El contrabando continúa en la tradición nacional

Señor Director:
Es posible que pocas personas pongan atención en las noticias que dan cuenta de los casos de contrabando. O le reconozcan importancia.
Sin embargo, hay motivos históricos y también actuales para cambiar de actitud. Al hablar de antecedentes históricos pienso en la incidencia que tuvo el contrabando en el proceso de nuestra independencia, dado que la metrópoli solamente autorizaba el comercio con España y los ingleses buscaban socavar ese poder. Ambas coronas estaban en guerra, si bien es cierto que los imperios siempre están en guerra y buscan consolidarse los que dominan y moverles el piso los que aspiran a hacerse un lugar. Los mercaderes de Buenos Aires y los terratenientes no eran insensibles al coqueteo de las naves inglesas, siempre llenas de mercaderías de su reciente revolución industrial, a cambio de cueros y otros productos primarios de nuestras pampas. Después de dos frustraciones por tomar Buenos Aires por las armas, los ingleses volvieron a hacer lo que mejor saben y hallaron complaciente disposición en un sector porteño. Es también una continuada tradición nacional que los porteños miren para afuera y hacia el norte. Exportando cueros por las vías legales o por el contrabando, arruinaron la pequeña industria del interior que se las ingeniaba para hacer y vender los aperos y otros artículos de esa materia prima. Los ingleses traían productos más llamativos. Esta relación del puerto (los porteños) con los ingleses se prolongó largamente después de la independencia y tuvo una de sus manifestaciones señeras en el acuerdo Roca-Runciman ya adentrados en el siglo XX. Este embeleso no ha cesado, aunque cambie el protagonista externo.
El contrabando siempre ha estado activo. Desde hace un tiempo tiene sus principales vías a través de los territorios de Paraguay y Bolivia. Desde la frontera norte llegan las noticias de la continuidad de este ir contra el bando que los gobiernos nacionales se empeñan por imponer para completar el proceso nunca acabado de la independencia y el desarrollo económico. Por ahí busca entrar lo que no tiene tanta facilidad por el río de la Plata. Por ahí viene la droga: la pesada por Bolivia, la algo más liviana por Paraguay, de producción propia en ambos casos. Por ahí ahora entran los géneros relacionados con indumentaria, ropa blanca, mercería, bazar, alimentos, juguetes y medicamentos y desde esos lugares comienza la marcha hacia Buenos Aires y todo el resto del país. A pesar de pasar por tantas manos, esos géneros pueden ser ofrecidos luego en comercios clandestinos o no, a precios más bajos, porque eluden la aduana y todos los demás impuestos que nutren el haber del presupuesto público.
El Estado nacional ha podido intensificar su presencia en la frontera norte y en las vías de penetración del contrabando. En el pasado fin de semana, la AFIP y la Aduana lograron parar en Santiago del Estero los ómnibus que venían avanzando desde la frontera boliviana, por La Quiaca y Orán (Jujuy, Salta) con su carga habitual. Esta vez, aparte de géneros de variada especie cuyo valor se estimó en unos treinta millones de pesos, se pudo detener a una treintena de personas que fungían de pasajeros.
Una de las observaciones que se puede hacer acerca de la actualidad del contrabando es que aquella “debilidad” de los porteños se manifiesta con la misma energía en todas partes. Siempre se encuentra gente dispuesta a trasladar contrabando o a venderlo en locales clandestinos, de persona a persona o en algunas ferias a las que los nativos acuden por la misteriosa atracción que ya sufrieron los indígenas del tiempo de Colón ante el brillo de las baratijas que ofrecían los europeos por su oro, sus tierras y su libertad.
El contrabando, aquí y en todas partes, es el rostro sin máscaras de una humanidad que parece gozar al atentar contra sí misma. Ese gusto de ir “contra el bando”.
Atentamente:
JOTAVE