El terrorismo plantea un problema ético-político

Señor Director:
Luego de una pausa breve, retorno a mi añejo quehacer y se me hace indispensable partir del último o, por mejor decir, del más reciente suceso terrorista, escenificado en Munich, Alemania.
En mi más reciente comentario sobre el tema dije que ahora podía esperarse que los atentados se hagan más frecuentes porque el curso de la guerra en Siria se ha tornado desfavorable para el Estado Islámico (EI), para nada casualmente a partir de la insinuación de un cambio en la estrategia de sus oponentes principales, USA y Rusia. Si bien distantes de unir sus fuerzas para terminar con las guerras de la nueva divisoria de aguas causadas por la posguerra (guerra fría), Washington y Moscú se han hecho una concesión en Siria ante el riesgo cierto de dejar constituida allí una poderosa y expansiva base territorial para el islamismo más radical. Si bien no combaten como una fuerza coordinada, respetan áreas y han permitido que el ejército sirio recupere paulatinamente posiciones que el Estado Islámico pierde.
El lector que quiera comenzar a desenredar esta madeja puede hacer dos cosas; lo primero, despojarse de prejuicios propios y luego, puede comenzar leyendo lo que relata Eduardo Febbro, quien aquí publica en Página/12 (es argentino radicado en París). Comienza por lo más conocido: que la guerra fría tomó la importancia que tuvo porque USA e Inglaterra entendieron “necesario” evitar que Rusia, que había vencido al hitlerismo a un altísimo costo, aprovechara su presencia en Berlín y se introdujese en Afganistán, dibujando una suerte de tenaza que, de cerrarse, terminaría con el papel estelar de Europa Occidental y cumpliría el sueño de los zares de establecer posiciones permanentes.
USA asumió que el primer objetivo era desalojar a los rusos de Afganistán, para lo cual pactó con los islamistas radicales, representados por Bin Laden y su Al Qaida con el objetivo de islamizar la situación en Afganistán, haciendo de la lucha contra los “rojos” una causa de la “democracia occidental”. Al Qaida ingresó en Afganistán, entrenado y armado por USA en Pakistán y obligó a los rusos a salir de esa estratégica región. Luego Al Qaida reemplazó a los rusos como el principal peligro para la “democracia occidental” y se excedió con el hazañoso atentado de las Torres Gemelas: un éxito estruendoso, pero también el principio del fin para Bin Laden. USA entró directamente en Afganistán, donde todavía permanece sin haber dado estabilidad al gobierno local de su cuño. Le fue posible matar a Ben Laden, solo para comprobar la emergencia del extremismo islamista (el que, desde Omar, dominó todo medio oriente y regiones próximas de África, Europa y Asia).
El otro “error” de USA, según Febbro, fue combinarse con Arabia Saudita para eliminar a Saddam Husseim y la “amenaza” representada para la seguridad mundial su posesión de “armas de destrucción masiva”. Establecido allí, USA tomó la decisión de disolver el ejército, la policía y toda la inteligencia iraquí, por ser el nido del poder de Hussein y de la minoría sunnita, pero esa masa humana mejor capacitada se volcó al extremismo islamista y generó el poder del Estado Islámico. También favoreció el cambio de estrategia: nada de atentados espectaculares ni organizaciones complejas: células y acciones terroristas individuales o de un grupo pequeño, no en USA sino en el “vientre blando” de Europa. Es lo que hace en ahora en Francia, Bélgica, Alemania y también Turquía y África.
Esta explicación no agota el tema, pero ubica algunos puntos centrales del problema. En el contorno difuso de este núcleo está el pasado colonialista de Europa (que no fue una misión civilizadora ni desinteresada ni humanitaria) y el rechazo de gran parte de la actual población europea por los residentes de origen árabe e islamista, que favorece la reacción enconada, el fanatismo y la acción extremista.
Atentamente:
Jotavé