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El principal problema de Venezuela es el gobierno de Trump

MADURO, EN LA MIRA DE ESTADOS UNIDOS

A ningún país debería interesarle más que a la Argentina que la situación en Venezuela no escale hacia niveles superiores de confrontación violenta, dada la enorme riqueza petrolera de Vaca Muerta, donde ya operan empresas estadounidenses.
POR HORACIO VERBITSKY
El principal problema de Venezuela es la descarada intervención del gobierno del presidente Donald Trump y los halcones que lo flanquean, el secretario de Estado, Mike Pompeo, y el asesor de seguridad nacional John Bolton. Pero no carece de importancia reconstruir qué la hizo posible. Así como Trump lamentó que antes de atacar Trípoli, el gobierno de su predecesor Barack Obama no hubiera pactado con la oposición a Gadafy la participación estadounidense en la explotación del petróleo libio, Bolton le dijo a la cadena Fox que están en conversaciones con grandes empresas petroleras estadounidenses de cara al futuro. «Sería una gran diferencia, económicamente para Estados Unidos, si conseguimos que empresas petroleras americanas participen en la inversión y producción de petróleo de Venezuela».
Sonriente como si se tratara de un juego, llegó a decir que si el presidente Nicolás Maduro no acepta marchar al exilio en una bonita playa podría terminar en otra playa, pero de Guantánamo, el territorio arrebatado a Cuba en 1898, donde Estados Unidos ha montado una cárcel de alta seguridad en la que se denunciaron graves violaciones de los derechos humanos de los detenidos luego del 11 de septiembre de 2001. Esta política estadounidense retrotrae las relaciones a 1845, cuando el director de Democratic Review, John O’Sullivan, escribió que era «nuestro destino manifiesto llenar el continente otorgado por la Providencia para el libre desarrollo de nuestra cada vez más numerosa gente». Al año siguiente y pretextando un incidente, Estados Unidos le arrebató California a México.
Desde la primera guerra del Golfo, hace dos décadas, hasta las intervenciones estadounidenses en Irak, Afganistán, Libia y Siria, América Latina salió del radar estadounidense. Esta bendición coincidió con el fin del ciclo de las dictaduras militares. Hubo de todos modos una serie de episodios que pusieron en evidencia el hielo fino sobre el que patinaban los gobiernos populistas: el fallido golpe contra Hugo Chávez en Caracas, en 2002; el alzamiento de la Media Luna contra Evo Morales en 2008; el derrocamiento del presidente de Honduras Mel Zelaya en 2009; la destitución exprés del presidente de Paraguay, Fernando Lugo, en 2012. Pero la fecha clave es diciembre de 2017, cuando Trump firmó la Estrategia de Seguridad de su país, sostenida en cuatro pilares. El segundo es promover la prosperidad de los Estados Unidos y lleva el sugestivo subtítulo «Seguridad Económica es Seguridad Nacional».

Los cinco objetivos.
Para lograrla se señalan cinco objetivos: Rejuvenecer la Economía Doméstica (es decir el mercado interno); Promover Relaciones Económicas Libres, Justas y Recíprocas; Ser Líder en Investigación, Tecnología, Invención e Innovación; Promover y Proteger nuestra Base de Seguridad Nacional en Innovación (contra la penetración de competidores como China); Afirmar el Predominio Energético.
Para cada objetivo se fijan diversas prioridades. Una es ocuparse de los «gobiernos izquierdistas autoritarios de Venezuela y Cuba», que permiten que operen los competidores de Estados Unidos, China y Rusia, que «buscan expandir sus vínculos militares y la venta de armas en la región». Pero además, China busca atraer a la región a su órbita mediante «inversiones y créditos estatales». La tercera prioridad es Combatir la Corrupción en el extranjero, «apuntándoles a los funcionarios extranjeros corruptos y trabajando con los países para que mejoren su capacidad de enfrentar la corrupción, de modo que las empresas de los Estados Unidos puedan competir en forma limpia en un entorno de negocios transparente».
No hizo más que poner en un documento de acceso público algunas decisiones que ya estaban en ejecución: denuncia del político ecuatoriano Fernando Balda contra el presidente Rafael Correa en 2013, que se reactivó al terminar su mandato y hoy no le permite volver a su país, exiliado en Bélgica; las múltiples denuncias contra CFK a partir de 2014, reforzadas en 2015 junto con un operativo de desinformación impulsado por los fondos buitre, con datos falsos divulgados por Daniel Santoro y Jorge Lanata en los medios del Grupo Clarín; la acusación por una red de corrupción en Petrobrás contra Lula y Dilma Roussef, en 2015; la destitución de Dilma en 2016 y la detención de Lula en 2018 para impedirle volver a la presidencia por elecciones. Esto incluye también la detención del principal constructor de la región, el brasileño Marcelo Odebrecht, quien es socio del presidente argentino Maurizio Macrì, y varias investigaciones en Italia, Estados Unidos, Brasil y la Argentina contra Paolo Rocca y el Grupo Techint.
