El macrismo y sus límites

PONIENDO EN SU LUGAR UN RESULTADO ELECTORAL

Atilio Borón – Se habla de “triunfo contundente” del macrismo en las PASO pero una rápida comparación con otras legislativas dice otra cosa. La derecha, lejos de la hegemonía.
Muchos de los análisis sobre el macrismo parten de una visión sesgada de lo ocurrido en las PASO. Se habla de una “gran victoria” o de un “triunfo contundente” de Cambiemos, revelando más una suerte de contagio de la euforia montada por esa fuerza política que un análisis riguroso de la realidad. Los datos que arrojan las primarias establecen que el macrismo se alzó con el 35,9% de los votos contra 21% del kirchnerismo y 15,2% del peronismo no kirchnerista. Hay otros elementos que refuerzan el mensaje de las cifras, como las importantes victorias obtenidas en bastiones del peronismo (Entre Ríos, La Pampa, Santa Cruz, San Luis) o en distritos como Corrientes y Neuquén. Sin duda, un desempeño muy positivo pero que no alcanza para fundamentar aquellas calificaciones.
Sin ir más lejos, en las elecciones legislativas de 2013, el FPV obtuvo el 33,6% de los votos y nadie habló de una victoria apabullante. De hecho, el desempeño de Cambiemos en las PASO es, en términos porcentuales, inferior al obtenido por Alfonsín en 1986 (42,3%), Menem en 1991 (40,2%), Kirchner en 2005 (41,6%), inferior al del PJ cuando era opositor a De la Rúa en el 2003 (36,7%) y muy similar al obtenido por Cristina Fernández de Kirchner en el 2013 (33,6%).
Lo anterior no le resta méritos a la victoria de Cambiemos pero redimensiona su importancia. Hay que tener en cuenta que, probablemente, sus guarismos se modifiquen a la baja con los escrutinios definitivos de la provincia de Buenos Aires y Santa Fe. Este triunfalismo contrasta con la sobriedad de uno de los intelectuales orgánicos de la derecha, Rosendo Fraga, para quien estas primarias “han dejado un resultado confuso, tanto en lo electoral como en lo político. Es la primera fuerza política en el ámbito nacional, pero más por la dispersión de la oposición que por un apoyo mayoritario”.

Menemismo y macrismo.
La segunda cuestión tiene que ver con algunos paralelismos que se insinúan entre el menemismo y el macrismo. Ciertamente que hay un telón de fondo común. Ambos representan variantes de una reacción neoliberal ante los “excesos” del estatismo, en el caso de Menem o del populismo en el caso de Macri, pero las diferencias no son insignificantes:
Primero, Menem se apoyaba en un partido político, el PJ, que tenía una abrumadora presencia nacional y un gran respaldo popular anclado en las conquistas históricas del primer peronismo. Macri, en cambio, se apoya en Cambiemos, una alianza volátil de fuerzas políticas de derecha (y algunas de centro) que es la única con presencia en los veinticuatro distritos del país pero está muy lejos de ofrecer la firme apoyatura que el PJ le aportó a Menem. Puedo equivocarme pero tengo la convicción de que Cambiemos representa más que nada un pasajero estado de ánimo, un cierto humor social “formateado” por la oligarquía mediática, que todavía está lejos de ser una construcción política sólida que pueda desembocar en la creación de un gran partido de derecha. El tiempo dirá si esta hipótesis se confirma o es refutada por el devenir de nuestra vida política.

Blindaje mediático.
Segundo, Macri tiene a su favor algo que Menem jamás tuvo: un formidable blindaje mediático que le ofrecen los medios más concentrados del país y que cuentan con una capacidad de penetración y de manipulación de las conciencias que ni remotamente existía hace un cuarto de siglo. La debilidad de la construcción partidaria de la derecha es reemplazada, por ahora, con la fortaleza del aparato de medios de comunicación. Es una situación que difícilmente perdure en el tiempo y denota una indisimulable fragilidad política que Menem no tenía y que le permitió detentar el poder durante diez años y medio.
Tercero, las políticas del menemismo coincidían con las tendencias dominantes en EE.UU. y en el capitalismo global con el apogeo del Consenso de Washington cuando para ganar elecciones había que hacer pública profesión de fe neoliberal, como además de Menem en 1995 lo hicieran Salinas de Gortari en México, Fernando H. Cardoso en Brasil, Alberto Fujimori en Perú y Patricio Aylwin, Eduardo Frei hijo y Ricardo Lagos en Chile. Pero ese paradigma de política económica hoy ha caído en desgracia con el ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca y el neoliberalismo que permea todo el “equipo” de Macri da la sensación de ser anacrónico en más de un sentido.

