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El poder de los símbolos

Esta semana volvió a producirse un fenómeno químico bastante común en la naturaleza, la combustión de una estructura de madera por acción -accidental, que se sepa hasta ahora- del fuego. Pero como ese notorio incendio se produjo en la catedral de Nuestra Señora de París, en el kilómetro cero de la ciudad más visitada del mundo, las chispas dispararon una miríada de símbolos y significados.

Según el ojo.
Los cholulos salieron corriendo a buscar sus fotos de viaje, para desempolvar imágenes de sí mismos frente a la famosa catedral, y así confirmar el propio status.
Algunos ateos militantes se apuraron en celebrar las llamas que destruían ese símbolo religioso, alegría que les duró poco al comprobar que la iglesia sería prontamente reconstruida, a un costo obsceno, tan luego con fondos del Estado francés.
Los amantes de las teorías conspirativas pronto vieron la sombra del poder en este hecho tan oportuno para promover sentimientos de unión, en momentos en que un poderoso movimiento de bases -los «chalecos amarillos»- socava las bases del entente neoliberal gobernante en Francia.
Cierta gente bienpensante lloró la destrucción de un «símbolo de Occidente», pensamiento curioso si se considera que la religión católica que levantó ese edificio tuvo su origen en lo que hoy denominamos «Medio Oriente». Y que, desde luego, la definición de «Occidente» es cada vez más resbaladiza.

Otros fuegos.
No sin razón, hubo quienes exhibieron fotos de los templos arrasados en Bagdad o en Damasco, no por obra del azar, sino por la criminal pulsión bélica del propio Occidente, incluso con armas y soldados franceses.
Los niños se preocuparon por la suerte del habitante más notorio -aunque ficticio- de esa catedral, el Jorobado ideado por Víctor Hugo y multiprocesado por Disney.
Los millonarios culposos se apuraron a donar millones para la reconstrucción del templo, justo a tiempo para deducirlos en su declaración anual de impuesto a las ganancias y al patrimonio neto.
Los exquisitos luthiers franceses habrán llorado amargamente la combustión de esos maravillosos leños con casi nueve siglos de estacionamiento, con los que a no dudarlo hubieran fabricado instrumentos sublimes.
El presidente francés -cuyo apellido suena curiosamente como un superlativo del de su par argentino- no dejó pasar la ocasión de parecer digno y ejercer el «liderazgo» que demandan estas tragedias, que parecen tan raras y que en realidad son tan frecuentes.
Y después están los católicos franceses de a pie -¡de ellos se trata!- que este domingo de Pascuas extrañarán el tañir de aquellas campanas centenarias, las que los mantuvieron en su fe incluso cuando su ciudad era ocupada por las hordas nazis, y su dios parecía haberlos abandonado.

Humanismo.
Repare el lector en cómo un mismo hecho físico puede evocar tantos significados diferentes para tanta gente, y conste que la enumeración aquí intentada es más que somera. Para entender y abarcar toda esta complejidad hace falta una cuota no menor de humanismo.
Lamentablemente el mundo -salvo honrosas excepciones- no está gobernado por humanistas, sino por magnates inmobiliarios, tecnócratas irredentos, ingenieros disléxicos y asesinos de toda laya. Así nos va.
Si hasta se llega a extrañar a los «conservadores» dirigentes del siglo XX, como el ex militar De Gaulle, quien en un rapto poético, definió todo su programa político como la búsqueda de «una cierta idea de Francia».
Esa idea involucra un cóctel variable que incluye el buen vivir, los subsidios agrícolas, una lengua en retirada pero poderosa culturalmente, un amor por el pensamiento, el arte y la rebelión, y una diversidad de localismos y particularismos interminable. El propio De Gaulle se quejaba de lo difícil que era gobernar un país «con más de 258 variedades de queso». Hoy existen más de 1.600.
Notre Dame, en su limitada manera, forma parte, a no dudarlo, de esa «cierta idea» que hace que los franceses sean quienes son. Lo cual no quita que los propios galos se hayan encargado de destruir ese mismo templo cuando, en tiempos de la Revolución, lo percibían como un símbolo de la opresión de la que la Iglesia Católica participaba gustosa.
Para eso están los símbolos. No para ser entronizados -aunque frecuentemente lo sean- sino para guiarnos en la búsqueda de aquella «cierta idea» de lo que somos y del destino que añoramos, tanto en Montmartre como en Villa Alonso.

PETRONIO