problema ni su importancia han sido siquiera detectados, por lo que está muy lejos de comenzar a solucionarse. De hecho, como tanto gobiernos como grupos de poder emplean estos recursos espurios a discreción, reconocer su carácter pernicioso sería tanto como confesar la propia culpa.