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El lado brillante de la vida inglesa

DOMINICALES

Los jóvenes del nuevo milenio adoran a Los Beatles y otros grupos de los años sesenta, pero -y pese a que tienen disponible casi toda su obra en Netflix- no logran engancharse con los Monty Python. Es una pena, ya que aquel combo de cómicos ingleses, que reinventaron su arte a fuerza de transgresión y surrealismo, están aun más vigentes en los tiempos que corren.

Idiotas.
Cada quien tiene su sketch favorito. El del señor que concurre a la veterinaria a devolver un loro muerto; el del leñador que descubre su vocación de travesti; el del partido de fútbol entre los filósofos griegos y alemanes… Para el caso actual, el más pertinente acaso sea el de las olimpíadas para idiotas de clase alta, en el que se burlan de la incapacidad congénita de los aristócratas ingleses.
En su autobiografía «So, anyway…» el Monty Python John Cleese hace una observación notable sobre la mentalidad de estos sectores privilegiados. Para ellos está muy bien tener dinero, pero es de mal gusto ganar dinero. En otras palabras, solo aprueban a quienes han heredado su fortuna -lo que se llama «old money»- pero desprecian a los emprendedores de clase media que se enriquecen.
Hay más de un problema con esta concepción: para que alguien herede una fortuna, algún antepasado debió deslomarse ganándola. El otro problema es que, al desentenderse de la economía contemporánea, se torna imposible conservarla. Hay quien sostiene que esta sería la génesis de la caída del imperio británico, el más grande de la historia.

Imperio.
La historia reciente está plagada de ejemplos de ingleses adinerados que podrían competir en el sketch de los Python. Acaso el palmarés habría que concedérselo a Cyril Radclife, el abogado enviado en 1947 para dibujar el nuevo mapa de la India, un país al que jamás había visitado. Para peor debía terminar su cometido en solo cinco semanas. Con el pretexto de otorgar una independencia ordenada, y de separar a musulmanes de hindúes, separó a la India de Pakistán con trazo grueso, tan grueso que le quedaron dos Pakistanes en lugar de uno. Entre el descalabro económico, las deportaciones masivas y las luchas tribales, murió alrededor de un millón de personas, lo cual no impidió que la corona le concediera el título de Caballero.
Ni el fútbol, ni el tenis, ni el cricket; el deporte favorito de la elite inglesa es dibujar mapas. Y así es que no hay conflicto bélico en el mundo moderno que de un modo u otro no se origine en alguna cartografía dibujada en Londres. El más actual es el caso de Siria.
Los británicos gustaban de presentar su obra como «la carga del hombre blanco», una supuesta gesta ética y racional en pos de la civilización y la ciencia. Pero por cada Darwin que enviaron a estudiar la naturaleza o las culturas foráneas, llegaron decenas de bestias como Lord Mountbatten, último virrey de la India, quien se negó a atender la hambruna que azotaba a sus súbditos, con el pretexto de que estos «se reproducen como conejos».

Exit.
El actual proceso de escisión de la Unión Europea fue obra de uno de estos personajes. David Cameron, primer ministro conservador, había demostrado poco criterio ya en sus tiempos de estudiante, cuando con sus amigos practicaban juegos sexuales que involucraban una cabeza de cerdo. Ya en el poder, con parecida torpeza, convocó a un referéndum sobre la salida británica en la UE, por mera especulación política y sin estudios serios sobre cuáles serían las consecuencias de su bravuconada. El resultado está a la vista: en medio de una campaña viciada por sloganes engañosos y hasta por la intervención cibernética rusa, la supuesta ‘voz del pueblo» les impuso a los conservadores la obligación de negociar la salida de Europa que supuestamente les devolvería la autonomía, la prosperidad y la facultad de expulsar inmigrantes.
El negocio resultó ser infinitamente más complejo de lo que soñaron estos incapaces, y las perspectivas son pésimas. Ni sus propios diputados aprobaron el plan presentado por Theresa May. O se arriesgan a una salida no negociada -que será durísima- o convocan a un nuevo referéndum para revocar el anterior.
En el camino, el «Reino Unido» peligra, ya que los escoceses, que hace cuatro años estuvieron a punto de votar su independencia, ahora tienen un excelente motivo para insistir en el tema, pues en el referéndum eligieron masivamente continuar en el bloque continental. Y, para colmo de males, los británicos deberán establecer una verdadera frontera, con aduana incluida, en su colonia de Irlanda del Norte.
Aunque cueste imaginarlo, los Monty Python encontrarían motivos para el humor en esta situación kafkiana. Algo así como el final de la película «La vida de Brian», cuando el protagonista, crucificado y a punto de morir, comienza a cantar «El lado brillante de la vida». La letra podría reflejar la suerte actual del Imperio Británico: «Vienes de la nada, y hacia la nada estás volviendo. ¿Qué perdiste? ¡Nada!»

PETRONIO