El humor y su relación con hechos colectivos

Señor Director:
El pasado domingo, luego de haber estado atento al desarrollo del partido de fútbol en Nueva Jersey, me pregunté si el resultado adverso tendría algún efecto sobre el ánimo de los argentinos.
Me ha interesado el fútbol desde la infancia, como es habitual en nuestro país. Lo jugué en los baldíos de entonces. Lo jugué en la juventud, sin descollar, ni mucho menos. En el debido momento entendí que debía ser “de” (partidario o hincha) alguno de los clubes que jugaban en la liga local y de otro de la liga nacional. Finalmente me convertí en un seguidor a distancia, desde los medios de comunicación. Así hasta hoy, cuando he amplificado el área de mi atención por seguir la trayectoria de los buenos jugadores argentinos que fueron atraídos al gran mundo.
Fui devoto de Maradona, como ahora de Messi, por reconocerlos realizaciones del sueño de tantos argentinos. No los comparo. Me es grato saber que se los reconoce como de los mejores que ha dado el fútbol mundial, no porque participe de la actitud de quienes presumen que estamos (los argentinos) obligados a tener el número uno de cada deporte. Basta a mi gusto reconocer que están dotados y que han tenido oportunidad de demostrarlo. De la misma manera destaco al atleta, al automovilista y al que descuella en cualquiera de los quehaceres del hombre, incluyendo a los artistas de cine y teatro, a los músicos, a los pintores, a los escritores, a los poetas, a los científicos, a los pensadores. Y a cuantos sobresalen en su quehacer, sea un trabajador manual, un político, un maestro, una madre o un padre. Me hago partícipe de sus triunfos y comparto el dolor por sus frustraciones. Creo que en el conjunto de lo que he estado escribiendo y en gran parte publicando, queda el testimonio de mi manera de sentirme ligado a los de mi especie en la variedad de los desafíos que afrontan.

Decía, pues, que en la noche de Nueva Jersey, luego de estar atento al desarrollo del partido y de ejercitar mi costumbre de mirar los rostros para compartir más plenamente el esfuerzo de los que compiten y, al mismo tiempo, ampliar el repertorio de mi manera de compartir sus emociones y, en casos, imaginar su índole (si son o no buenas personas), me preguntaba si el resultado generaría alguna medida de cambio en los estados de ánimo de la colectividad nacional. Si, por ejemplo, tendríamos un lunes “con luna”, buscando a quien echarle la culpa de la derrota: si a Messi porque erró el penal, si al director técnico porque no acertó en la estrategia o no supo cambiar a tiempo. No hay manera de medir el humor colectivo, aunque es seguro que quienes se aficionan a un deporte y creen que allí se juega hasta el honor personal y social, sí se han sentido afectados y pueden haber reflejado ese estado en su rostro. Algunos habrán tenido la gana de romper algo. Algunos tal vez han sentido que se ha roto algo de sí mismos. Dado que son muchos los que siguen el fútbol hasta el borde de lo pasional, siempre habrá quienes hablen o escriban para ellos, incluso para orientar su estado hacia o contra algo o alguien. Al cabo, la propaganda hace su negocio atendiendo a ese fondo emocional de las personas, hasta derivarlo hacia lo que ellas creen merecer y que ellos dicen estar en condiciones de proporcionar. También se instala la propaganda en el fútbol y en los deportes todos para ingresar de contrabando con su oferta.

Que Messi diga que su paso por la selección ha concluido era cosa de esperar. Ya porque siente que no ha dado lo que él mismo esperaba poder, ya porque sabe que hay quienes se consideran confirmados en lo que venían diciendo sobre si es “mejor que” o si es un producto de la propaganda que lo ha convertido en mercadería. No sé si él necesita que se le reconozca como superior a tal o cual o a todos los futbolistas habidos y por haber. Me parece que no, pero sé que en la altura de cualquier oficio del hombre hay también algo doloroso. Algo trágico.

Atentamente:
Jotavé

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