El retorno del simbolismo del día Primero de Mayo

Señor Director:
La novedad del 1° de Mayo que acaba de transcurrir ha sido reconocida como tal, pero no todas las lecturas son coincidentes.
Lo que predomina es considerar la concentración del pasado viernes 29 como un hecho principalmente político, es decir como un aviso al gobierno nacional de que los efectos de sus actos en el cuatrimestre transcurrido desde su instalación son negativos para el oficialismo. Esta lectura del acontecimiento parece decir que este gobierno puede haber actuado como un fermento para devolver al sindicalismo su rasgo combativo. Pero también permite entender que se nutre de la idea de que una parte del voto que provocó el cambio de gobierno provino del sector obrero en proporción significativa. Esto interpelaría al sector derrotado en la última elección presidencial, pues no habría advertido o no habría valorado en grado suficiente que su principal base de sustentación estaba experimentado un cambio y que éste podría quedar reflejado en el voto.
Mi propia impresión es que hubo un desplazamiento de votos, no solamente en el sector obrero sino también en los sectores populares que viven del trabajo en negro, o sea los más deprimidos. Y también hubo desplazamientos en los niveles más bajos de la clase media tradicional (la parte que habitualmente ha acompañado a las propuestas progresistas o populares). De ser esto así estaríamos ante un efecto más complejo, resultado de procesos que se están produciendo en la sociedad, en la Argentina y en el mundo. En mi nota de ayer, martes, glosé con amplitud un ensayo de Ricardo Forster (“La servidumbre voluntaria”) que da cuenta de un proceso social en desarrollo, uno de cuyos efectos es político porque distrae o aleja de la atención dominante la apreciación del fenómeno de la superconcentración del capital. Este efecto es a la vez tan real como escasamente visibilizado porque la atención y la motivación están puestas en otra cosa. Es cierto el acoso que actualmente sufre el aparato político (el Estado) para que decline su voluntad de ser actor constante y aún principal de las acciones encaminadas a restablecer la perdida equidad en la distribución del ingreso, o sea de la riqueza que produce el trabajo humano, que hoy se acumula en muy pocas manos y que pierde rápidamente sus tradicionales rasgos nacionales. Lo característico de esta etapa de superconcentración de la riqueza es la globalización, que por un lado se encamina a través de los paraísos fiscales offshore (liberándose de tributos nacionales) y por otro busca subordinar a los Estados nacionales a su conveniencia. Este dominio político y la subordinación del Estado solía ser buscado mediante el fraude o el uso de la fuerza militar y ahora se consigue por el voto.
Puede coincidirse en que el acto celebratorio del primero de Mayo, con su expresión multitudinaria y pujante en la capital federal, con réplicas significativas en el interior, estaría diciendo que el sindicalismo advierte que el proceso de sucesivas divisiones que ha vivido en el último casi medio siglo (tenemos cinco o más “centrales”) transita un camino erróneo y que es preciso restablecer la unidad esencial para defender el interés común. En su comentario periodístico Horacio Verbitsky expresa lo que puede leerse como una duda esperanzada, al decir “nada es seguro, pero ha comenzado el tiempo de las certezas”. Lo que ve como cierto es que esta dirigencia, que ha estado distraída, ha sentido el efecto que llega desde las bases de la sociedad. O sea, que la certeza aparece en las bases y no en la dirigencia, por cuyo motivo muchos analistas esperan que haya una renovación de dirigentes, como pudo anticiparlo, según Verbitsky, que la lectura del documento acordado por las centrales quedara a cargo del secretario de la Confederación de Trabajadores del Transporte, Juan C. Schmid, de “firme tradición combativa”.
Atentamente:
Jotavé