El 2008 y la memoria

DOMINICALES

Se llamaba Henry Molaison, y falleció hace diez años, en 2008. Sin embargo, para los anales de la neurología fue conocido siempre como “paciente H.M.”, uno de los casos de estudio más frecuentes a la hora de desentrañar los misterios del cerebro humano. Que es casi como decir, de la humanidad misma.

Dos agujeros.
El 25 de agosto de 1953, un cirujano llevó a H.M. al quirófano, donde “con las mejores intenciones” de curarle un caso grave de epilepsia, realizó dos perforaciones en su frente, desde las cuales succionó una serie de pequeñas estructuras cerebrales de curiosa forma, como ganchos, almendras y caballitos de mar.
Como consecuencia de la operación, Molaison quedó casi totalmente incapacitado para formar nuevas memorias, y las que le quedaban, resultaron fragmentadas como pedazos de un espejo roto. Para este joven de 27 años, el mundo pasó a ser un lugar extraño, donde le resultaba imposible ubicarse: cada persona con la que se encontraba debía decirle nuevamente su nombre, porque lo olvidaba apenas dejaba de verla. Incapaz de contar una historia coherente de sí mismo, había poco menos que perdido su identidad.
Gracias a su desgracia -y a la brutalidad de su cirujano, el Dr. William Scolville- hoy sabemos que, en realidad, ese pedacito del cerebro con forma de hipocampo cumple un rol fundamental en la memoria de corto plazo. Ningún consuelo para Molaison, que de haber sabido su contribución a la ciencia, la habría olvidado tantas veces como se la contaran.

El 2008.
Imposible conocer esta historia sin reflexionar sobre el rol fundamental que cumple la memoria en la construcción de la identidad humana. Menos aún, cuando la muerte de H.M. se produjo en 2008, un año que, aunque haga apenas una década, muchos parecen haber olvidado.
Precisamente esta semana se cumplieron diez años de la quiebra de Lehman Brothers, la más grande jamás verificada en la historia de EE.UU. Esta bancarrota -como la de varias otras instituciones financieras- se produjo en el marco de una fenomenal crisis financiera internacional, debida a la conducta irresponsable, cuando no criminal, de los bancos de todo el mundo. Y de la no menos irresponsable falta de regulaciones eficientes por parte de los gobiernos.
Sólo en EE.UU., más de diez millones de personas perdieron sus hogares, ya que la burbuja financiera hizo estallar el sistema de créditos hipotecarios y provocó remates masivos. La magnitud de la crisis, sólo comparable a la gran recesión de 1930, fue de tal tenor, que en el país del norte debieron pasar diez años para que el nivel de ingresos de la población volviera a sus niveles de aquellos años.

Y por casa…
No contentos con asistir a una crisis económica de magnitudes planetarias, en Argentina nos entretuvimos durante 2008 con nuestra propia hecatombe, el conflicto por las retenciones a los productos agropecuarios, que mantuvo al país en vilo durante un semestre entero, hasta culminar con el “voto no positivo” del entonces vicepresidente.
Pocos recuerdan hoy que entonces, la afable gente del “campo”, siempre tan afecta al diálogo, se dedicó a cortar rutas a mansalva, provocando el desabastecimiento de las ciudades y hasta la muerte, en Córdoba, de un enfermo que era trasladado en ambulancia. Curiosamente, ningún juez de Comodoro Py se dedicó a repartir procesamientos por esta suma de delitos, ni mucho menos a acusar a sus promotores por asociación ilícita.
Lo más llamativo de todo fue que en aquel año realmente infausto, y pese a estas dificultades mayúsculas, la economía argentina tuvo un crecimiento del 7%. Y la inflación anual no superó el 10%.
Evidentemente algo se hizo bien en aquel entonces. Sobre todo si se compara con este año, una década después, en que se espera un crecimiento negativo de la economía (recesión), una inflación superior al 40%, y una devaluación de tal magnitud como no se veía desde la crisis de 2001. ¿Y cuáles son las explicaciones del gobierno para semejante desbarajuste?: Un año de sequía para el campo, y un aumento de unos centésimos porcentuales en la tasa de interés en EE.UU.

Huérfanos.
Dicen que el momento más duro en la vida del paciente H.M. era cuando resultaba necesario recordarle -como ocurría casi a diario- que su padre había muerto. Cada vez, la noticia de su orfandad lo impactaba como la primera.
La sociedad argentina parece, también, la víctima de una lobotomía frontal. Pierde la memoria cada tanto, para descubrirse huérfana una vez más, cuando la realidad la golpea inexorablemente. Entonces, como H.M., reacciona como la primera vez, incapaz de construir un relato superador, y de identificar claramente a sus verdugos.
Así es como el juez que el año pasado promovió la liquidación de la memoria nacional al precio de 2×1, acaba de asumir la presidencia de la Corte Suprema.

PETRONIO