El drama de un barrio

El barrio Almafuerte vuelve a sufrir por enésima vez los embates de la laguna Don Tomás. Otra prueba de su irracional emplazamiento por la ausencia de estudios y planificación a la hora de ampliar la ciudad. No son funcionarios gubernamentales o altos dirigentes políticos los que viven en ese sector. Esos enclaves en una periferia de baja cotización no son sitios que atraigan especialmente a la elite política y sus grupos familiares. Por eso los problemas se reiteran y las soluciones definitivas no llegan; apenas la atención de las emergencias cuando están con el agua al cuello, literalmente, y crece la indignación social.
Levantar casas, es decir, realizar grandes inversiones con dineros públicos, en terrenos tan bajos y próximos a la laguna fue una clara muestra de indolencia. Como también haber loteado y permitido el levantamiento de otro barrio -El Faro, con características sociales distintas- en el otro extremo del espejo de agua, que es el punto más bajo de la cuenca cerrada en donde está ubicada la ciudad.
Muchos antecedentes desaconsejaban esas urbanizaciones, la historia de la ciudad está signada por periódicas crecidas de la laguna. Sin embargo se autorizó a poblar esos terrenos anegadizos y hoy el problema se agudiza porque el crecimiento demográfico hace que sean muchos más los afectados.
La desesperación de los vecinos del Almafuerte es comprensible, y llegó al punto de ofrecerse ellos mismos para demoler su propio barrio. Todo adquiere un patetismo que estremece, porque los verdaderos responsables de la construcción de ese barrio ni aparecen, en cambio los que fueron a vivir a ese lugar, es decir, las víctimas de una decisión tan desacertada, son los que pagan las consecuencias y ahora, con tal de obtener una solución al calvario, llegan a ofrecer sus propias manos para destruir lo que hasta ahora fueron sus moradas.
Es tan dramática la situación que cabría esperar que esta vez se aprenda definitivamente y no vuelvan a sucederse tantos y tan graves errores técnicos y políticos. Que, para peor, no significan ningún costo para sus responsables.

Mortandad de Pymes
Si todavía persisten dudas sobre el rumbo de la política económica del gobierno nacional y a qué sectores beneficia y perjudica, nuevos datos se sumaron para despejarlas. Las Pymes nacionales están padeciendo una situación catastrófica como lo muestran dos estudios conocidos en las últimas horas provenientes de fuentes independientes entre sí. Por un lado la Apyme (Asamblea de la Pequeña y Mediana Empresa) y por otro el CEPA (Centro de Economía Política Argentina) coincidieron en señalar, con sus respectivos estudios, que el plan económico del macrismo viene operando como un tsunami sobre el pequeño y mediano empresariado nacional.
De acuerdo a los datos aportados por Apyme, un promedio de 20 empresas están cerrando sus puertas por día. En lo que va del año ya han bajado sus persianas 1.800 y, de seguir este ritmo, al finalizar el 2017 serán más de 7.000 las que habrán cerrado, añadiéndose a las 6.000 que sufrieron el mismo destino en 2016. Por su parte el CEPA analizó la pérdida de puestos de trabajo y determinó que de los más de 4.800 despedidos registrados en marzo, el 60 por ciento corresponde a operarios que se desempeñaban en las pequeñas industrias. En lo que va del año se han acumulado unos 9.600 despidos y unas 2.600 suspensiones también del sector industrial.
La contracara del padecimiento del pequeño empresariado son las enormes utilidades que hoy embolsan los sectores más concentrados de la economía, especialmente la banca, el complejo agroexportador, las mineras y las energéticas. Esta enorme disparidad es producto del rumbo económico adoptado por el macrismo que privilegia la alianza con la elite económica en desmedro de los sectores medios y bajos, castigando a las Pymes aunque sean las principales fuentes de empleo en Argentina y el mundo.