El plebiscito de Colombia ha planteado interrogantes

Señor Director:
Contra lo que podía esperar, el plebiscito de Colombia acerca del acuerdo de paz Gobierno-FARC, tuvo resultado negativo.
Las encuestas daban una ventaja apreciable a la aprobación del laborioso acuerdo, que llevó varios años de trámite engorroso y salió adelante por la buena voluntad de las partes, canalizada por la intervención oficiosa de Noruega y otras naciones y la disposición de Cuba para constituirse en el escenario donde el gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia alcanzaron el acuerdo.
Bien dicen que no hay que salir a vender la piel del oso antes de cazar el oso, pero lo cierto es que el acto de cierre de la negociación con un amplio acuerdo de paz, al que acudieron personalidades de muchas naciones del mundo, llevó a pensar que el plebiscito se había convertido en trámite. La alegría tuvo expresión pública, pero media población de Colombia rechazaba el acuerdo o dudaba si era lo mejor.
Conviene tener presentes los números que arrojó la consulta al soberano del pasado domingo: por el no 50,23, por el sí 49,76 por ciento. O sea poco menos de medio punto de diferencia. También conviene tomar en cuenta el porcentaje de concurrencia a las urnas, que fue del 37,37 por ciento. Son cifras al cierre del escrutinio dominical, pero no queda margen para cambios significativos.
El último dato citado (concurrencia) revela que votó alrededor de un tercio de los empadronados, uno de cada tres de los ciudadanos habilitados, mientras que no lo hizo el 62,63 por ciento.
No tengo presente el porcentaje de concurrencia a decisiones políticas de cualquier tipo en ese país. En general, cuando el voto no es obligatorio, la concurrencia cae sensiblemente, sobre todo cuando no hay conflictos agudos. De todos modos, esta actitud de dos tercios de los ciudadanos de no participar del plebiscito impresiona por su proporción e inclina a pensar que ahí puede estar una de las claves de este no, que si bien es débil, lo mismo es decisivo. Esperaré a conocer análisis de quienes están en el escenario y tienen todos los datos pertinentes, pero me quedo con la idea de que tanta retracción ciudadana debe incluir la clave de este no. Lo mismo hubiese sido un sí con igual diferencia. Si dos de cada tres de los colombianos no fue a los comicios, no se puede evitar el pensamiento de que existe, no tanto una colosal indiferencia, sino un alto grado de recelo, herencia de más de medio siglo, lapso durante el cual hay tiempo sobrado y motivos para que cada individuo crea saber a quién debe considerar enemigo. Tengo presente la experiencia de la guerra civil española, que si bien fue breve, en comparación con Colombia, culminó un largo proceso y fue intensa en todo sentido. Y aún hoy sigue determinando comportamientos a casi ochenta años de cesada esa contienda.
Consuela saber que no se cae todo lo logrado en la laboriosa gestación de la paz. El acuerdo de dejar las armas ha sido ratificado por el presidente colombiano y por las FARC. Esto significa que ninguna de las partes ha salido corriendo a alistar las armas para proseguir la sangrienta rutina de más de medio siglo. No obstante, significa que el peso de salvar lo salvable se descarga principalmente sobre las espaldas del presidente Santos y de la política.
Lo rechazado fue la negociación final, es decir, los detalles del proceso de desarme y las bases de ese acuerdo, que incluían la puesta en disponibilidad de tierras de labor para descomprimir el secular conflicto de la parte del campesinado que llegó a la guerra por falta de reforma agraria. Tal fue, en Colombia, la causa del Bogotazo. Tal reforma es, asimismo, el cuello de botella en gran parte de la América hispánica.
El voto por el “no” es débil, pero decide que esta tragedia siga empantanada en una forma que vuelve a poner en riesgo el proceso de paz que la región acababa de celebrar en la misma Bogotá.
Atentamente:
Jotavé

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