El anuncio del retiro de tropas de Afganistán formulado hace un mes por Trump (y resistido por el establishment militar y por el propio Partido Republicano, alineado en este punto detrás del presidente de su bloque de senadores, Mitch McConnell) coincide con la renovada atención que Trump dedica a lo que allí llaman el Hemisferio Occidental. Fue Bolton quien definió el nuevo eje del mal, lo que llamó la troika de las tiranías de Cuba, Venezuela y Nicaragua, que se ilusionó con ver caer.
A ningún país debería interesarle más que a la Argentina que la situación no escale hacia niveles superiores de confrontación violenta, dada la enorme riqueza petrolera de Vaca Muerta, donde ya operan empresas estadounidenses a la que se suman los nuevos yacimientos de shale gas y petróleo descubiertos en la provincia de Santa Cruz, cerca de la frontera con Chile; la existencia cerca de Vaca Muerta de una estación china de rastreo satelital, y de una base estadounidense, construida con el pretexto de asistencia humanitaria, en una zona desierta. Ni el gobierno ni las fuerzas que se le oponen parecen haber tomado conciencia de que la Argentina ha quedado envuelta en el ajedrez estratégico que hoy enfrenta a Estados Unidos con China, en el plano económico, y con Rusia en la confrontación militar, con renovada dimensión nuclear.
No hay en la Argentina de hoy ningún político con la visión que en 1961 impulsó al presidente Arturo Frondizi a tender puentes entre el Che Guevara, a quien recibió en secreto en la residencia de Olivos, y el gobierno estadounidense de John F. Kennedy.
No sirvió de gran cosa, dado que seis meses después fue derrocado por un golpe militar, y ya sin ese estorbo la confrontación Este-Oeste se instaló como el ordenador ineludible de las relaciones políticas internas, y dio lugar a pugnas sangrientas entre bandos nacionales que terminaron por parecerse a la caricatura que el oponente hacía de ellos.

Confusiones.
La Guerra Fría terminó con la disolución de la Unión Soviética y la transformación del comunismo chino en un capitalismo de estado abierto a la inversión extranjera, que compite con el estadounidense. Pero la crisis venezolana, agravada por la prepotente amenaza de intervención por parte de Estados Unidos, con el apoyo del secretario general de la OEA y de varios gobiernos de la región, entre ellos el argentino, también ha dado lugar, a derecha e izquierda, a una serie de anacronismos que dificultan la imprescindible búsqueda de una solución pacífica y democrática.
Por ejemplo: que Maduro es Hugo Chávez; que el socialismo bolivariano del siglo XXI es la revolución cubana de 1959; que la Rusia de Vladimir Putin es la Unión Soviética dispuesta a proteger al gobierno popular, como lo hizo con Cuba; que la República Popular China impedirá con su comercio y sus inversiones el estrangulamiento de la economía venezolana que propugna Estados Unidos; que el éxodo venezolano es un invento de la propaganda imperialista.
Nada de eso es cierto, pero disipar tales confusiones no es una tarea simple. El absurdo de la consagración de Juan Guaidó como autodesignado a cargo de la presidencia, a quien Estados Unidos le entrega fondos del Estado venezolano, no implica que los títulos de Maduro sean impecables. La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos publicó en 2017 el informe «Violaciones y abusos de los derechos humanos en el contexto de las protestas en la República Bolivariana de Venezuela del 1° de abril al 31 de julio de 2017» (realizado a distancia porque el gobierno no le permitió el ingreso al país) y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos el informe «Institucionalidad Democrática, Estado de Derecho y Derechos Humanos en Venezuela», que aborda violaciones a los derechos humanos en materia de protesta social, libertad de expresión y derechos económicos, sociales y culturales. La Oficina del Alto Comisionado publicó en 2018 un segundo informe sobre el mismo tema: «Una espiral descendente que no parece tener fin», donde amplía la mirada a violaciones más allá de los contextos de protesta, incluyendo ejecuciones extrajudiciales en operativos de represión al delito y la ausencia de investigación sobre esas muertes. En septiembre de 2018, la nueva Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, la ex presidente socialista de Chile, Michelle Bachelet, se refirió al flujo de migrantes venezolanos hacia los países vecinos y destacó violaciones de derechos económicos, sociales y culturales (muertes por desnutrición o enfermedades prevenibles) y derechos civiles y políticos, incluyendo detenciones arbitrarias de opositores, malos tratos y restricciones a la libertad de expresión.
