viernes, 20 septiembre 2019
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El antisemitismo goza de buena salud

DOMINICALES

Una representante de la diáspora venezolana en Argentina acaba de realizar una singular contribución al ya disfuncional debate político. No contenta con apelar al irresponsable lugar común de comparar el gobierno de su país con la Alemania nazi, aseguró que en los campos de concentración, eran los propios judíos los peores torturadores de sus congéneres. Curiosamente, semejante exabrupto fue calificado suavemente como una «expresión desafortunada» por la mayoría de los medios.

Un Inadi ahí.
Un comentario semejante, en un país con una de las mayores comunidades judías fuera de Israel -la cual hace poco más de dos décadas fuera objeto de los atentados terroristas más graves de nuestra historia-es bastante más que un paso en falso. Es una expresión de discriminación intolerable, que debería merecer la intervención del instituto nacional designado para combatir estas prácticas.
Desde luego, nunca hay que descartar la estupidez como explicación de la conducta humana. Pero en este caso aparece un sesgo perverso, que si no ha tenido consecuencias más severas es por la identificación ideológica de periodistas y funcionarios nacionales con cualquier manifestación contraria al gobierno de Nicolás Maduro.
Peor aún, lo que esto revela es una cierta complacencia con el antisemitismo, que nunca se fue del todo de nuestra sociedad, y que lejos de ello, por estos días experimenta un peligroso renacimiento.

No tan lejos.
Hace apenas unos días, un joven de 19 años ingresó armado en la sinagoga de Poway, California, y abrió fuego sobre los asistentes que celebraban la pascua judía. Mató a una mujer e hirió a otras tres personas, incluyendo una niña de 8 años y al propio rabino, que perdió un dedo de la mano. El ataque no fue aislado: apenas en octubre pasado, un incidente similar en una sinagoga de Pittsburgh, Pensilvania, produjo 11 muertos.
Los ataques antisemitas -que incluyen agresiones físicas con o sin armas, amenazas y ataques verbales- vienen creciendo anualmente, particularmente en EE.UU. y en Europa. Sólo en 2018 se registraron un total de 387 casos, y provienen ya no sólo de grupos de extrema derecha sino también desde algunos sectores de izquierda. En Gran Bretaña, que experimenta un resurgimiento del chauvinismo a partir del proceso del Brexit, se produjeron 68 ataques, mientras el líder opositor Jeremy Corbyn ha sido reiteradamente señalado por sus comentarios contra el pueblo judío.
En un hecho insólito, esta semana el New York Times tuvo que salir a pedir disculpas a sus lectores por haber publicado una caricatura que despertó escozor: en ella se retrataba a un Donald Trump ciego, con el típico quipá judío, caminando tras un perro guía con el rostro de Benjamin Netanyahu, que en su collar llevaba una estrella de David. No deja de ser una ironía que el detalle se le haya escapado a un periódico con un estricto control de calidad, propiedad de familias judías neoyorquinas, cuya línea editorial ha sido acusada, más de una vez, de sionista.

Historia.
Este auge antisemita parece formar parte de una tendencia mundial a olvidar las lecciones que tan bien aprendiera la humanidad a partir de 1945 y después de dos catastróficas guerras mundiales. Los procesos de integración como la Unión Europea comienzan a ceder ante las fuerzas chauvinistas de algunas naciones. La tolerancia laica va perdiendo terreno ante el avance de fanatismos religiosos. Poco falta para que se empiece a cuestionar la vigencia del sistema internacional de protección a los derechos humanos, como peligrosamente parece intentar últimamente la Corte Suprema argentina.
Desde luego, no debe caerse en la trampa de confundir con antisemitismo cualquier crítica a las políticas del Estado de Israel, responsable de la matanza ilegal de palestinos (como denuncia Amnesty Internacional) y también de discriminar a los árabes y otras minorías hasta crear disparidades sistemáticas en la representación política, el sistema judicial y las oportunidades económicas (como denuncia Freedom House). Para no mencionar las acusaciones de corrupción que pesan sobre el mencionado Netanyahu.
Pero la aparente tolerancia a manifestaciones como las expresadas por esta actriz venezolana, que no sólo son históricamente insostenibles, sino que revelan un claro prejuicio xenófobo, nos colocan en un terreno peligroso que ya conocimos en el pasado. Porque los ataques terroristas podrán provenir de minorías extremistas, pero la insensibilidad social ante expresiones racistas es el mejor caldo de cultivo para esas atrocidades.

PETRONIO