Inicio Opinion El día que la clase obrera de Córdoba pateó el tablero

El día que la clase obrera de Córdoba pateó el tablero

A 50 AÑOS DEL CORDOBAZO

Al conmemorarse el cincuentenario de la revuelta obrera y popular contra la dictadura de Onganía, uno de los protagonistas narra los principales sucesos de esa gesta histórica.
SERGIO ORTIZ
Sepa disculpar el lector que la crónica esté en parte escrita en primera persona. Es una excepción porque esta vez no voy a analizar algo con lenguaje periodístico, sino a contar lo que viví y recuerdo del 29 de mayo de 1969 en la ciudad de Córdoba. Al final del relato se verá si aportó algo o fue más de lo ya conocido.
Yo había llegado en 1969 a estudiar abogacía en la Universidad Nacional de Córdoba, empeñado en ser alguna vez abogado para defender causas de trabajadores o de víctimas de la represión (esta inclinación la tuve tres años antes, cuando me enteré en mi pueblo, Bell Ville, del asesinato del estudiante y trabajador Santiago Pampillón).
Mi primer intento fue en abogacía de la UBA. Pero al participar del primer paro general y movilización contra la dictadura de Onganía, el 28 de junio de 1968, organizado por la CGT de los Argentinos y la Federación Universitaria Argentina, fui detenido y golpeado por la Policía Federal. Me abrieron una causa penal y el decano de esa facultad, Rodríguez Varela, me expulsó como alumno. Este fascista fue luego ministro de Justicia de la dictadura genocida del general Videla. Siempre le agradecí que me hubiera expulsado de la UBA porque eso me permitió estar en el lugar justo y el momento indicado, mayo de 1969, en Córdoba.
Ese mes venía muy agitado políticamente en el país, por los asesinatos de los estudiantes Cabral en Corrientes y Bello en Rosario. En «La Docta» había asambleas y paros de los mecánicos del SMATA contra las quitas zonales y el sábado inglés, que originaron asambleas de 4 mil trabajadores en el Córdoba Sport y enfrentamientos con la policía.
El 27 de mayo hubo masivas asambleas de los estudiantes en las facultades. En Derecho la gente llegaba hasta la calle. Yo no me animé a pedir la palabra. Era un chico que ese día cumplía 19 años. Hablaron los de más experiencia, «Pelado» Gómez de la AUN, «Caimán» Aracena, de Franja Morada y «Pancho» Delgado, de MUR. Se acordó participar con los gremios y las dos CGT de la jornada prevista, dos días más tarde.
Lo que tocaba a los estudiantes de Derecho era bien módico: irrumpir tipo 11 horas en el edificio de Tribunales, arrojar al aire unos volantes mariposas y gritar unas consignas, luego retirarse caminando rapidito. Eso hicimos.
De allí me fui con mi esposa de entonces hasta un estudio jurídico en Belgrano al 700, donde ella, martillera, alquilaba una oficina con teléfono. Era el lugar indicado para hacer una cita de control, donde los que habíamos participado de esa acción relámpago en Tribunales nos reportáramos si estábamos bien o si alguien había caído preso.
Justo cuando estábamos por entrar a ese estudio, desemboca una manifestación de obreros de la Kaiser que cantaban «luche luche y no deje de luchar, por un gobierno obrero, obrero y popular». Ella me dijo, «vení Sergio, subí». Le contesté, «no, vení vos a la calle, ¿no ves que son obreros?, la cita ahora no tiene importancia». Y nos sumamos a esa columna de mamelucos verdes. Fue una buena elección: entre el acuerdo organizativo previo y la novedad de la lucha, debía optarse por ésta.
Bajando hacia el centro pude hablar con los obreros. Me contaron que venían marchando desde la fábrica en barrio Santa Isabel y la policía los había reprimido a la altura del Palacio Pizzurno, pero que ellos pasaron lo mismo e iban a llegar al centro como sea.
Una cuadra más abajo nos atacó la Policía Montada, a balazos, y no tuvimos más remedio que dar vuelta un Peugeot estacionado en la casa de un médico. En un instante me pregunté si el médico sería el dueño y me dio pena romperle el vehículo, pero la embestida policial me disipó la duda. Había que hacer la barricada.
Lo que había vivido en mi primera detención en Buenos Aires y ese ataque de la Montada consolidaron mi creencia sobre la violencia de «arriba» y la legítima respuesta de «abajo». Por eso nunca adherí ni justifiqué la ulterior teoría de «los dos demonios». Hay uno solo.
Luego doblamos una cuadra hacia la estación de ómnibus sobre Vélez Sársfield, donde nos volvió a atacar la Policía a caballo. La hicimos retroceder a las pedradas, nuestro único calibre. En la foto histórica del Cordobazo, bajo el gran cartel de Marimón, ahí está este abogado frustrado tirando piedras con no muy buena puntería hacia los caballos de dos patas, los uniformados.
