El pueblo brasileño votó a su verdugo

Los peores pronósticos se hicieron realidad, Jair Bolsonaro es el nuevo presidente de Brasil y eso significa un indudable retroceso político en el país vecino. Que un neofascista sea el nuevo jefe de gobierno brasileño no es una buena noticia para la región. Brasil es el país más extenso y con la economía más grande de América Latina, con eso alcanza para ejercer una enorme influencia sobre el resto del continente.
Al día siguiente de la elección el futuro ministro de Economía advirtió que el Mercosur no figura entre las prioridades del nuevo gobierno porque, según su definición, se trata de un “bloque ideológico”. Entre quienes deberían inquietarse por esas palabras está el empresariado argentino -de indudable afinidad política con Bolsonaro- porque Brasil es el principal socio económico de nuestro país. Algunos analistas cariocas han señalado que, pese a sus declaraciones dirigidas a tranquilizar a los “mercados” con frecuentes menciones a una “apertura al mundo”, Bolsonaro siempre exhibió en su larga trayectoria como legislador un fuerte perfil “nacionalista y proteccionista”. Por lo demás son conocidas las presiones del poderoso lobby industrial paulista para que el nuevo presidente mantenga ese perfil. Y se sabe que Bolsonaro no va a confrontar con el poder real que respaldó y festejó su triunfo.
En el terreno político las preocupaciones deberían ser mayores. Suman más de cien los periodistas amenazados durante la campaña, algunos de ellos a causa de haber revelado una gigantesca operación montada por empresarios bolsonaristas para divulgar fake-news (noticias falsas) por las redes sociales (ver nota en esta misma página). Ni los grandes medios corporativos se salvaron de las amenazas lo cual puso en alerta a toda la prensa sobre el futuro que puede deparar el ejercicio de la libertad de expresión.
La prepotencia del espacio político ganador no presagia nada bueno. Las declaraciones del hoy presidente no ahorraron en violencia e intolerancia al reivindicar la dictadura militar y sus prácticas genocidas, denostar a las minorías sexuales y étnicas, burlarse de los avances de las mujeres, prometer acciones violentas contra los movimientos sociales a quienes estigmatizó como “terroristas”, defender la mano dura policial y mostrarse partidario del “gatillo fácil” y llegar al extremo de amenazar con la prisión a sus adversarios políticos. Por estas demostraciones y muchas otras imposibles de mencionar en este espacio, la calificación de neofascista le cabe como anillo al dedo a Bolsonaro. Esta circunstancia no impidió que el establishment económico se encolumnara tras su candidatura para derrotar al PT, partido al que le encarcelaron su líder -Lula da Silva- mediante un proceso judicial amañado, y lo silenciaron censurándolo para que no hablara ante la prensa, un derecho que cualquier detenido común puede tener en Brasil.
Los argentinos no deberían observar con indiferencia este viraje extremo en la política brasileña, es demasiado grande nuestro vecino como para creer que no va a tener consecuencias hacia este lado de la frontera. La ola global de la derecha autocrática desembarcó en Sudamérica, y nada menos que en Brasil.