El moralismo selectivo y el Lava Jato a medida

AQUELLA ADVERTENCIA DE ARTURO FRONDIZI

Sostener que la corrupción podrá frenarse entregándole
la administración del Estado a sus contratistas puede
parecer tan asombroso como apoyar los golpes de Estado
para restablecer la democracia.
Sebastián Fernández
Como los yrigoyenistas o los peronistas del ’55, los kirchneristas acumulan todos los vicios y conllevan todos los peligros. Pueden intervenir en las causas que los involucran, aún desde la oposición, y tienen los medios para fugarse. De ahí que sean candidatos a la prisión preventiva a diferencia de los imputados del gobierno de los CEO que, al parecer, carecen de la posibilidad de presionar a los jueces desde el Ejecutivo y no disponen de recursos para huir al extranjero.

Un sistema regional.
La cárcel de Lula a partir de una causa imaginaria y el pedido de captura del ex presidente Correa indican que los reiterados pedidos de desafuero de CFK no son una variante local para apartar el terrible peligro populista sino que forman parte de un sistema regional. El “Lava Jato a medida”, como lo llamó con acierto Fernando Rosso es el último capítulo del confusionismo denunciado por Frondizi. Consiste en una operación llevada adelante por la santa trinidad conformada por los medios, la Justicia federal y los servicios, asociada por ahora con el gobierno, para mantener un alto nivel de indignación pública y una constante persecución judicial sobre la oposición, al menos sobre la que más preocupa al gobierno y al establishment financiero.

El confusionismo.
En 1964, dos años después de ser derrocado, Arturo Frondizi publicó “Estrategia y táctica del movimiento nacional”. En el prólogo, el ex presidente -que llegó al poder en 1958 gracias a los votos del peronismo proscripto- explica que lo impulsa “la necesidad de armar a los militantes de la causa de la Nación para que libren con éxito la batalla que plantea el confusionismo”. El confusionismo no era una nueva doctrina filosófica de origen más o menos oriental sino el sistema comunicacional con el que, según Frondizi, los adversarios del campo popular buscaban incidir en la opinión pública. Se trataba de “la clásica acusación de inmoralidad y peculado que (ese sistema) lanza contra los gobiernos de origen popular”.
El capítulo cuarto, “La corrupción” (página 127), tiene una sorprendente actualidad. En rigor de verdad debería llamarse “sospechas de corrupción” ya que trata de “la corrupción como pretexto para derribar gobiernos populares” y ofrece varios ejemplos históricos que ilustran ese mecanismo, desde Mariano Moreno hasta el propio Frondizi, pasando por Hipólito Yrigoyen o Lisandro de la Torre.

Antes, los radicales.
Hay abundantes citas de época, como la de Matías Sánchez Sorondo, ministro del Interior de Uriburu, referida al gobierno de Yrigoyen que acababan de derrocar: “una horda, un hampa, había acampado en las esferas oficiales y plantado en ellas sus tiendas de mercaderes, comprándolo y vendiéndolo todo, desde lo más sagrado hasta el honor de la Patria”. También cita al senador jujeño Benjamín Villafañe, ex radical devenido conservador y partidario del golpe de Uriburu, quien en pleno recinto afirmó: “Al yrigoyenismo lo forman ciento diez mil prontuariados en la sección Robos y Hurtos, sesenta mil pederastas y cincuenta mil más que viven de la explotación de las mujeres”.
Ocurre que no existiendo todavía el peronismo, las hordas de ladrones eran necesariamente radicales.

Las nuevas “hordas”.
Para Frondizi, el mismo proceso ocurrido con Yrigoyen se repitió con Juan Domingo Perón y luego con su propio gobierno: “La calumnia organizada logró movilizar a amplias capas populares para derribar a gobernantes elegidos por la inmensa mayoría del pueblo” escribió 45 años antes del debate sobre la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, denunciando el hoy famoso “rol de los medios”. Por un lado las operaciones de prensa mantenían la indignación pública y por el otro, la presión judicial disciplinaba a los políticos populares a través de investigaciones digitadas, secuestros de bienes e inhabilitaciones públicas.
La letanía antikirchnerista lanzada desde el coro estable de los “medios serios” y retomada por su oposición se inscribe dentro de esa noble tradición de moralismo selectivo. Los kirchneristas también son una “horda” como los yrigoyenistas, y como Perón, Néstor Kirchner y CFK buscaron adueñarse del Estado para saquearlo. Las críticas nunca se refieren a las iniciativas políticas de esos períodos, que son las verdaderas causas del odio de su oposición, sino que se centran en una indignación moralista de bordes lábiles. Una denuncia equivale a una sentencia firme y la corrupción de un funcionario no sólo invalida al gobierno entero sino también al conjunto de sus iniciativas.

