El proto-fascismo triunfó en Brasil

EL ELECTORADO BRASILEÑO ELIGIO A JAIR BOLSONARIO

El triunfo de Bolsonaro acentúa el retroceso político de la región, anuncia tensiones y pone en discusión si es posible un régimen fascista nada menos que en Brasil.
EDUARDO LUCITA*
Ultraderechista, xenófobo, racista, misógino, homofóbico, negacionista ambiental y autoritario, que reivindica los métodos violentos -todos componentes de una concepción fascista- es la ideología manifiesta de quién asumirá el próximo 1° de enero como presidente de Brasil.
Varios grandes grupos de electores dieron el triunfo a Bolsonaro: los que se referencian en el agronegocio y los agricultores exitosos (especialmente del sur del país); una clase media y media alta desencantada con el sistema de partidos y la democracia representativa; las fuerzas de seguridad, especialmente militares activos y ya retirados (el ejército es la institución más prestigiada del país); los grupos evangelistas, especialmente pentecostales, que son reproductores de los rasgos más conservadores de la vida y cultura americana y la corporación financiera, que busca afirmar un proyecto neoliberal de largo plazo.

Un fenómeno multicausal.
El fenómeno político que concentró tantos y diversos apoyos, que culminó en el triunfo electoral -previo encarcelamiento sin causa demostrada de Lula y la destitución de Dilma Rousseff por golpe jurídico-institucional- de Jair Bolsonaro obedece a la combinación de razones y causas muy complejas, algunas coyunturales y otras más estructurales sustentadas en un fuerte deterioro político-social.
No se explica solo por cuestiones nacionales (aunque estas no son menores) sino que hay que ubicarlo en el marco internacional surgido luego de la crisis del capitalismo mundial del 2008, cuyos estertores aún sufrimos y que tuvo como resultado la fuerte concentración de los ingresos y una exacerbación de las desigualdades sociales en el mundo. El impacto político antiglobalización de esta crisis está llegando a nuestras costas, luego de iniciarse con la asunción de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU. y el Brexit en Inglaterra y continuar con fenómenos y líderes emparentados con Bolsonaro en Europa (Hungría, Italia, Austria y el ascenso de formaciones de extrema derecha en otros países, Holanda, Suecia…) que ponen en cuestión a la propia Unión Europea. El peligro de esta amenaza es que el bolsonarismo se extienda a otros países de nuestra América latina.

Varios factores.
Hay tres cuestiones simultáneas que parecen haber sido determinantes: a) la crisis económica gestada bajo el gobierno de Dilma (caída del PBI de 7 por ciento entre 2015-2016, la más fuerte en Brasil desde los años 30 del siglo pasado), luego del fuerte crecimiento bajo los gobiernos Lula) y las dificultades para retomar el crecimiento bajo el desprestigiado gobierno de Temer (llegado al poder político luego del golpe jurídico-institucional; b) la corruptela generalizada que alcanza a toda la clase política brasileña desnudada por el Lava Jato (un mecanismo de saqueo sistemático de las cuentas públicas en beneficio de la política y los políticos) y c) la inseguridad social expresada en el crecimiento de la violencia y los homicidios (Brasil aparece hoy como uno de los países más inseguros del mundo).
Otros factores a tener en cuenta: a) el descrédito del PT y el odio de clase al “lulismo” (el fiasco del gobierno de Dilma); el PT en el centro de la corrupción (dineros para comprar legisladores y aprobar leyes en el Parlamento; financiamiento para campañas electorales y recursos para el funcionamiento de los partidos) y “excesivos” derechos a los afrodescendientes y a los originarios. b) la consolidación cultural de valores conservadores (machismo, racismo, xenofobia, homofobia, justificación de la violencia) y c) el descrédito de la democracia liberal (delegativa), del establishment democrático y el consiguiente rechazo al sistema de partidos.

Proto-fascismo.
Lo que está en discusión -junto con qué tipo de alianzas para enfrentarlo y qué resistencias- es si el triunfo electoral de Bolsonaro significa que mecánicamente pueda llegar a instalar un régimen fascista. Conviene entonces recordar que un régimen de esta naturaleza tiene dos componentes que es necesario distinguir: por un lado el fascismo como movimiento compuesto por capas medias de la sociedad -pequeña burguesía, sectores de la aristocracia obrera, burgueses en crisis- y por el otro el fascismo como régimen burgués propiamente dicho, expresión de los intereses del gran capital y su ofensiva de guerra contra los trabajadores y sus organizaciones para favorecer la reproducción del capital. La constitución del movimiento como tal requiere de un programa, y el pasaje a un régimen -cuando la impotencia de la pequeña burguesía deja paso a la hegemonía del gran capital- es lo que define el estado de situación.
¿Será sólida la base de masas que se expresó electoralmente? ¿Cuánto del voto es rechazo al PT y al lulismo y cuánto de apoyo efectivo a las ideas de Bolsonaro? ¿Qué contradicciones se desenvolverán al interior de ese variopinto apoyo? ¿El nacionalismo de los militares chocará con el neoliberalismo del futuro ministro de economía?

Contradicciones.
Todo movimiento necesita de una base programática. Bolsonaro trocó su nacionalismo original en una propuesta de programa privatizador-liberalizador y aperturista de la economía. Esto fue rápidamente rechazado por los militares que no acuerdan con la privatización de Petrobras y Electrobras, en tanto que los grandes industriales de San Pablo reclaman por la defensa del mercado interno y lo que consideran privilegiará al agronegocio. Los mercados financieros, que saludaron con subas el anuncio de quien sería el próximo ministro de economía, vieron caer sus cotizaciones cuando dio marcha atrás con las privatizaciones, diciendo que privilegiaría los núcleos estratégicos, y anunció cambios en la política de ajuste jubilatorio de Temer para preservar privilegios de los militares.
Así el programa a llevar adelante, más allá de las declaraciones, generará contradicciones y está por definirse y por lo tanto también la consolidación como movimiento. No obstante la situación es muy delicada y los militantes opositores sean de izquierda, demócratas consecuentes, o integrantes de minorías étnicas, sexuales o simplemente pobres correrán riesgos y necesitarán de toda la solidaridad internacional.

*Integrante del colectivo EDI (Economistas de Izquierda).