En ese momento corrió la voz de que la policía había asesinado al obrero de Kaiser, Máximo Mena, a unas cuatro cuadras, en Arturo M. Bas y Bv. San Juan. Fue una inyección de bronca que decuplicó la rebeldía; en toda la ciudad florecieron las barricadas y se hizo retroceder a la Policía. En un momento dado ésta se acovachó diciendo haber agotado los gases. En realidad había sido derrotada.
El apoyo social a la rebeldía era masivo. Los vecinos te abrían sus casas, te daban agua y comida, o te acercaban cajones para hacer fuego o botellas para las molotovs. La ciudad estaba pariendo el Cordobazo. Ya no era un paro activo cualquiera. Era una ciudad tomada tras derrotar al aparato policial en un combate desigual; ellos tiraban con balas calibre 45 y nosotros 45 piedras por minuto.
De la terminal de ómnibus nos fuimos hasta Chacabuco y Corrientes, otra vez barricadas y grupos de jóvenes. Un obrero nos juntó a los estudiantes y nos preguntó si sabíamos hacer molotovs. Le dijimos que no. Nos llevó hasta una estación de servicio cercana, con varias damajuanas vacías aportadas por los vecinos. Lo encaró al encargado para que las llenara con nafta. «¿Van a pagar?», preguntó el empleado. «No, negro, vos llenalas», dijo el obrero, que años después supe que le decían el tuerto Videla y era afiliado al SUPE. En ese baldío, ese laburante les enseñó a los universitarios cómo se hacían las molos. Ya no teníamos sólo cascotes sino algo más.
La policía no saldría otra vez a dar pelea. La radio anunció que desde las 17 horas de ese 29 de mayo las tropas del III Cuerpo de Ejército iban a recuperar la ciudad tomada por «la intervención de células comunistas, internas e internacionales», diría su titular, general Eleodoro Sánchez Lahoz.
Por eso nos fuimos hacia el barrio Clínicas, de mayoría estudiantil. En el camino vimos tomada la concesionaria de Citroen, Tecnicor, cuyos vehículos eran usados por los manifestantes y luego terminaban como material de barricada. Allí también ardía la oficina de Xerox, en la planta baja, y me pregunté si eso no afectaría a los pisos superiores. Dos cuadras más allá una multitud sacaba tortas de la muy cheta confitería Oriental. Se comían esas exquisiteces, pero no se bebía nada de sus ricos licores. Esos manifestantes no habían entrado nunca a ese lugar exclusivo, ahora eran sus dueños momentáneos.
Esos blancos, como Xerox, Tecnicor, La Oriental, Banco del Interior, Casino de Suboficiales del Ejército, etc, mostraban que los protagonistas teníamos en claro los enemigos a golpear.
La avenida Colón a la altura del Clínicas tenía una barricada en cada esquina. Era la vía que emplearon los vehículos de la IV Brigada Aerotransportada para venir desde el camino a La Calera hasta el centro, para reprimir. En años siguientes la avenida fue ensanchada como vía rápida. La burguesía cordobesa se empezaba a copiar de su colega francesa tras la Comuna de París: ampliar las avenidas para el rápido despliegue de las tropas.
Cuando los militares entraron a la ciudad nos metimos en una pensión de estudiantes. Veíamos por la ventana los ojos asustados de los soldados en esos camiones. No era un desfile de la victoria sino del susto. Hasta ese momento debía haber en las calles más de 40 mil personas en el centro, que promediando la tarde se volvían a sus barrios y seguían la movilización, atacando algunas comisarías.
Se estima hubo unos 30 muertos. Un precio muy elevado que selló el fin del onganiato y abrió un tiempo político de grandes luchas y avances obreros, estudiantiles y populares.
Un detalle importante es que a partir de allí el 29 de mayo no fue más el Día del Ejército, que conmemoraba su creación por Cornelio Saavedra, en 1810. La fecha le fue legítimamente arrebatada por la clase obrera, los estudiantes y sectores populares. Desde 1969 es el día del Cordobazo, no tanto el del Ejército.
Por eso la historia registra al mártir Máximo Mena, y a Agustín Tosco, Atilio López, Elpidio Torres, Miguel Angel Correa y otros sindicalistas que promovieron ese paro activo que dio un salto en calidad. Y no repara en Onganía, Krieger Vasena, el gobernador Caballero o el general Sánchez Lahoz, quien años después de los sucesos declaró: «me pareció ser el jefe de un ejército británico durante las invasiones inglesas. La gente tiraba de todo de sus balcones y azoteas».