Esa mujer.
Hace más de 900 días, Milagro Sala fue encarcelada por “incitación al acampe” y luego mantenida en prisión a través de un festival de causas a medida, incluyendo una por escrache telepático. Pese a los reclamos del grupo de trabajo de la ONU y de organismos como Amnesty y Human Right Watch, Gerardo Morales, visir de la Puna, mariscal del Altiplano, marqués de Ledesma, maharajá del Potosí, Defensor de la Justicia, Orgullo Radical y Azote de Dios afirmó con valentía: “No voy a liberar a esa mujer”. Una honesta declaración de principios que nos hace recordar a otro hombre de la Puna, el citado senador Villafañe.
El martes pasado, luego de siete años de bombardeo mediático, Amado Boudou fue condenado a 5 años y 10 meses de prisión y a inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por el caso Ciccone. El testigo clave de la causa, Alejandro Vandenbroele, afirmó no conocer personalmente a Boudou y trabajar para el banquero Jorge Brito, quién tuvo la suerte de no aparecer en la causa. El tribunal ordenó la detención inmediata del ex vicepresidente sin esperar la sentencia firme, una medida extrema que el fiscal no había solicitado y que el tribunal nunca había ordenado antes.
Como los yrigoyenistas o los peronistas del ’55, los kirchneristas acumulan todos los vicios y conllevan todos los peligros. Pueden intervenir en las causas que los involucran, aún desde la oposición, y tienen los medios para fugarse; de ahí que sean candidatos a la prisión preventiva a diferencia de los imputados del gobierno de los CEO, que al parecer carecen de la posibilidad de presionar a los jueces desde el Ejecutivo y no disponen de recursos para huir al extranjero.

Lava Jato a medida.
La cárcel de Lula a partir de una causa imaginaria y el pedido de captura del ex presidente Correa indican que los reiterados pedidos de desafuero de CFK no son una variante local para apartar el terrible peligro populista sino que forman parte de un sistema regional.
Sostener que la corrupción pública podrá frenarse entregándole la administración del Estado a sus contratistas puede parecer tan asombroso como apoyar los golpes de Estado para restablecer la democracia pero esa no es la única similitud con nuestro pasado. El “Lava Jato a medida”, como lo llamó con acierto Fernando Rosso es el último capítulo del confusionismo denunciado por Frondizi. Consiste en una operación llevada adelante por la Santa Trinidad conformada por los medios, la Justicia federal y los servicios, asociada por ahora con el gobierno, para mantener un alto nivel de indignación pública y una constante persecución judicial sobre la oposición, al menos sobre la que más preocupa al gobierno y al establishment financiero.

Discusión ocultada.
Su objetivo es reemplazar la discusión política y el debate entre modelos de sociedad por la lucha estridente entre probos y deshonestos. Así, los bolsos y cuadernos ocultan la caída de salarios y jubilaciones, el aumento del desempleo o la bomba de tiempo de las Lebac y el endeudamiento. Como cualquiera puede verificarlo al analizar la generosa repercusión mediática de las denuncias que involucran a dirigentes kirchneristas frente a la mesura que suele acompañar las investigaciones sobre la corrupción oficialista, es claro quienes son los probos y quienes los deshonestos, al menos para nuestros medios serios.
Como escribió hace casi medio siglo en su manual para la militancia el presidente preferido de Mauricio Macri: “La única manera de contrarrestar esas campañas psicológicas consiste en denunciarlas constantemente, poniendo en claro cuales son los mecanismos y dispositivos utilizados para difundirlas y cuales son sus verdaderos fines ocultos”. (Nuestras Voces).