El hombre que está solo y espera

Al lamentable aspecto físico que muestra actualmente la ciudad (veredas rotas, calles en mal estado, pérdidas de agua, sistemas cloacales colapsados…) se ha agregado en las últimas semanas otro elemento, aunque en este caso perteneciente al paisaje humano. Una persona que, impedida de caminar y desprovista de bienes materiales después de un accidente que destrozó su vida, reclama por una justicia que demora demasiado en llegar.
Se trata del trabajador que, a bordo de una motocicleta, sufrió una severísima lesión al caer en un pozo mal señalizado -muy posiblemente por negligencia del municipio y de una empresa constructora- y quedó impedido de caminar y de desempeñar su oficio. El accidente ocurrió en abril de 2011, y desde ese momento el hombre viene penando para conseguir una indemnización que al menos atenúe su desgracia. Ante la exasperante morosidad de los tribunales, que tan poca piedad muestra por esa dolorosa situación, ha optado por exponer su caso ante la opinión pública levantando una elemental carpa en la explanada de la Ciudad Judicial y colocando carteles en pleno rostro de la “señora de ojos vendados”.
Así transcurren los días del hombre, expuesto a los rigores climáticos que este verano han sido particularmente extremos, con el aporte de algunos alimentos que le arriman vecinos solidarios y una elogiable dignidad que lo lleva a no recibir dinero. Esa precariedad de vida hace que solamente tenga acceso a los baños del edificio judicial durante el día, ya que de noche se cierran las puertas y, pese a haber serenos, no se abren para nadie. Es de imaginar los padecimientos que conlleva su impedimento físico, inconvenientes que -increíblemente- son compartidos por el personal policial externo al edificio que tampoco tiene acceso a los baños por la noche.
Mientras aguarda novedades de la burocracia judicial advierte con justificado temor que en pocos días más comenzará el tiempo de feria de los tribunales y su expediente extenderá el largo sueño de tantos años. El ciudadano común que se conduele de semejante cuadro no puede menos que preguntarse si no se puede habilitarse alguna instancia o forma de prioridad que permita acortar este vía crucis.
Dolorosa paradoja: la solución al drama del trabajador confinado en una silla de ruedas por razones ajenas a su responsabilidad, está en manos del poder del Estado cuyos miembros más privilegios detentan en lo laboral. y que sobresalen nítidamente sobre los de los demás asalariados. Para aumentar esa indignante asimetría, el hombre que hoy debe sobrevivir de la caridad pública, ha declarado que “el accidente tuvo otras consecuencias que lo privaron de familia y bienes”.
Cabe suponer que, aunque menor, también a los organismos de asistencia social del Estado les cabe alguna parte de responsabilidad para tornar menos penosas las condiciones de vida de este hombre que, como en el clásico literario, “está solo y espera”. Esa obligada actitud resulta más imperiosa en estos días de fin de año cuando tanto se habla de “paz” y “felicidad”, deseos que deberían comprender a todos los integrantes de nuestra comunidad, sin excepciones.