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El adiós a Miguel Camacho

PUNTO DE VISTA

La muerte de un ser querido siempre deja desolación. Pero ese dolor se acentúa cuando el adiós es abrupto, súbito, sin tiempo para procesar la despedida final. Quienes conocieron a Miguel Camacho sintieron exactamente eso el miércoles al mediodía cuando su vida se extinguió en cuestión de minutos por una falla letal en su sistema circulatorio. Quienes lo abrazaron con su cariño, con su cercanía no daban crédito de lo que estaban presenciando ese mediodía en el Lucio Molas; el golpe fue devastador.
Pero su recuerdo perdudará en todos ellos, por su compromiso con los afectos, por su calidad de amigo, por su capacidad para hacerse cargo de las cosas, por saber estar presente en los momentos difíciles, por no rehuir la polémica y expresar con intensidad sus ideas, por su actividad en varias entidades de nuestro medio y poner toda su energía en ello.
Poco afecto a las luces de la notoriedad, supo mantener un perfil bajo y se destacó más por sus acciones que por sus palabras. En aquellas instituciones que conocieron de su labor: la Caja Forense, el Directorio del Banco de La Pampa, el INTA será recordado por su compromiso con el trabajo, por su verbo apasionado, por no aceptar la distinción de un sillón institucional para perdurar o ver como los otros discuten y resuelven.
En el terreno profesional supo repartir su tiempo entre dos actividades bien diferentes: su estudio de abogado y la actividad agropecuaria. La primera lo vinculó con infinidad de vecinos, colegas e instituciones; la segunda le permitió canalizar su capacidad productiva en un terreno más áspero, al aire libre que disfrutaba como pocos, muy lejos de los escritorios y los aires acondicionados.
En su círculo más íntimo ocupó un lugar irremplazable. Su casa estaba abierta para la familia y las amistades. Su compañera Lidia Giacco, sus hijos Pablo y Natalia, sus nietos, su hermana, el resto de su familia, sus muchos amigos y conocidos que hoy afrontan su inesperada partida con desconsuelo, seguramente verán transformar -con el tiempo que todo lo puede- este desgarro en recuerdo reparador. (S.S.).