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El papel del libro

Que en plena era de las telecomunicaciones digitales un libro en formato papel haya armado semejante conmoción reconforta el espíritu. Las amplias instalaciones de la Feria del Libro de la Ciudad de Buenos Aires resultaron estrechísimas para albergar a la multitud que se convocó en la presentación de Sinceramente, la opera prima de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Se hizo necesario instalar pantallas afuera de la sala Jorge Luis Borges, e incluso afuera del predio en donde la calle fue desbordada por una aglomeración nunca vista en la muestra editorial porteña.
La televisación del acto alcanzó 36 puntos de rating y la venta de ejemplares ya supera las tres centenas de miles, es decir, un impacto cultural, social y político fuera de lo común por donde se lo mire.
Desde luego, no puede ignorarse el hecho de que la protagonista de semejante suceso no es una escritora sino una dirigente política, dos veces presidenta de la Nación y hoy por hoy la figura más convocante, por lejos, de la oposición. Hay que mostrar galardones de esa talla para lograr tan alto nivel de atención pública.
Pero así y todo no deja de resultar un sorpresa muy gratificante el hecho de que el motivo central de tanto «ruido» haya sido el libro. Por méritos propios el libro es, en sí, la encarnación misma de la cultura universal. Si una persona, un o una habitante de cualquier lugar del planeta, fuera desafiada a citar los logros más sublimes del espíritu humano, es altamente probable que unos cuantos libros figuren en primer lugar en esa virtual enumeración. Porque incluso el libro contiene a las otras manifestaciones del arte en su sentido más amplio.
La política tuvo en el libro un instrumento de valor inapreciable. Unos pocos ejemplos bastan para confirmarlo: La República, de Platón; El Príncipe, de Maquiavelo; el Contrato Social, de Rousseau y, por qué no, entre nosotros, en este arrabal sudamericano, el Facundo de Sarmiento o el Martín Fierro de Hernández. Libro y política conforman un bipolo esencial.
En momentos de caída catastrófica en la venta de libros, con una industria editorial abandonada a su suerte ante el retiro del Estado que imprime el pensamiento -permítase la licencia- neoliberal, este suceso adquiere una relevancia inusitada. Porque instala al libro en el centro de la escena política y cultural y convoca a millones de personas a la lectura. Conmueve profundamente saber que muchos argentinos acosados por una crisis económica que adelgaza sin piedad los bolsillos compran «a medias» este libro de CFK. Algo impensado poco tiempo atrás.
Desde un lugar mucho más modesto, nosotros, los periodistas gráficos, los que trabajamos con el papel y la tinta como materia prima, también tenemos derecho a sentir una suerte de reivindicación por esta explosión editorial. En la era de las brillantes pantallas cibernéticas y las comunicaciones virtuales, la tosca materialidad celulósica hace alarde de su vigencia y nos muestra que sigue siendo el vehículo por excelencia de las ideas.