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El pueblo argentino lo repudia, Macri no

GOLPE DE ESTADO EN BOLIVIA

Para el presidente argentino, en Bolivia hay una «crisis institucional», pero en muchas ciudades del país hubo multitudinarias manifestaciones en repudio al golpe cívico-militar-policial.
IRINA SANTESTEBAN
Desde que asumió en diciembre de 2015, Mauricio Macri ha sido un representante genuino de la derecha en la región. Una de sus cruzadas, en sintonía con los EE.UU. y los países del Grupo de Lima fue intentar destituir al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Por eso, reconoció al jefe de la Asamblea Nacional Juan Guaidó como «presidente interino» y a la embajadora-usurpadora designada por éste en Buenos Aires. Bajo el gobierno de Macri, la embajada venezolana en nuestro país ha venido resistiendo durante todo este año los intentos de grupos de venezolanos que responden a Guaidó, de asaltar y copar la sede diplomática.
Ahora, frente al golpe de Estado en Bolivia, no se pronuncia repudiando esa ruptura del orden democrático y dice que en ese país hay una «crisis institucional».

Fue un golpe de Estado.
El domingo pasado hubo un golpe de Estado en Bolivia, cuando la policía primero y luego las fuerzas armadas, exigieron la renuncia de Evo Morales, en una abierta violación al orden constitucional, que establece que esas fuerzas responden a su comandante, el presidente. Fue el desenlace de tres semanas de acciones violentas dirigidas por la oposición que había sido derrotada en las urnas. Comenzaron el mismo domingo 20 de octubre, y siguieron en los días siguientes, incluso antes de que el Tribunal Supremo Electoral confirmara la victoria de Evo Morales en primera vuelta. Como en un manual de tácticas pro-golpistas, así actuaron grupos fascistas y racistas provenientes del departamento de Santa Cruz, una región donde el separatismo ya intentó tres asonadas anteriores contra el gobierno de Morales.
Detrás de estas acciones desestabilizadoras, estuvo la OEA y también el Departamento de Estado de los EE.UU., que desde hace tiempo se reúne con líderes de la oposición boliviana, para «embarrar» la cancha y no permitir un nuevo triunfo del primer presidente indígena de América Latina. Evo ya había denunciado antes de las elecciones, que se estaba pergeñando un golpe contra su gobierno.
No sólo está Carlos Mesa, el candidato opositor de Comunidad Ciudadana y quien fuera presidente en 2003-2005, cuando la población boliviana salía a las rutas a pelear en la «guerra del gas». Ahora apareció otro personaje: Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz, y que pertenece a una poderosa familia empresaria. Con un discurso fundamentalista religioso, con la Biblia en una mano y la bandera boliviana en la otra, su estilo es el mismo del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, de tinte fascista y ultramontano.

Trump y Macri.
El presidente de EE.UU. no disimuló su alegría por lo sucedido en Bolivia y saludó el golpe de Estado. Para él es el nacimiento de la «democracia» en ese país, ya que Evo Morales tuvo la osadía de expulsar de Bolivia al embajador norteamericano, al jefe de la DEA, el FBI y la USAID, para que el país del norte dejara de entrometerse en los asuntos internos.
A pesar de esa correcta decisión, Evo no pudo evitar la fuerte injerencia del país del norte como impulsor de los hechos que lo obligaron a renunciar.
En América Latina, sólo México, Venezuela, Nicaragua y Cuba repudiaron el golpe de Estado, y en Argentina lo hicieron el presidente electo Alberto Fernández y también su vice, Cristina Kirchner. Es más, AF hizo gestiones para lograr que Evo Morales pudiera salir de Bolivia en un avión enviado por el gobierno del presidente López Obrador, al que pidió asilo político y le fue otorgado.
Macri, demostrando que su discurso «republicano» es una mentira total, no repudió lo sucedido y fiel a su concepción negacionista, califica de «crisis institucional» lo que es un golpe de Estado.
Su canciller, Jorge Faurie, dio lastimosas explicaciones cuando se refirió a que la policía y las fuerzas armadas sólo «habían sugerido» al presidente y vice de Bolivia que renunciaran. Hasta Susana Malcorra, primera ministra de Relaciones Exteriores del macrismo, habló de golpe de Estado.
Sin desentonar con la actitud del gobierno nacional, el embajador argentino en Bolivia, Normando Alvarez García, se refirió a que hubo una «interrupción del orden constitucional» y un «vacío de poder» tras la renuncia del presidente Evo Morales. Sostuvo que para su gobierno «no hay un golpe de Estado» en el país vecino y comparó la situación con la crisis del 2001, cuando el ex presidente argentino Fernando de la Rúa tuvo que abandonar la Casa Rosada en un helicóptero. Pequeña diferencia, quien obligó a renunciar a De la Rúa fue el pueblo indignado, bajo una feroz represión de la policía que defendía a ese gobierno.

LA OEA.
Esta organización fue calificada como el «Ministerio de Colonias», por Raúl Roa, canciller cubano de los años ’60, cuando Cuba fue expulsada de su seno. Y como tal se comportó en este proceso, cuando luego de un informe preliminar, no definitivo, se pronunció por recomendar «nuevas elecciones», a pesar de que no pudo demostrar el fraude.
El Centro para el Desarrollo Económico y Político, un instituto de investigación independiente de los EE.UU., acaba de emitir un reporte desmintiendo a la OEA y demostrando que no hubo fraude en el proceso electoral que dio el triunfo a Morales. El CEPR dice que hubo una «manipulación de información» por parte del organismo internacional porque intentó basar el supuesto fraude en la interrupción del conteo, ya que la ley boliviana dice que debe publicar los resultados hasta llegar al 80% de los votos, y el Tribunal Electoral lo hizo habiendo relevado el 83% de los sufragios. Este organismo afirma que el conteo y la documentación respaldatoria fueron transparentes.
Aún habiendo Evo accedido a convocar a nuevas elecciones, la presión de las fuerzas policiales y armadas le obligaron a renunciar. Y qué dijo la OEA ante esto? ¡Nada!
Otro cubano, Carlos Puebla, canta un son muy popular: «Cómo no me voy a reír de la OEA, si es una cosa tan fea!». En realidad, horrible.