El historiador en su laberinto

“El hecho dominante más rico en consecuencias en los orígenes de la sociedad brasileña es la tentativa de implantación de la cultura europea en un extenso territorio, dotado de condiciones naturales, si no adversas, largamente extrañas a su tradición milenaria. Trayendo de países distantes nuestras formas de convivencia, nuestras instituciones, nuestras ideas, y jactándonos de mantener todo eso en un ambiente muchas veces desfavorable y hostil, somos todavía hoy unos desterrados en nuestra tierra”.

Sergio.
Con estas maravillosas palabras, que bien podrían describir también a la Argentina, comenzaba Sergio Buarque de Holanda su ensayo “Raíces de Brasil”, publicado en 1936, y todavía hoy vigente como una de las obras claves para comprender a nuestro gigante vecino verde y amarillo.
No contento con escribir un libro, nuestro personaje de hoy tuvo siete hijos con su jovial esposa María Amelia de Carvalho Cesário Alvim, uno de los cuales, Francisco, compositor y novelista, se cuenta hoy entre los brasileños más famosos: Chico Buarque.
Fue el indiscreto Chico quien reveló, en una reciente novela de no-ficción, que existió un octavo hijo de su prolífico padre, nacido de una relación con una mujer alemana durante su estadía en Berlin como corresponsal del Jornal do Brasil. Sergio Günter, el octavo pasajero, pasó una vida oscura en la entonces comunista Alemania Oriental, donde abrazó la curiosa profesión de cantor popular.

Ladrón.
Siguiendo una acendrada tradición familiar -su sobrino Aurélio fue autor del diccionario más autorizado en la lengua portuguesa- Sergio Buarque fue, además de historiador y periodista, un consumado intelectual y bohemio. Eran proverbiales las tertulias en la casa, con música, poesía y bebida, a las que concurría asiduamente un tal Vinicius de Moraes. No es de extrañar que cuatro de sus hijos terminaran siendo músicos.
Como buen intelectual, tenía en la casa una habitación/biblioteca donde se encerraba a leer, y donde estaba prohibido molestarlo. Cuentan que en una ocasión, acostumbrados a la presencia de extraños en la casa, no repararon en el ingreso de un ladrón, que subió hasta la biblioteca y le pidió dinero al dueño de casa. Molesto porque le interrumpieran la lectura, este sólo atinó a contestar con un gruñido tan contundente que espantó al intruso. En su camino hacia afuera, robó un pequeño televisor, que llevaba bajo el brazo cuando se cruzó con uno de los hijos de la familia, quien lo tomó por un técnico que se llevaba el aparato para reparar. Tuvo que aparecer la sensata Doña María Amelia, que volvía de compras, para advertir al ladrón y ponerlo en fuga a los gritos.
Hay una metáfora ahí, en ese padre algo ausente y atolondrado, incapaz de advertir el peligro tras su parapeto de libros.

El árbol.
Sabemos entonces que Don Sergio tuvo ocho hijos, y escribió más de una veintena de libros. Pero por mucho que lo buscamos, no pudimos averiguar si también había plantado un árbol, para completar la trilogía.
Sí sabemos, en cambio, que dos años antes de morir, en 1980, participó en la fundación del Partido de los Trabajadores, que entonces aparecía como una facción más de la dispersa izquierda brasileña, en plena dictadura militar. Entre los presentes en el acto se encontraba un joven dirigente sindical paulista, Luiz Inácio Da Silva, que luego sería dos veces presidente de Brasil, responsable de ocho años de un espectacular despegue económico para el país, y de que -literalmente- millones de sus compatriotas salieran de la pobreza.
El resto de la historia es conocida. Hoy Lula está preso, acusado de corrupción por un juez que hizo un análisis verdaderamente creativo -casi artístico- de la prueba para condenarlo. Y pese a la expresa recomendación de la ONU, el Tribunal Electoral acaba de negarle su derecho a presentarse nuevamente como candidato a presidente. Una elección que, nadie duda, ganaría ampliamente. El candidato que lo sigue, con menos de la mitad de los votos, es un tal Bolsonaro, que podría ser calificado como “nazi” si fuera un poco más prolijo y disciplinado.
Viendo los hechos a la luz que proyecta la figura colosal de Sergio Buarque de Holanda, casi se siente nostalgia por las épocas en que la derecha tenía exponentes ilustrados. Si leyeran algo -de historia, por ejemplo- se enterarían de que también Nelson Mandela, Juan Perón o Fidel Castro fueron encarcelados para impedir que ejerzan su liderazgo.
Y ya sabemos cómo les fue a sus carceleros.

PETRONIO