El golpe en Turquía fracasó y sigue siendo confusa su autoría

GRAN CANTIDAD DE MUERTOS, HERIDOS Y DETENIDOS

Hay algunas cosas en claro tras el golpe de Estado en Turquía, pero muchas otras, sobre todo la autoría y fines de los golpistas, siguen en la bruma. Lo cierto es que el putsch fracasó y el presidente Recep Erdogan sigue en el poder.
EMILIO MARIN
El 15 de julio a la tarde, con las primeras noticias sobre un golpe militar en Turquía, comenzaron las preguntas en los medios de comunicación. ¿Habría sido una reacción castrense y laica contra la islamización que venía profundizando el presidente Erdogan? No hubo elementos para avalar esta hipótesis. ¿Sería la reacción militar ante el hecho de que el mandatario había firmado acuerdos con Rusia, después de mucha tensión entre Ankara y Moscú que incluyó el derribo de un avión ruso en noviembre de 2015? ¿O quizás la reacción de los cuarteles se produjo porque había disconformidad con la firma de acuerdos con el Estado de Israel? Ese paso distendía la relación encrespada desde que en marzo de 2010 las tropas sionistas asaltaron la “Flotilla de la Paz” que llevaba alimentos, medicinas y repuestos a la Franja de Gaza, matando a diez ciudadanos turcos. Erdogan viene de acordar con Benjamin Netanyahu: Israel abonará una indemnización de 20 millones de dólares a los familiares de aquellas víctimas del asalto en el Mediterráneo. Y se supone que empezaba una etapa de menos virulencia entre el gobierno turco y Tel Aviv. ¿Sería entonces el golpe del viernes un coletazo adverso a esa movida de Erdogan? Imposible saberlo hoy.
En tren de especulaciones se podría sumar que quizás los golpistas estaban disconformes con la política militar del presidente respecto a la guerra en Siria, que es dual. Por un lado se ha alineado con los planes guerreristas de Estados Unidos y la OTAN, para tratar de derribar al presidente sirio Bashar Al Assad. Lo hizo al punto de alimentar al terrorista ISIS o Daesh y la brigada de Al Nusra (rama de Al Qaeda), todo en acuerdo con Arabia Saudita y Qatar, y en forma indirecta Israel.
Se ha denunciado que ese grupo terrorista que aún ocupa parte de Siria e Irak, donde radica su califato, logró financiarse con fondos de aquellos gobiernos anti sirios y luego con la venta del crudo obtenido en pozos de Irak y Siria. Entre los acusados de comercializar ese petróleo estuvo el hijo de Erdogan, alimentando la caja del califa en el preciso momento en que la coalición atlantista cortaba el flujo de fondos y pasaba a bombardear posiciones de ISIS en las localidades sirias de Aleppo y Racqa, y la iraquí Mosul.
¿Será que los golpistas en Ankara y Estambul querían romper completamente con Erdogan y su política de doble faz para con Siria, para forzar una línea más acuerdista con al Assad y las poblaciones kurdas? En principio eso no cierra, porque lo real es que el presidente turco venía de firmar un acuerdo con Vladimir Putin. Rusia viene marcando una política de mayor confrontación con el ISIS en Siria, con sus bombardeos sistemáticos y la ayuda al gobierno de Damasco. De modo que sería Erdogan el probable aliado de Moscú en cuanto a Siria, y no los golpistas que quisieron derrocarlo.

Generalidades varias.
En tren de buscar explicaciones a lo sucedido, cabe echar una mirada a las declaraciones o comunicados de los antagonistas.
El comunicado de los golpistas, firmado paradójicamente por un “Comité para la Paz”, informaba de la implantación de la ley marcial pero al mismo tiempo abogaba por los derechos humanos y el cumplimiento de las obligaciones internacionales del país.
Fue un mensaje contradictorio porque prometía seguir siendo miembro de la OTAN, su “obligación internacional”, y supuestamente ser más democrático que el régimen que estaban derribando.
En una tremenda limitación política, los redactores de la proclama no puntualizaron críticas al presidente ni esbozaron un modelo de país mejor que ellos quisieran construir. Esa limitación política se vio en forma absoluta al no convocar a nadie en su apoyo: en ese primer día (y único) de golpe no se movilizó en su apoyo ningún sector social ni de abajo ni de arriba ni del medio. Cero movilización social de aval al putsch, lo que fue determinante en su rápida derrota.
Un dato sobre la naturaleza de ese golpe fue que sus tanques -y según otras versiones, aviones- bombardearon el Parlamento. Podría haber sido una señal política de que repudiaban a “la clase política”, tratando de contactar con sentimientos de una buena parte de los turcos.
Pero también allí se equivocaron, porque luego de las elecciones de junio de 2015, el parlamento -que antes era dominado a voluntad por Erdogan-, su partido de la Justicia y el Desarrollo, AKP, perdió la hegemonía de los anteriores 13 años. En ese comicio tuvo el 40 por ciento de los votos, perdiendo casi 10 puntos y su mayoría absoluta para sacar leyes.
A partir de allí tuvo que negociar con otros tres partidos: el Partido Republicano del Pueblo (CHP, socialdemócrata), que obtuvo el 25,2 por ciento de los votos, el Partido de Acción Nacional (MHP, derecha), con el 16,5%, y con el que por primera vez entró al recinto, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), de izquierda y pro kurdo, con el 12,5% de los votos y 78 diputados.
Ese congreso no era una mera escribanía de Erdogan sino más bien pluralista y parte de su fracaso en querer reformar la Constitución para asumir más poderes presidenciales. Para eso necesitaba dos tercios de diputados, o sea 367 sobre el total de 550. Y se quedó con 259 escaños, masticando su impotencia. Ni pudo llamar a un referéndum sobre el tema.
Al bombardear ese Congreso, los golpistas confirmaron las peores cosas que se decían de ellos: enemigos de la democracia. Le hicieron un favor a Erdogan y propiciaron que los cuatro partidos se unieran en rechazo a la asonada militar, aun cuando la izquierda pro kurda del HDP, liderada por Selahattin Demirtas, no se privara de criticar al autoritarismo del presidente en la sesión especial del día de la victoria.