La oposición y el mundo.
Cuarto, Menem no tuvo que vérselas con una significativa oposición. Luego de seis años de privatizaciones y rápido aumento de la pobreza fue reelecto en 1995 con el 49,9% de los votos, la primera gran protesta popular tuvo lugar en Cutral-Có recién en 1996. Es fácil de comprender: Menem llega a la Casa Rosada luego de la devastación producida por la hiperinflación de 1989 y la tremenda crisis económica, es decir, inicia su mandato una vez consumada una enorme derrota de las clases subalternas. Macri encuentra una economía con muchos problemas -inflación, déficit fiscal, estancamiento económico- pero con una población cuyas condiciones de existencia habían mejorado (en algún caso sensiblemente). Por eso a los pocos meses de asumir, Macri se enfrentó a un cúmulo de protestas -si bien desarticuladas y sin el apoyo de los gremios tradicionales- que han ido subiendo de tono a medida que los efectos de sus políticas se sienten cada vez con mayor intensidad.
Quinto y último, Menem pudo hacer y deshacer casi a voluntad durante sus años en la Casa Rosada porque a lo anterior sumaba su abyecta sumisión al imperialismo norteamericano, que le ofrecía un “paraguas protector” que Macri no tiene porque EE.UU. ya no está en condiciones de ofrecer. Si en los noventa ese país experimentaba un auge sin precedentes con la desintegración de la Unión Soviética y su victoria en la Guerra Fría, la época actual está marcada por el inocultable comienzo de un proceso de declinación. Macri se enfrenta a un mundo mucho más complejo y amenazante que el de los noventa y en donde la redistribución del poder mundial y la emergencia de nuevos centros de poder económico, político y militar (China, Rusia, India, entre otros) y el debilitamiento de Europa hacen que aún con el ferviente apoyo de Washington la viabilidad de sus políticas esté marcada por la incertidumbre.

¿Nueva hegemonía?
Hay una tercera consideración, relacionada con la construcción de una hegemonía macrista o de derecha. Son muchos los que auguran su concreción, pero hay que ser cautelosos. Primero, porque la hegemonía, como decía Gramsci, “nace de la fábrica”, del éxito de un modelo económico. El que está intentando Macri es tan incoherente y contradictorio que difícilmente podría ser el fundamento de una construcción hegemónica perdurable y sus resultados han sido decepcionantes. Miguel Angel Broda fue lapidario cuando sentenció: “acá no hay plan A ni plan B, esto es insostenible en el largo plazo”.
El equipo económico es cualquier cosa menos un conjunto armonioso en donde todos tiran en la misma dirección. La improvisación y los disparates están a la orden del día: desde un endeudamiento a cien años hasta las alucinantes declaraciones del ministro de Hacienda asegurando veinte años de prosperidad, algo que ningún colega suyo en Noruega o Finlandia se atrevería a profetizar, mucho menos en EE.UU. u otros países europeos. Afirmaciones como ésta dan la pauta de que estamos en manos de una ceocracia que ignora por completo el carácter cíclico de las economías capitalistas. En segundo lugar, la construcción de una nueva hegemonía supone la capacidad del grupo dirigente de ofrecer una “dirección intelectual y moral” al resto de la sociedad, y la derecha no puede asegurar ni la una ni la otra. Además, quien tenga pretensiones hegemónicas -cosa bien diferente de tener “capacidad hegemónica”- tiene que estar dispuesto a hacer concesiones a las clases subalternas para que el aspirante a hegemón pueda ser visto, otra vez con Gramsci, “como la vanguardia de las energías nacionales”. El macrismo en cambio aparece como la vanguardia de los intereses de las grandes corporaciones cuyos representantes han colonizado el aparato estatal.

