El roble tropezado

Horacio González – Fidel Castro vio la historia universal durante el largo ciclo de su longevidad, con ojos inquietos y memoria febril. Era un tipo de insurgente renacentista, interesado en todos los temas: la pesca de altura, la medicina nuclear, el pensamiento de Darwin, los capítulos que no había leído de Das Kapital, la investigación oceánica, la estabilidad ecológica del planeta, el destino de la especie humana.
Formidable orador épico, de infinitos recursos pedagógicos, se concebía como un augur o un humanista preocupado por acumular conocimientos permanentes y comprender la transitoriedad de la vida. Su patriotismo cubano excedía las limitaciones de un terruño, y se mostraba tanto más patriótico cuando fundía sus ideales con los de una humanidad redimida, y hacía entonces persistir la palabra socialismo, que había recibido duras pruebas para seguir interesando a las juventudes mundiales.
El socialismo de Fidel Castro partía como es esperable, de una meditación sobre las fuerzas productivas, pero llamaba con este clásico concepto de Marx a muchas más cosas: a la voluntad humana, a los sorprendentes análisis geopolíticos, a la resistencia de hombres y mujeres comprometidos ante cualquier adversidad, a la difícil creación de un Estado, a las no menos terribles decisiones sobre la naturaleza escurridiza del poder, que siempre precisa intervenciones rectificadoras, que en lo posible, aun cuando fueran las más duras, Fidel intentó realizarlas en un ambiente de argumentación paciente; a veces en un monólogo consigo mismo, frente a esas multitudes atentas, siempre persistentes, que se reunían en la Plaza de la Revolución.
Si tuviéramos que decir de dónde nace y qué deja como legado, a lo primero responderemos sin la menor duda: de José Martí. Hay una raíz de índole moral sacrificial en el héroe máximo de Cuba, cuyo martirologio supo interpretar Fidel, no interponiéndose en su culto laico y encarnándose en él como hombre de la Sierra y luego como hombre de Estado, sin dejar un solo momento de hacer pasar por encima de todo la figura del profético revolucionario del siglo XIX.
Fidel no dejó de bordear cierto profetismo, pero también quiso adquirir los dones del conocimiento científico. Vio a su país aliarse con el poder soviético, vio la caída de ese poder, confrontó con la emergente China y luego se dijo que Cuba tendría ese mismo destino, el de un partido centralizado y un mercado abierto a las inversiones de todo tipo. Si algo de eso ocurre, también podemos decir que eso ocurrirá bajo condiciones que ni las sabemos ni tienen libreto fijo.
En Cuba, la calle habla el idioma ancestral con su grácil cadencia brasileña, es la sociedad civil que mantiene la insurgencia como aguijón secreto aunque no se la mente todos los días o se la mente por rutinas comprensibles.
Los idiomas caribeños viven la vida de un modo carencial, lo que no inhibe el arte autónomo y la reflexión libre, conviviendo con su Estado dirigido por un partido explícito que tiene muchas veces lógicas propias, pero que también es un museo vivo de las revoluciones del siglo XX, donde pervive una idiomática que en todos lados ha sido sofocada. Ciertas palabras que conmovieron los espíritus más rebeldes, cohabitan con los automóviles viejos de Cuba, que no solo es posible ver por su fachada turística, sino porque todo en la Isla de la memoria, recuerda la historia Occidental, pero por su reverso, por sus arqueologías de un pasado viviente, deliciosamente arcaico y moderno a la vez.
Y la figura omnipresente de Castro, que fue el roble que una vez tropezó y cayó de un escenario, alertando sobre la finitud de todo. Ese fue el signo que lo llevó a meditar, casi retirado en soledad sobre lo que fenece en el género humano y cuáles serían las ideas nuevas que contribuirían a rescatarlo de las incurias conocidas del capitalismo.
El hombre que lanzaba anatemas y consejos en las plazas ante millones (¿voy bien Camilo? ¡Vas bien Fidel!) se había recogido, disconforme, como un anacoreta que sin embargo oía al mundo y se hacía oír. No podía ser de otra manera, pues estaba como lo estamos todos ante los dramáticos corcoveos de un mundo exhausto, sin gloria y gobernado por necios. Fidel Castro se había dado cuenta de todo eso aferrado a su memoria de encina revolucionaria. Los grandes árboles -robles, encinas-, son su legado, pero pensados siempre de pie ante la historia. (Nuestras Voces).

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