El discurso escolar en una apreciación ajena

Señor Director:
Ahora que algún sector del gobierno habla de una reforma escolar que no explica ni fundamenta, conviene conocer opiniones que si bien coinciden con expertos calificados, tampoco suponen precisamente una defensa de lo que hay.
Desde esta columna me he hecho eco del tema en más de una ocasión. De lo que se trata, lo que está en el debate calificado desde hace ya tiempo, es que la forma dominante de trasmitir el conocimiento no ha tomado en cuenta que ya está superada por las demandas de la ciencia pedagógica y por los cambios que se han producido (internet) y que han logrado una fortísima atracción sobre niños y jóvenes. De hecho, además, las redes proveen información que tornan innecesario repetir en el ámbito escolar. Y fundamentalmente las redes virtuales interesan más que la escuela, salvo en los casos en que ésta ha procurado actualizarse y asumir su papel principal de suscitar el interés (la curiosidad) y crear las condiciones para orientarla.
Acabo de leer una nota hecha días atrás a un historiador y un filósofo, que se han unido en nuestro país para actualizar ideas en sus respectivos campos y discutir qué cambios es necesario asumir. Me refiero a Felipe Pigna y a Darío Sztajnszraber (a quién nombraré desde ahora por su nombre de pila). Unidos en un designio común, vienen ofreciendo su manera de ver cómo hay que asumir la enseñanza y el ejercicio tanto de la historia como de la filosofía para que interesen a todos y no a círculos estrechos. Lo hacen en centros de estudio diversos y por televisión y radio, con notable efecto de atracción sobre los jóvenes en especial. Tomaré aquí sus expresiones en lo más directamente relacionado con mi tema.
-En primarios y secundarios se omite el conflicto al enseñar Historia porque se aduce que el niño no está en condiciones de comprenderlo (al conflicto), cuando sucede que ese alumno ve videos o comics donde el conflicto está presente. El discurso escolar está dirigido a un pibe que ya no existe. Atrasa 50 años (Pigna). Cuando él y Darío fueron docentes secundarios, la necesidad de hacerse entender comenzó por reconocer que la clave está en despertar la curiosidad y lograr que el alumno coparticipe y que relacione los contenidos del pasado con el presente.
-“El aula tradicional ha muerto”. Esto obliga a repensar por dónde pasan la transferencia y el conocimiento. Enseñar contenidos en el aula es perder el tiempo. Los pibes tienen esos conocimientos en plataformas digitales. Lo mismo cabe decir de la enseñanza de la filosofía. Hay que crear acontecimientos filosóficos (Darío, quien relató que quiso salir a caminar con sus alumnos para hablar de la enseñanza (llamada peripatética) que daba Aristóteles de esa forma a sus discípulos. Sucedió que una autoridad se opuso a su idea y mandó volver al aula porque, dijo, “esto no es juego”).
– Existe una gran ignorancia de lo que pasa en la escuela. Los formadores pedagógicos no saben qué ocurre en un colegio, cómo se enseña y con qué métodos. Todo lo que salga del mitrismo, de ese relato oficial de la historia, parece responder a intenciones políticas, pero nadie discute todo lo político que significa imponer esos discursos como cánones. Y puesto que el alumno ve que lo que importa es aprobar un examen se vuelve especulador (Pigna).
– El aula, la escuela, es también un espacio político. Hay relaciones de poder entre docentes, alumnos y autoridades y esto genera conflicto de intereses. El conocimiento sale de ese choque de espadas. De lo contrario, el docente fagocita al alumno hasta convertirlo en otro “ladrillo en la pared”, como lo explicó Pink Floyd. (Darío).
-La “cultura popular” es el primer registro de otra historia, la que el pueblo cuenta a partir de lo que vive. El tango y el payador expresaron esa cultura popular. (Pigna).
El reportaje apareció el domingo 1° en Pagina/12 y lo hizo el periodista Juan Ignacio Provéndola.
Atentamente:
Jotavé