Sólo números.
Si las críticas de los golpistas contra el gobierno no quedaron claras en su comunicado ni acciones, tampoco puede decirse que Erdogan haya aportado claridad en ese punto. Él y el ministro de Justicia, Bekir Bozdag, acusaron al clérigo musulmán Fethullah Gülen asilado en EE.UU. desde 1999 de ser el numen ideológico del golpe. Y reclamó a aquel país que lo extradite a Turquía o que lo juzgue.
El acusado fue aliado del jefe de Estado durante muchos años, en los catorce que el AKP lleva dominando el gobierno, hasta que esa alianza se fracturó en 2013. Los medios de comunicación cercanos a Gülen divulgaron algunos escándalos de corrupción del presidente y sus familiares. La persecución lo llevó a vivir al extranjero, desde donde sostiene una red con millones de seguidores en más de cien países donde sostiene instituciones religiosas, educativas, culturales y medios de comunicación.
¿Será verdad que el clérigo fue la mano oculta del putsch? No parece. El acusado no sólo lo negó sino que también criticó al golpe de Estado. Más aún, con las teorías conspirativas en boga en la política mundial de estos años, dijo que podía ser un autogolpe promovido por Erdogan. ¿Pruebas? Ninguna. Excepto, que el presidente es hoy el más favorecido por los acontecimientos. Tuvo una posición firme contra el golpe, estuvo justo fuera de Ankara al momento de producirse, en unas muy oportunas vacaciones, y llamó a resistir la interrupción del orden constitucional. Luego volvió a Ankara en son triunfal. Que sus acusaciones contra el clérigo sean inconsistentes y que él aproveche del movimiento anti golpista para desembarazarse de centenares de jefes militares y de 2.700 jueces y magistrados críticos, tampoco lo convierte en el sospechoso principal.
Lo único cierto son los números desgraciadas que dejó la sedición. El primer ministro y líder de AKP, Binali Yildirim, informó de 290 muertos, 1.440 heridos y 6.000 presos entre militares, policías, soldados y civiles.
¿Y todo eso para qué? Para que fracciones militares y políticas privilegiadas diriman su supremacía en el poder, unos emboscados detrás de la bandera del “orden” y otros manteniendo su gobierno en aras de la “democracia” y proponiendo la reimplantación de la pena de muerte abolida en 2004.
Seguramente entre los militares y políticos turcos habrá muchas buenas personas y sectores, como los mencionados del HDP (sigla que entre los argentinos significa todo lo contrario). Globalmente es un sistema con mucha corrupción gubernamental y empresaria, con intromisión religiosa en el Estado, en su caso en forma de islamización, en un país con un millón de soldados y segunda potencia en ese rubro dentro de la OTAN. Las FFAA han sido escuderos de ese pacto militar, listos para un fregado como para un lavado, para apoyar al ISIS contra Siria o bien sumarse a los bombardeos contra el ISIS, siempre y cuando le dejaran a Turquía bombardear posiciones kurdas en la vecina Siria.
El análisis sobre el golpe turco hoy no puede aportar muchas certezas. Sí puede sacar una conclusión: el gobierno de Erdogan presume de democrático pero es la punta de lanza de la OTAN en el extremo sur-oriental para hacer los servicios a las grandes potencias. Bien para invadir países o para frenar la oleada de inmigrantes hacia Europa, incluso aceptar la repatriación de éstos a cambio de 6.500 millones de euros pactados con Angela Merkel a nombre de la Unión Europea, que sigue sin admitir a Turquía como miembro.

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