¿Derecha democrática?
Una impostergable reflexión, la cuarta, debe someter a escrutinio el supuesto democratismo y la adhesión a los valores republicanos de la derecha argentina. Digamos de entrada que la derecha, desde la Revolución Francesa hasta hoy, nunca fue democrática, si es que la palabra democracia conserva aún algún sentido. Ni en Europa ni en EE.UU., y mucho menos en América Latina. Es preciso distinguir liberalismo de democracia. La derecha abrazó al primero, luego de una larga batalla contra los bastiones del orden conservador, pero jamás adhirió a la democracia. Sus grandes teóricos lo fueron del liberalismo, no de la democracia. Esta se fue construyendo a pesar -y no con el favor- de la derecha, en una lucha centenaria signada por periódicas regresiones autoritarias -los fascismos europeos- y por frecuentes baños de sangre y feroces dictaduras. Los sujetos de la democracia fueron las clases y sectores populares que fueron implacablemente combatidos por la derecha, ilegalizando a sus principales actores; reforzando los aparatos coercitivos del Estado; sancionando legislaciones represivas; desterrando, encarcelando o asesinando sus líderes y provocando golpes de Estado cada vez que la “amenaza democrática” aparecía incontenible. La historia argentina es pródiga en ejemplos.
Método perfeccionado.
El padre fundador del neoliberalismo, Friedrich von Hayek, decía que el libre mercado era una necesidad y la democracia una conveniencia, aceptable siempre y cuando no interfiriese con el primero. Las burguesías de todo el mundo aceptaron a regañadientes los avances de la democracia bajo dos condiciones: uno, cada vez que la correlación de fuerzas se inclinaba decisivamente hacia el campo popular -la Revolución Rusa fue decisiva para el avance de ese proceso en Europa- y dos, cuando la democracia fue vaciada de su contenido radical sintetizado en la fórmula de Abraham Lincoln: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” y reemplazada por otra que asimila la democracia al “gobierno de los mercados, por los mercados y para los mercados”. Creer que la derecha se ha convertido en un actor democrático porque ahora se ha maquillado y suavizado su discurso es una peligrosa ilusión. Su dominio antidemocrático se ha perfeccionado con lo que Noam Chomsky denomina “estrategias de manipulación mediática”. Como bien recuerda María Pía López, al macrismo es post-democrático: “puede encarcelar sin ley, echar jueces con la argucia de demorar un acto de asunción, omitir votos, suspender conteos” y, agregaríamos nosotros, criminalizar la protesta social.
Pero la derecha tampoco es republicana. Desde el intento de designar jueces de la Corte Suprema por decreto hasta el desconocimiento de la resolución de la CIDH exigiendo la liberación de Milagro Sala pasando por la “picardía” de suspender al camarista Eduardo Freiler con una trampa leguleya (si lo hubiera hecho el kirchnerismo la gritería se habría escuchado hasta en Júpiter) hasta el vicioso ataque contra la Procuradora Gils Carbó y la inacción ante la desaparición de Santiago Maldonado a manos de las fuerzas represivas del Estado hablan de un republicanismo “para la tribuna” y de dudosa credibilidad.

Conclusión.
Esta es la fisonomía del macrismo, un régimen que descansa más en la productividad política de los poderes fácticos que en las instituciones de la democracia. Estos también son sus límites. Contener su arremetida no será sencillo. Requerirá una enorme acumulación de poder popular, de voluntades que se sumen a un proyecto de recuperación democrática y nacional que sólo podrá ser exitoso si se construye “desde abajo” y democráticamente. No sólo eso: también deberá efectuarse un ejercicio autocrítico que establezca un balance realista de los aciertos y desaciertos del kirchnerismo, para profundizar lo que se hizo bien, corregir lo que se hizo mal y hacer lo que no se hizo. (Sintetizado de Rebelión).