El año de Milagro S. y el largo siglo de Cushamen

Señor Director:
Hace unos días se ha cumplido el año desde que la mujer jujeña (“india y negra”, según sus propias palabras), llamada Milagro Sala, fue recluida en un penal de esa provincia sin que mediara proceso judicial, con imputaciones llegadas desde el lado político, desde el “lado blanco” de la población jujeña, desde el lado de quienes llegaron al lugar donde residían grupos aborígenes desde siglos anteriores al desembarco colombino… desde el lado que no buscó conciliación ni integración con esos otros humanos que estaban ahí.
No ha alcanzado tanto tiempo para cambiar la actitud. Ni tampoco, desde la presunta superioridad cultural del dominador, se ha podido conciliar y convivir en una comunidad humana basada en el reconocimiento de la igualdad esencial.
Milagro Sala, la mujer que lleva más de un año en prisión, encabezó uno de los mayores intentos de integración, esta vez desde el lado aborigen, desde la posición de los excluidos, que buscaron, por su acción cooperativa, avanzar unos pasos hacia los bienes de una cultura, de una civilización que es la gesta ideal del hombre: un trabajo estable, un techo propio, un acceso a la educación, una familia. Un camino de ida hacia el otro, hacia el diferente.
El aniversario de la mujer jujeña coincidió con el repetido ejercicio del poder contra otros aborígenes, los mapuches, un pequeño grupo de familias que han sobrevivido a todas las peripecias postcolombinas. En Cushamen, un pequeño pueblo al pie del Ande, en lo que ahora se llama provincia de Chubut, esos “originarios” pugnan por sobrevivir con la poca tierra que no les ha sido apropiada, no mucho más de quince hectáreas. Al lado de la propiedad de Benetton, un millón y medio de hectáreas, con valles, ríos, lagos…
Cushamen es una de esas poblaciones donde maestros surgidos de la Escuela Normal de Santa Rosa, que fue pionera en estos territorios del sur, hicieron su experiencia y donde uno de ellos, Julián Ripa, llegó apenas salido de la adolescencia para asumirse como el maestro y director de una escuela cuyos alumnos bajaban desde algunas de esas hectáreas donde sobrevivían unas pocas familias mapuches. Julián escribió sus “Recuerdos de un maestro patagónico”, luego de varios años de vivir en un lugar de esa escuela rancho, hasta la que llegaban los pequeños mapuches porque los blancos dijeron querer e intentaron, con la escuela, darles las oportunidades que se abren con la educación. Porque educar conlleva la intención de liberar, para que cada hombre y cada mujer, cualquiera sea su cultura originaria, pueda abrir un camino de vida a cuyo final de recorrido las diferencias que separaron al blanco del indio ya empiezan a esfumarse. Este fue, al menos, el gran ideal de nuestra república, llevado adelante después de la “conquista”.
Cuenta Ripa cómo era su escuela, cómo era su casa. “Ya sé dónde tendré que vivir. El saberlo me ha encogido el corazón. Salgo al patio. Veo, a cincuenta metros, una precaria, derruida letrina”… “el ambiente deprime. La paredes sin blanquear desde hace años muestran, por todos lados, las heridas del tiempo”. “Leo la nómina de alumnos. Me parece increíble: más del cincuenta por ciento llevaban el apellido Nahuelquir”. .. “hay otros. Nahuelquitripay, Malí, Cayú, Railef, Antinao, Quintrillán, Huanquilef…”
En el filo de la meseta -narra Ripa- aparece un caballo montado. Baja lentamente la empinada cuesta… vienen montados tres chicos. Son los primeros alumnos que conozco. Los saludo. Me “pasan la mano”. Son Delfina, Prudencio y Claudio. Su casa queda a tres leguas de la escuela… Mira su mísera indumentaria, su bolsita de género con los útiles…
“Miro la fila, la vuelvo a mirar”. El pequeño que encabeza la hilera, “tiene puestas, mejor dicho, está puesto en un par de botas patria, casi tan grandes como él… mi vista se está posando sobre pies descalzos y cuerpos semidesnudos…”.

Atentamente:
Jotavé