El faltazo patrio

Las últimas dos semanas posiblemente hayan sido las peores para el gobierno nacional. Con una economía en caída libre, promoviendo una relación con el Fondo Monetario Internacional que rechaza casi todo el país, con “el mejor equipo de los últimos cincuenta años” desteñido por sus desaciertos, los socios políticos desorientados y remisos, un bajísimo índice de popularidad y sus aliados y cierta prensa oficialista que empiezan a poner una prudente distancia, el Presidente agregó a esos factores negativos otro más surgido de una decisión personal: su ausencia en el acto central de homenaje a la bandera nacional realizado en la ciudad de Rosario. El justificativo esgrimido se centró en la eventual realización de manifestaciones de protesta convocadas por agrupaciones sociales y gremiales que -se sabe- no son del gusto del gobierno.
La decisión provoca desconcierto porque las eventuales -y temidas- manifestaciones opositoras habían quedado neutralizadas por el impresionante dispositivo de seguridad que, al igual que el año pasado, armaron las fuerzas federales que custodian al Presidente. Pero además porque cualquier protesta resultaba legítima y en última instancia hubiera servido para que tomara contacto por quienes se sienten perjudicados por sus políticas y asumen el derecho ciudadano de hacerse oír. El jefe de gobierno, ante esa eventualidad, prefirió desairar a los organizadores del acto y a quienes viven en la cuna de la bandera nacional, el símbolo más representativo de los argentinos.
La frutilla del postre fue la breve celebración de la fecha por parte del Presidente a través de una de las redes sociales. Toda una definición y, a la vez, una respuesta para tantos argentinos que se preguntan por qué en el discurso del macrismo nunca aparece la palabra “patria”.