El macrismo y los dispositivos represivos

Jorge Aleman* – Es evidente que el momento “autoayuda”, “buena onda Ceo”, comienza a concluir para el macrismo. Ahora ya se revela su destino inicial: constituir un grupo de tareas cuyo cometido resultaría insostenible sin una planificación represiva y contundente. En este aspecto, la detención de Milagro Sala fue un hecho constitutivo de este gobierno. Esto ilustra, una vez más, lo que a mi juicio es una distinción clave; a saber: el Poder por un lado, la Hegemonía por otro.
El macrismo jamás construirá un bloque cultural hegemónico. Sus asesores y coachs pueden ejercitarse en narraciones de diversa índole que intenten legitimar su dispositivo de Poder, pero jamás lograrán alcanzar la configuración de un relato afirmativo. De hecho, en general, se suelen sostener en el odio y la difamación del gobierno anterior.
Siempre los discursos que se pretenden “no conflictivos” y que apelan al “amor y la alegría de todos” esconden este reverso obsceno de odio vengativo. Pero si bien el Poder no dispone de la nobleza simbólica de la Hegemonía, siempre abierta a la invención popular y al ensayo de gramáticas políticas de nuevo cuño, sí tiene a su favor no necesitar de la experiencia de la verdad.
En el neoliberalismo el Poder consiste en un dispositivo que sólo comprueba su existencia si es capaz de adueñarse de la “última palabra” sobre cualquier situación. Decide sobre la significación de los hechos hasta el punto de la inverosimilitud más impune. ¿Es esto una Hegemonía? No, en la Hegemonía hay vacío, apertura, contingencia e imposibilidad de nombrar y significar la totalidad. Por ello, el Poder, a diferencia de lo que sostiene Chul Han con respecto al Neoliberalismo, no logra “invisibilizarse”, necesita excluir, segregar, expulsar, rechazar, y todo ello con los dispositivos represivos pertinentes.

Nada es irreversible.
En el caso de Macri, lo que se llama la coyuntura mundial le juega a su favor. Argentina ahora está más lejos que nunca de la “opinión ilustrada” internacional, opinión que, dicho sea de paso, ha perdido todo su peso ético y simbólico. Es difícil conmover a un mundo que ya se acostumbró a los cadáveres de los refugiados flotando en el mar o hacinados en campos o con dementes ridículos al frente de las potencias mundiales o a bombardeos a poblaciones sin miramiento alguno. A su vez, ya nada es irreversible, ya no hay logros históricos asegurados y cualquier cosa puede ocurrir en cualquier parte del mundo.
No obstante, este desesperanzado panorama tiene en la Argentina una posibilidad que lentamente se abre paso. La sedimentación de distintas luchas sociales en distintos ámbitos ha comenzado a reactivarse y empiezan a existir condiciones para la articulación de un nuevo bloque hegemónico. El problema, como suele ocurrir, es que su condición de posibilidad es también su imposibilidad. Existen distintas fuerzas políticas en la izquierda que no es autista, en el peronismo no domesticado, en el kirchnerismo que aún no cede, en los movimientos sociales y en las nuevas plataformas políticas que si fueran tocadas por la generosidad estarían en condiciones al menos de intentar lo que finalmente es más urgente: la construcción de un auténtico “freno de mano” en relación al Poder neoliberal. Un bloque hegemónico que al recoger los distintos legados llegue por fin a ser algo nuevo. (Tecla Eñe. Nuestras Voces).

*Psicoanalista. Profesor honorario de la UBA. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (España) y de la Escuela de Orientación Lacaniana (Argentina).

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