El 1° de febrero, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos declaró su alarma «ante la represión masiva contra manifestantes en Venezuela, así como por las preocupantes cifras de detenciones arbitrarias registradas en el marco de las protestas sociales que han tenido lugar la última semana», es decir desde la autoproclamación de Guaidó, aunque el texto no lo dice. El Relator de la CIDH para Venezuela, Francisco Eguiguren, sostuvo que «las prohibiciones generales al ejercicio del derecho a participar en protestas pacíficas no pueden servir de fundamento para vigilar, detener y someter a procesos penales a manifestantes o líderes sociales por el sólo hecho de expresar sus opiniones sobre una política o medida gubernamental». Eguiguren es el comisionado que visitó a Milagro Sala en la cárcel de Alto Sufridero y reclamó su libertad. La Relatoría de la CIDH para la libertad de expresión agregó que el gobierno está deteniendo y deportando a periodistas extranjeros. Según el gobierno no contaban con acreditación. La CIDH reiteró su deseo de realizar una visita in loco, que solo puede ocurrir con la anuencia del Estado.

Hacer agua.
Sobre algunos de estos puntos versó la entrevista que la semana pasada le realizó BBC Mundo al sociólogo alemán Heinz Dieterich, autor en 1999 junto con Noam Chomsky del libro La sociedad global. Educación, mercado y democracia. Dieterich fue asesor personal con gran influencia sobre el teniente coronel Hugo Chávez, quien adoptó el modelo del alemán de «socialismo del siglo XXI».
Según Dieterich, Chávez adaptó el concepto del socialismo del siglo XXI y diseñó un modelo «que funciona hasta el año 2010 y que se basa en un barril de petróleo a 120 dólares y en la coexistencia con la burguesía. Ese modelo empieza a hacer aguas cuando la economía mundial cambia y no se hacen las reformas estructurales necesarias para un Estado moderno, anticorrupción. No habiendo formado jóvenes cuadros con ética política y sin haber creado un partido como conductor del proceso, este cae en manos de Maduro y se deteriora totalmente pues gira en torno a un eje: mantenerse en el poder. Maduro desconoce las señales de la realidad como, por ejemplo, la derrota parlamentaria de 2015, las cifras de inflación indetenible y el creciente aislamiento».
Dieterich denunció que se avecinaba el «asalto final del Imperio». Ve a Trump debilitado por su derrota en las últimas elecciones, con riesgo de juicio político y necesitado de «algún tipo de éxito. Los generales abandonaron el gabinete y él queda con una tropa de ideólogos muy peligrosos para la paz mundial» como Bolton y Pompeo. «Esa gente ve que aquí puede haber una victoria barata en América Latina porque el régimen de Maduro ya no tiene fuerza». Por eso «le confiscan Citgo, le bloquean el financiamiento y amenazan militarmente con la alianza con Colombia y Brasil» (si bien hasta Bolton ha sostenido que no habrá ocupación militar). Como «Europa, Estados Unidos, Japón y los países importantes sudamericanos se unen a esa agresión, es un ataque tan abrumador que queda absolutamente claro que no hay salvación para Maduro». Para el ex asesor de Chávez, «la solución es que Maduro se vaya, se fije una fecha para las elecciones democráticas, se forme un gobierno transitorio democrático y se establezca una especie de plan Marshall con US$50.000 millones o US$60.000 millones para ayudar a la población. La dimensión de la tragedia es tal que se necesita reconstruir todo y enviar de inmediato grandes cantidades de alimentos y medicamentos, pero nada de eso requiere la intervención militar. Hay que hacer un arreglo entre todas las fuerzas que tiene que incluir a China y a Rusia porque tienen inversiones de $80.000 millones de dólares allá. Posiblemente bajo supervisión de la ONU como propusieron México y Uruguay».
Para Dieterich se trata de «una política de reconquista de América Latina dentro de la Doctrina Monroe, por parte del grupo neoconservador actual que determina la política en la Casa Blanca». Aunque se hable de soberanía, «todos nuestros países son parte de grandes esferas de influencia y control. Rusia tiene la suya, Estados Unidos tiene la suya y China también. Dentro de estas áreas son las grandes potencias las que determinan la política. América Latina es un peón dentro de esto y Venezuela, por el petróleo, va a ser un blanco privilegiado para la política de Washington». Para el sociólogo alemán «las elecciones parlamentarias de 2015, que ganó la oposición, fueron aceptablemente democráticas. Después Maduro no quiso reconocer esos resultados y tampoco ayudó que la oposición dijera que en seis meses iba a sacarlo de la presidencia. Ante esa polarización, Maduro actúa maquiavélicamente y dice vamos a aprovechar todo el poder del Ejecutivo, vamos a hacer una alianza con el Tribunal Supremo de Justicia y vamos a bloquear lo que la oposición ganó en el Legislativo. Y eso lo hicieron exitosamente. Yo diría que desde 2015 no hay un ambiente democrático para realmente medir la voluntad de la población, porque el gobierno obviamente predeterminaba los resultados con medidas antidemocráticas, con mentiras y represión. Entonces, la propuesta de México y Uruguay de que la ONU debía meterse en ese conflicto, que se tenía que negociar, fue una salida estratégica. Solo una mente enferma puede preferir una salida violenta a una salida negociada. Y ahora creo que hay la posibilidad de negociaciones serias y reales».

El terreno que Sudamérica cedió.
En la última edición de la revista libro Foreign Affairs, el profesor alemán radicado en Brasil, Oliver Stuenkel, escribió que el desenlace en Caracas lo decidirán potencias externas porque Sudamérica les cedió el terreno. «Aunque la decisión de la mayoría de los gobiernos de Sudamérica de reconocer a Guaidó fue saludada como un paso decisivo en el enfrentamiento con el autoritarismo de Maduro, de hecho Sudamérica ha dejado de jugar un rol significativo en la crisis venezolana. Maduro y su joven retador saben que las Fuerzas Armadas serán el actor interno decisivo y que los únicos actores externos que de veras importan son Estados Unidos y China y, en menor medida, Cuba y Rusia. Este es un giro humillante para los gobiernos sudamericanos, que desde la transición a la democracia en la década de 1980 han tenido como meta fundamental de su política exterior reducir la injerencia externa a la región». Luego de destacar que esto es particularmente dramático para Brasil, afirma que «de nuevo, Sudamérica es el patio de juegos de las potencias extranjeras». Stuenkel habló con diplomáticos sudamericanos de alto nivel que le dijeron en privado que el colapso de Venezuela ya es inevitable y que el deterioro de la situación es tal que «cualquier mediación sería poco más que decorativa». El autor considera que es cierto que cualquier acción que hubieran tomado a partir de la asunción de Maduro, en 2013, hubiera sido «muy poco y demasiado tarde, la Argentina y Brasil podrían haber hecho mucho más durante los años de Chávez, condicionando el acceso de Venezuela al Mercosur al respeto por las normas democráticas básicas. Hoy Sudamérica paga el precio de no haberlo hecho» y tendrá poco que decir en la solución de la crisis. «Colombia puede consentir ser receptora de tropas estadounidenses, pero ningún país de la región está dispuesto a tolerar la interferencia directa. Jair Bolsonaro se inclina al apoyo retórico a Estados Unidos, pero no a la asistencia práctica. Los militares brasileños no aceptarán poner tropas en Venezuela, que incluso los gobiernos proestadounidenses de la región verían como un peligroso precedente. Es difícil que vayan más allá de medidas diplomáticas como el reconocimiento de Guaidó que ya anunciaron». Si el gobierno de Maduro colapsara, los acontecimientos futuros serían modelados en Washington y Beijing, dada su importancia económica para Venezuela, dado que los lazos de Moscú y La Habana son principalmente políticos y se encogerían si Maduro dejara el cargo. La reconstrucción llevará décadas y requerirá grandes acuerdos con los bancos de desarrollo de China y de Occidente. La extrema desigualdad y dependencia de los ingresos del petróleo y la recuperación a niveles previos a la crisis no será nada fácil.
«Los más probables candidatos al liderazgo regional es improbable que puedan ofrecer gran cosa. El presidente argentino Mauricio Macri es débil debido a una economía en dificultades y a una agotadora batalla por la reelección, mientras Bolsonaro debe demostrar que puede con los problemas políticos y económicos internos antes de asumir cualquier rol en el exterior».
En una entrevista radial, el ex jefe del Comando Sur, almirante James Stavridis, dijo que la estrategia correcta consistía en apretar al máximo las tuercas económicas, de modo que los propios militares venezolanos se encargaran de Maduro, pero no llegar a la intervención estadounidense, porque los malos recuerdos de los latinoamericanos están frescos y motivarían reacción. Nadie invistió a Estados Unidos de autoridad alguna para intervenir en los países de nuestra América y que se mencionen los derechos humanos como justificación es grotesco. Que se hable con tal naturalidad de opciones inadmisibles es también consecuencia de las oportunidades perdidas que permitieron llegar a este punto.